Unimetro
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10:53 am. Lunes 28 de Septiembre de 2020
Opinión
10:53 am. Lunes 28 de Septiembre de 2020

En la última columna planteamos una problemática que se percibe en casi todo el mundo y que tiene relación con el vértigo en los cambios en el mundo actual y como ellos se complejizan con las condiciones estructurales históricas de nuestra América Latina, en donde las más variadas instituciones que hemos creado para darnos estabilidad entran en conflicto con los nuevos tiempos, en especial con la lógica de la emergencia de los Derechos Humanos como actos emancipadores cada vez más presentes y; con el proceso de complejización de la democracia, cuyo éxito o fracaso ya no sólo depende de una seudo estabilidad que genere crecimiento económico y que favorezca que las instituciones funcionen, sino que también por los logros en áreas sociales, económicas y culturales tan sensibles para la humanidad en estos tiempos.

Dejé planteado, además y con cierto grado de irresponsabilidad, la necesaria reflexión sobre nuestro marco institucional que va desde la familia hasta el Estado (e incluso más allá), no con una lógica refundacional, sino que como una necesaria actualización hacia una forma de funcionar que demanda nuestra sociedad de manera permanente y urgente. Reitero mi grado de irresponsabilidad al respecto, ya que sólo dejé planteada una interrogante a la que, en virtud de la transparencia, no creo tener ni siquiera una aproximación a la respuesta.

El debate se hace tanto más complejo cuando vemos la variedad de instituciones comprometidas entre la familia y el Estado, que responden a contextos históricos muy distintos, en la lógica de satisfacer, desde la convivencia social, una serie de necesidades y, que además, son instituciones fuertemente afectadas por el paso de los tiempos que las ha llevado a redefinirse de manera permanente, es decir, no estamos en presencia de una situación histórica original, lo que resulta novedoso es la velocidad en torno a la discusión y la capacidad que tenemos de dar respuesta ante las nuevas circunstancias que, al no atenderse, generan situaciones de crisis, ya no como una coyuntura, es decir, como un hecho excepcional, sino que responde a condiciones verdaderamente estructurales, es decir, la crisis llegó para quedarse.

Desde una perspectiva analítica, la respuesta con mayor grado de objetividad reclamaría el análisis caso a caso de cada una de ellas, podría ser metodológicamente acertado en el sentido de definir las características específicas de cada una de ellas y enfrentarlas con la mayor celeridad y, por qué no decirlo, con la inmediatez que reclaman los tiempos. Pero esto nos llevaría a una lógica desestructurada, a creer que cada una de estas instituciones es una realidad independiente, cosa muy alejada de una situación que reclama entender nuestra red de interacciones de la manera más integrada posible. La complejidad, no entendida como una pura dificultad, sino que de reconocer la red de instituciones que están en interdependencia, que definen muchas de nuestras actuaciones diarias y que dependen de una súper estructura valórica que demanda una reflexión crítica desde la ética, entendida como esa rama de la filosofía que cuestiona los fundamentos axiológicos de una comunidad en un espacio-tiempo determinado.

La idea no es desarrollar en estas líneas un discurso que se instituya como una especie de sermón, ni de contribuir a lo que Ortega y Gasset llamaba “la moralina”, esos típicos discursos paternalistas (más aún en tiempos en que los símbolos de autoridad por la autoridad están más en crisis que nunca), que se empeña por tratar a las personas adultas como si fueran menores de edad, o que se dan lecciones desde la academia no reconociendo la importancia de los valores que una vida digna aportan a la construcción personal  y colectiva o a negar a los demás la capacidad de reflexión y discusión que debería estar en manos de una elite, recuerdo el gobierno de los filósofos de Platón.

Lo importante, más aún en los tiempos de la inclusión y de la interculturalidad crítica, es generar espacios en que se reconozca el aporte de todos, se avance en la capacidad de escucha y reflexión y en una convivencia de verdaderos acuerdos. Lo anterior significa, desde mi perspectiva, no caer en situaciones que polaricen el debate al respecto, como por ejemplo el relativismo moral que llega a instalar la falsa creencia de que , en cuestiones éticas toda opinión vale lo mismo, ni tampoco en el totalismo moral que, no pocas veces, seduce a muchos sobre posturas bien rígidas que tienden a instalar verdades absolutas que, más allá del consenso histórico que hayan logrado, siempre generan más de alguna contradicción al canon que no tiende a resolverse de manera muy pacífica.

