Unimetro
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4:30 pm. Domingo 05 de Diciembre de 2021
Opinión
4:30 pm. Domingo 05 de Diciembre de 2021

Hace dos semanas se vivió una más de las relevantes elecciones que se han registrado en Chile durante este año 2020 y estamos a dos semanas de la última y, para muchos, la más significativa elección presidencial de los últimos treinta años, es decir, a mitad de camino.

Las elecciones parlamentarias y presidenciales vividas el pasado 21 de noviembre dejaron muchas dudas para los más relevantes analistas políticos del país.

Los resultados distaban mucho del triunfo que la izquierda había tenido en las elecciones para gobernadores regionales y en especial en la Convención Constituyente, que había llevado a la derecha por debajo de su representatividad histórica que, en los momentos más deplorables, se mantenía  entre un 25 y un 30%.

Ahora, sin realizar un análisis desagregado, apenas unos meses después, en medio del trabajo de la Convención Constituyente, con una pandemia que se niega a retirarse y con el fantasma siempre permanente de revueltas sociales asociadas al estallido iniciado el 18 de octubre de 2019,la derecha sale, sino triunfante, fortalecida, logra equiparar las fuerzas al interior del parlamento por primera vez bajo un sistema electoral proporcional (cosa que había logrado muy artificialmente antes gracias al sistema binominal) y logra la primera mayoría relativa con el candidato de ultraderecha, José Antonio Kast.

A medio camino de la segunda vuelta electoral el análisis se nos impone tal como la historia misma, tratar de develar este pasado cercano con el fin de proyectar alguna certeza de futuro.

No es muy fácil la situación, nunca, desde el regreso a la democracia, los dos candidatos que pasan a segunda vuelta registran una votación tan baja, lo que impide asegurar que la constante histórica de los últimos 30 años se pueda materializar: el candidato que gana en primera vuelta se impone en la elección definitiva.

Ambos candidatos suman apenas el 54% de los votos, el ultraconservador con casi un 28% y el representante de la izquierda extraconcertacionista un 26% de las preferencias.

Si a cada uno de ellos les sumamos los votos más proclives al sector, sólo alcanzan a superar la barrera del 40% de los votos, por lo que a ambos les queda un largo trayecto, cercano a los 10 puntos porcentuales, para erigirse con la primera magistratura de la nación.

La votación, no prevista por nadie, del candidato Franco Parisi, parece ser la clave para muchos, aunque también ése 52,5% del electorado chileno que no se levantó a votar el pasado 21 de noviembre.

Las dudas, las incertidumbres, las encrucijadas superan largamente las certezas.

Está muy difícil leer el escenario de la segunda vuelta, más allá de los resultados desagregados que pueden dar alguna luz en la primera vuelta.

Lo que nos dicen las estadísticas que se han entregado hasta el momento es que Boric gana en los más importantes núcleos urbanos, mientras que en el mundo más tradicional del mundo agrario, de las pequeñas ciudades, se impone el candidato conservador.

A diferencia de la tendencia histórica las mujeres votaron más por Boric que por Kast. En Chile, desde la primera vez que votaron y que inclinaron la balanza a favor del dictador Carlos Ibáñez del Campo en 1952, que el voto femenino tenía una mayor tendencia hacia el mundo conservador, incluso reflejado en la elección del Sí y el No a la dictadura de Pinochet en 1988.

Los jóvenes entre 18 y 29 años votaron masivamente por Boric, mientras que la tercera edad le dio una mayor preferencia a Kast.

Desde el punto de vista geográfico, y como una constante que se puede proyectar hasta la época de inicios del Chile republicano, el norte tiene una tendencia más progresista, a diferencia de un sur más conservador, en esta oportunidad no hubo excepción a la regla, con la salvedad que fue Parisi quien habría hecho más daño a Boric en la macro zona norte de Chile.

No es difícil leer hacia donde tendrán una mayor inclinación los votos de Sebastián Sichel (12,8% hacia José Antonio Kast), mientras que los votos de Yasna Provoste (11,6%), Henríquez-Ominami (7,5%) y Eduardo Artés (1,5%) hacia el candidato de izquierda Gabriel Boric. Estamos partiendo de una premisa que no es válida, todos sabemos que los votos no son endosables, pero incluso desde el consiente error de que todos los votantes se inclinaran por su opción más cercana, ninguno, guardando proporcionalmente el mismo electorado de la primera vuelta, logra imponerse en la segunda.

Reitero, lo votos de Parisi, más la capacidad de tocar a un extenso electorado, ese del 52,5% que no votó en primera vuelta, resultan ser fundamentales.

Desde las cúpulas políticas no han perdido el tiempo, las manifestaciones de apoyo se dilucidaron en poco más de una semana. Enríquez- Ominami, a partir de su experiencia en la elección del 2009, salió a dar su apoyo absoluto y sin condiciones a Boric, lo mismo hizo el partido socialista, el PPD y hasta el ex presidente Ricardo Lagos.

