Universidad Metropolitana
11:10 am. Miércoles 08 de Julio de 2020
Opinión
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El filósofo Rubén Sierra Mejía fue uno de los pensadores que ayudó a consolidar el proyecto filosófico de la Universidad del Atlántico. Nos seleccionó a los profesores que entramos por concurso público de oposición al Instituto de Filosofía. Años después nos visitaría en la Cátedra de filosofía Julio Enrique Blanco que el Instituto impartía todo los sábados en el Teatro de Bellas Artes de Barranquilla.

Él fue, junto al filósofo hegeliano Jorge Aurelio Díaz, quien realizó los exámenes a los estudiantes del último semestre de filosofía, ordenado por el Icfes, para legalizar el registro calificado que otorga el Ministerio de Educación y poder así graduar a nuestros primeros egresados, hace 23 años. Los estudiantes realizaron sus exámenes con un resultado de alta calificación y así se alivió la angustia del profesor José Gabriel Coley, quien en un acto de soberbia filosófica y de acuerdo con la administración del rector y vicerrector de la época, obró por primera vez para que aquí en Barranquilla se normalizara la enseñanza de la filosofía en lo público. Es decir que cumplió con las enseñanzas del profesor Hegel:  La filosofía se hizo pública.

Rubén Sierra fue mi profesor, nos dictó el seminario sobre Aristóteles y el positivismo lógico en octavo semestre de Filosofía en la Universidad Nacional de Bogotá.

Recuerdo que él fue expulsado de la Nacional, en la década de los años 70 del siglo pasado, por las críticas durísimas que hizo “a la dictadura del rector policía”, como tildaron en esa época la gestión del antropólogo Luis Duque Gómez.

Había nacido en Salamina (Caldas), donde realizó sus estudios primarios y de bachillerato. Por ese entonces tuvo la oportunidad de leer el texto Lecciones preliminares de filosofía, de Manuel García Morente, obra que rescató de la biblioteca familiar. Posteriormente ingresó a la Universidad Nacional de Bogotá, para cursar estudios de Filosofa y Letras. Allí integró un grupo de amigos con quienes creó la otra universidad, la de las tertulias, y comenzó con ellos un incesante intercambio de libros. Al terminar su carrera viajó a Múnich.

Rubén Sierra Mejía fue uno de los normalizadores de la práctica filosófica en Colombia, con los posgrados en filosofía. Primero en la Universidad Nacional, luego en la Universidad de Caldas y más tarde en la Universidad del Valle.

Fue el introductor del estudio de la Filosofía Analítica en nuestro país.

Ejerció cargos públicos como director de la Biblioteca Nacional y dirigió la revista Gaceta de Colcultura.

Otra virtud que se destacó en él fue su gusto por el arte, la literatura y la poesía clásica. Sus últimas reflexiones giraron sobre temas literarios y pensadores colombianos. Fue editor, bajo los auspicios de la Universidad Nacional de Colombia y la Universidad de los Andes, de las obras filosóficas completas de Danilo Cruz Vélez en seis tomos.

Entre sus enseñanzas el profesor Rubén Sierra plantea que la responsabilidad del intelectual con la sociedad no significa que tenga que asumir un compromiso político o ideológico en su obra, en relación con los problemas del momento. “La obra, tanto la filosófica, como la analítica o literaria, puede estar limpia de contenido ideológico. Esta fue una de las grandes enseñanzas de Sartre : la relacionada con el compromiso del escritor, del intelectual. El intelectual, por la actividad misma que desempeña dentro de la sociedad, no puede desentenderse de los problemas que la caracterizan, ni de su función de proveerla de criterios para pensar sus problemas. Hay un aforismo de un célebre escritor polaco, Henryk Sienkiewicz, que quiero recordar en relación con la cuestión que nos ocupa: ''Su conciencia estaba limpia, nunca la usaba”. Esto mismo puede sucederle al escritor que, para mantener limpio su pensamiento de toda intención política, esquiva las obligaciones sociales que tiene por ocio. En conclusión la obra literaria puede estar limpia de contenido ideológico, pero eso no quiere decir que el escritor tenga que marginarse de una participación, que puede ser únicamente teórica, para ayudar a solucionar los problemas de la época”.

Sobre la filosofía de la liberación latinoamericana planteó lo siguiente: ''Esa filosofía es un embeleco. Es un negocio más de los promotores. Una ideología o quizás las tres a la vez.  Para mí no es muy claro el propósito que se pretende con esa filosofía de la liberación latinoamericana y en general con esos programas de filosofía” (Ver Reportaje a la filosofía. Tomo II. “Rubén Sierra Mejía, Filósofo crítico social”, Numas Armando Gil Olivera, 1999).

''El escritor puede equivocarse; tiene derecho a equivocarse; tiene derecho a que sus escritos sean provisionales, tanteos que sólo buscan abrir caminos. Pero   no tiene derecho al silencio por miedo a equivocarse, pues nunca se estará seguro de atinar. Hay libros que a través de los años podemos decir de sus autores que fueron desacertados en sus análisis y sus apreciaciones; pero eso no quiere decir que en una época pudieron ser iluminadores y que ayudaron a que los acontecimientos políticos y sociales se presentaran más claros a la conciencia colectiva”.

Su pasión por la literatura

Recuerdo que una mañana de  octubre  del  año  1982, cuando dieron la noticia mundial de que a Gabriel García Márquez le habían otorgado el Premio Nobel, el profesor Rubén Sierra llegó al salón donde escuchábamos el seminario sobre Hegel que dictaba magistralmente Ramón Pérez Mantilla. Le pidió permiso para que yo pudiera ausentarme unos instantes. En el pasillo me pidió el teléfono del maestro y crítico literario Carlos J. María, su condiscípulo en la Facultad de Filosofía y Letras, quien años más tarde sería rector de la Universidad del Atlántico. Quedé intrigado. Al regresar a Barranquilla visité la tertulia literaria que Carlos Jota, como le decíamos, animaba en la Librería Nacional del centro, y le pregunté el porqué de la pesquisa del profesor Rubén. Me contó que eran buenos amigos desde su época de estudiantes y a veces se trenzaban en apasionadas discusiones sobre literatura colombiana, llegando hasta hacer apuestas. Una de ellas fue sobre quién merecería en Colombia un Premio Nobel de Literatura. El filósofo caldense le dijo que la Academia de Estocolmo seguro se lo otorgaría a un escritor oriundo de la región andina porque ahí estaban los mejores poetas y novelistas del país. Carlos Jota no estuvo de acuerdo, tenía que ser para un escritor del Caribe. Sierra le propuso entonces apostar dos botellas del mejor vino con un plato de quesos franceses. Le dijo: “quedamos así, nos comunicamos cuando salga la noticia, sea de la montaña andina, o del Caribe. Así fue, Gabo me dio la razón. Y Sierra me llamó, nervioso y alegre, para anunciar que pronto me pagaría la apuesta”.

El profesor Rubén murió el pasado 28 de junio (Ver El Espectador del 29 de junio). Meses antes le habían realizado una operación de corazón abierto y de ella salió triunfante.  Me contó un tiempo después, rápidamente recuperado, que pensaba volver a sus investigaciones filosóficas, desatendidas por sus achaques. El profesor Víctor Florián me decía que ya salía a sus compras y parecía que pronto retomaría sus actividades investigativas. Pero no fue así.  Se cayó y se dio un mal golpe en la cabeza, lo trasladaron a la clínica y le realizaron una operación, pero no aguantó. Hasta pronto profesor Sierra Mejía. Buen viaje de la conciencia.

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