Debemos partir de un pluralismo moral, filosófico, político y hasta religioso como punto de partida fundamental  en las cuestiones que, siguiendo a Aristóteles, no forman parte de las realidades meramente físicas, sino del complejo mundo de las decisiones humanas, siempre abiertas a diversas posibilidades.

Debemos ser capaces de construir una cultura social que entienda que el pluralismo no impide que podamos y debamos ofrecer respuestas razonadas y razonables para orientar el comportamiento personal y colectivo, con tal de que seamos conscientes de que semejantes propuestas deberán estar siempre abiertas al diálogo con otras y que nunca deben presentarse con el afán de cerrar el debate de una vez y para siempre. Incluso, si esto lo llevamos a las ciencias físicas, esas llamadas durante años como las ciencias exactas, también se encuentran en una crisis permanente, ya no parten de la verdad que se busca o se haya, se plantean en términos de una verdad que se construye y reconocen al método científico, como el de aproximaciones sucesivas a la verdad.

Sin duda que el paradigma ha cambiado y aquello demanda una discusión abierta y sincera sobre el contexto moral en el que nos movemos y su relación con la características y el funcionamiento de nuestras instituciones que deben, y cada vez con mayor intensidad y en menor tiempo, adaptarse a una realidad siempre cambiante. La relevancia de esa súper estructura plural que hemos definido, busca ser un poco el soporte para comprender el aporte, la coherencia y el sentido de nuestras instituciones y que nos permitan enfrentar de mejor manera las contracciones que nos mueven el piso, nos generan dudas e incertidumbres que influyen  desde nuestros estados de ánimo hasta nuestras conductas individuales y colectivas, estas últimas muy en sintonía con el desarrollo de las redes sociales en las que no sólo se transmite información, que no sabemos mucho de su nivel de validez, sino que también emociones que influyen en reacciones colectivas que  promueven relevantes movilizaciones sociales.

Sin duda que convertir la reflexión ética en un aspecto importante de nuestras vidas no significa, que automáticamente nos convirtamos en mejores ciudadanos, en hombres y mujeres más maduros a la hora de la toma de decisiones o que termine alejando definitivamente nuestra capacidad permanente de equivocarnos. No, sin duda que no. Lo que sí puede aportar la reflexión ética es que seamos ciudadanos más comprometidos y razonables, y desde ése compromiso ético, ser personas más capaces y éticamente más exigentes.

El aporte de la visión anterior demanda el sentido de comunidad y la necesidad de superar la visión individualista de los problemas y contradicciones a los que nos podemos enfrentar. Es esto lo que puede darle a la reflexión ética un sentido de mayor objetividad, en la medida en que entandamos la convivencia social en general, y en cada una de las instituciones que hemos creado, como un constructo que surge de la reflexión y el acuerdo colectivo. Una propuesta colectivamente válida se diferencia de una propuesta falsa sobre la base del criterio de universalidad de la propuesta. Si es universalizable, es decir, prescribe lo que debería hacer cualquier persona razonable en una determinada situación; por el contrario, no es universalizable si representa más bien lo que a mí me apetece hacer, pero no lo que debiera hacer cualquier ser humano en tal situación.

Este punto de partida nos permitiría discutir sobre ciertas contradicciones que nos hacen ruido en el día a día y que terminan enfrentando a las instituciones que hemos creado con el fin de darle sentido y trascendencia a nuestras vidas y a las de los demás. No son pocos los dilemas morales a los que nos enfrentamos y que, si nuestras instituciones se alejan de la moral consensuada, nos generan más ruidos y problemas.

De muestra un botón, ¿cómo compatibilizamos el funcionamiento de instituciones tan importantes como la familia y la escuela en la que, se supone, debemos educar para la solidaridad, el respeto y el afecto, con un instituciones políticas y económicas que demandan la competencia y el individualismo más descarnado? ¿Con cuál de esos soportemos morales, que son abiertamente contradictorios, nos sentimos más cómodos? ¿Cuál de ellos promueve una mejor experiencia vital? No me corresponde dar mi respuesta al respecto, esta debe ser fruto de una reflexión colectiva que nos aproxime a un acuerdo  que nos incorpore y nos empodere, pero lo que no podemos seguir haciendo es vivir como si estas contradicciones no existieran.

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