La directiva de la Democracia Cristiana y su propia abanderada, Yasna Provoste también fueron diligentes, aunque debieron esperar la Junta Nacional del partido, hace una semana, que sin condiciones y sin dejar de ser una futura oposición, dieron su apoyo al candidato de Aprueba Dignidad.

En la otra verada los partidos también expresaron su adhesión a José Antonio Kast, la Unión Demócrata Independiente, Renovación Nacional y Evópoli se cuadraron.

Lo que sí generó ruido fue la postura de su candidato presidencial, Sebastián Sichel, quien planteó un documento de 9 puntos para dar públicamente su apoyo al candidato del frente republicano.

Entre ellos: respeto irrestricto de los Derechos Humanos; mantener el Instituto Nacional de Derechos Humanos; no retirar a Chile de la ONU; no retroceder en la ley de aborto en  tres causales y en el Acuerdo de Unión Civil, reflejaban una seria incomodidad en el sector.

El oportunismo opositor no se dejó esperar, era una radiografía al perfil antidemocrático del candidato y del sector pinochetista al que representa, eran condiciones que se podían pedir a un tirano o un dictador y no a un candidato que cree estar en la vereda de la democracia y que busca salvarla de las garras de un izquierdismo militante que incorpora en su campaña al partido comunista.

No resulta fácil de analizar por lo demás.

Los votos de Franco Parisi son muy difíciles de leer, según algunas referencias que hemos tenido su 13% se construye con un voto masculino mayoritario (66%) y de aquellos sectores que se encuentran muy molestos con aspectos referidos a la migración ilegal y a la corrupción en la esfera política.

En esto también hay dobles lecturas ya que lo referido a la migración ilegal lo acerca al candidato de derecha mientras que la crítica a la falta de transparencia, los altos sueldos en la administración pública parecen ser caballitos de batalla más asociados al candidato Boric.

Reitero lo que dije más arriba, los votos no son un cheque que se pueda endosar, pero parece que en su sector Parisi ha logrado un nivel de fanatismo para con su persona que lleva a creer que lo que diga el candidato calará fuertemente en su electorado.

Sin duda que estas dos semanas han sido de acomodamiento programático de lo que se acusan por lo demás ambos candidatos, la realidad es que la prudencia política llama a ello, ambos representan la polarización en uno y otro sector, ambos saben que los votos no alcanzan para ganar, hay que crecer y sólo el centro político les ofrece dichas posibilidades, no hay otra, es una de las pocas certezas.

La ley prohíbe las encuestas en Chile 15 días antes de cualquier elección, por lo que los grupos que realizan sondeos públicos se apuraron en entregar ciertas tendencias obtenidas en estas primeras semanas.

En ambos casos dan por ganador, con un bajo margen a Gabriel Boric, pero en un escenario en que no han existido debates presidenciales y donde las reuniones claves, con Parisi por ejemplo, no se han materializado.

Se espera para este domingo 5 de diciembre las últimas referencias al respecto, pero sin la fe de épocas pasadas ya que, si bien las encuestas tuvieron cierto nivel de certeza con respecto a los ganadores de la primera vuelta, aun cargan con las grandes diferencias entre lo proyectado y lo real en pasadas elecciones, en especial desde la época del voto voluntario, es decir, desde 2012 en adelante.

En la última elección, por lo demás, ninguna de las encuestas fue capaz de leer con anticipación el fenómeno Parisi.

Las acusaciones van para un lado y otro, Kast no deja de hablar de la relevancia que el partido comunista tiene en el futuro gobierno de Boric.

El problema es que impacta, de manera socioemocional, en un electorado que pocas veces recuerda el comportamiento más democrático del partido comunista en Chile en momentos de plena institucionalidad al respecto: llamó a Salvador Allende a detener el proceso revolucionario en su gobierno e hizo campañas públicas de NO a la Guerra Civil en dicho período y, más cercanamente, el rol que tuvo en el segundo gobierno de Michelle Bachelet, habla de un respeto a los acuerdos tomados.

El problema es que se le hace responsable de las experiencias comunistas que van más allá de las fronteras del país y donde sectores relevantes del partido no han tenido una actitud tajante en condenarlos, por ejemplo en Nicaragua, Cuba o Venezuela.

La realidad histórica dice que hay partidos de derecha e incluso la misma Democracia Cristiana, que tienen más acciones antidemocráticas que el partido comunista de Chile.

Para algunos que José Antonio Kast levante la bandera del respeto a la democracia, un defensor hasta el día de hoy de la dictadura de Pinochet, tremendamente cercano a insignes violadores a los Derechos Humanos que están condenados a más de ochocientos años de presidio y que tiene entre sus filas diputados electos reconocidos por el discurso violento, misógino y discriminador, es lo más cercano al “diablo vendiendo cruces”.

Estamos a medio camino de la elección presidencial más importante de Chile en los últimos 30 años, estamos a medio camino a entender el escenario político del país, estamos a medio camino de casi todo, más cerca de las incertidumbres que de las convicciones.

 

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