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9:35 am. Domingo 26 de Junio de 2022
Opinión
9:35 am. Domingo 26 de Junio de 2022

El ascenso al poder de Gustavo Petro representa el evento más importante de la política colombiana de los últimos tiempos. El rasgo más distintivo de su triunfo no es solo que llega aupado por parte del centro y la izquierda del espectro político, sino por las huestes múltiples de la pobrería colombiana.

La población mayoritaria del país, es decir, mucha de la gente con dificultades inmensas elevó hasta la Casa de Nariño a este dirigente político formado en la lucha popular, parlamentaria y en el combate contra la corrupción y otras taras del establecimiento dominante.

Petro ganó porque tenía como apoyo a las organizaciones sociales, a los sindicatos, a la población desesperada por las privaciones que se multiplicaron por la pandemia. Ganó porque encarnaba un cambio con respecto a la crisis irreversible de un régimen (el uribismo) agobiado por los escándalos de corrupción y sin posibilidad de mantener el control del poder.

El ascenso del Pacto Histórico y sus aliados se conecta perfectamente con la crisis del uribismo. Es, en muchos sentidos, una vuelta de tuerca de 180 grados: quizás ahora se pase del irrespeto sistemático de la ley y las instituciones para defender a un expresidente caído en desgracia (Uribe Vélez) a un régimen menos permisivo con las acciones ilegales.

La victoria de Gustavo Petro representa también el triunfo del petrismo sobre el antipetrismo. Qué tan fuerte era este último quedó expresado en una votación final que mostró un país dividido casi en dos partes iguales. ¿Por qué ganaron las fuerzas movilizadas por el Pacto Histórico?

El trabajo de plaza pública de su líder fue fundamental, así como la decisión de los militantes de base y de las organizaciones populares para alcanzar los casi tres millones de votos en la segunda vuelta que les permitieron hacerse inalcanzables ante la arremetida del antipetrismo.

Cabe destacar, en el impulso definitivo, el papel de los jóvenes, de los estudiantes, en esa tarea por subir el listón de votantes en las zonas en que había dominado el petrismo en la primera vuelta, y en las que no resultó ganador ni en la primera ni en la segunda. Ese trabajo fue fundamental para conseguir los casi once millones trescientos mil votos con que fue labrada la victoria.

Petro ganó, además, porque encontró un establecimiento desvencijado, con unas maquinarias atascadas y unos líderes completamente confundidos. La derrota de Federico Gutiérrez ante Rodolfo Hernández, camino de la segunda vuelta, los había colocado en la situación lamentable de votar por cualquiera menos por Petro.

El presidente electo Gustavo Petro

“El cualquiera menos Petro” fue una solución desesperada que debió hacerse por debajo de cuerda, pues el candidato anticorrupción y antipolítico, el outsider que podría ganar las elecciones emulando a Trump, no aceptó el apoyo abierto de nadie del sistema por miedo a desdibujar su campaña alternativa.

De este modo se creó una cómica situación en la que los jefes tradicionales no podían apoyar de frente al candidato porque lo quemaban ante ciertos votantes, pero estaban obligados a apoyarlo, por debajito, si querían parar a Petro. El antipetrismo, en consecuencia, se alineó con Hernández luciendo todo tipo de máscaras.

Pero más allá del interés de irse con el ingeniero por detener a Petro, el propio candidato outsider no tenía las condiciones mínimas para atraer más votos de los aportados por el miedo y el odio contra el jefe de la Colombia Humana. Sin pelos en la lengua, mostraba graves problemas de comunicación, ausencia de un buen equipo y escasez de ideas.

La falta de atractivos fundamentales de Rodolfo Hernández (programa, profundidad, escasez de conocimientos del país…) y el haber corrido tanto para no debatir desilusionaron a muchos de los que acompañaron a Fico, y esto explica por qué la votación del ingeniero no superó los once millones. 

Mientras los votantes de Gustavo Petro crecían por el esfuerzo mancomunado de los equipos y de la gente entusiasmada, los votos potenciales de Hernández no aparecieron como él lo pregonaba, en gran medida, además, por el atascamiento de las maquinarias y la cruzada de brazos forzosa de los líderes del establecimiento.

El hecho es que ya ganó Petro y, hasta ahora, no ha ocurrido nada indebido en materia de movimiento de sables, como temían algunos. La victoria ha sido divulgada con mucho entusiasmo por sus seguidores y aceptada, con tusa incluida, por los vencidos.

Queda por ver qué ocurrirá de ahora en adelante. Es de constatar que Gustavo Petro ingresará a la historia de Colombia como el primer líder de la izquierda, de nueva generación, que gana la presidencia. Y el Pacto Histórico, la alianza que lo apoyó, ocupará un lugar como el primer cuerpo de acuerdos de carácter popular que alcanza el poder.

No es poco lo que representa la victoria de Gustavo Petro en el concierto de la historia de este traumatizado país. Hasta dónde podrá llegar en la ejecución de su programa aún está por verse. Pero, desde ya, su gobierno promete ser una trascendental ruptura histórica. 

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