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9:48 am. Domingo 08 de Mayo de 2022
Opinión
9:48 am. Domingo 08 de Mayo de 2022

El fenómeno político que hoy se denomina polarización se agudizó bajo los últimos gobiernos y aún ejerce mucha influencia en las elecciones presidenciales, cuya primera etapa será el próximo 29 de mayo. Podría asegurarse que la estrategia del todo vale contra los adversarios, de Álvaro Uribe Vélez, contribuyó a incrementar esa tara nacional.

Cabe recordar que este exmandatario desarrolló una lucha simbólica (y de otro tipo) sin precedentes contra las guerrillas y contra todo lo que oliera a izquierda. Descalificó a esos sectores bajo la denominación de castrochavistas, la cual prendió en la mitad de un país predispuesto para que esa idea fuerza prendiera, debido a las barbaridades de los guerrilleros.

Por este motivo, el uribismo no solo fue la expresión de una parte importante de las élites, sino que logró captar la atención de amplios sectores de los grupos medios y bajos de la población, convirtiéndose en un fenómeno de masas que alcanzó a elegir a varios presidentes y a dominar instituciones esenciales, apoyándose en la legitimidad que otorgan los votos.

Pero, así como sectarizó a una parte de la sociedad hacia la derecha y la ultraderecha del espectro político, también contribuyó a radicalizar a las huestes contrarias a su todo vale, desde la centro-izquierda hasta los maximalistas del extremo ideológico. Los métodos ilegales y los “falsos positivos” de Uribe y sus alfiles nutrieron aún más la inquina y las justificaciones de sus adversarios.

Hoy el país sigue dividido en dos campos dominantes: el de la ultraderecha y la derecha y el de la ultraizquierda, la izquierda moderada y una centro-izquierda que no tiene un gran poder de convocatoria, debido a las características del enfrentamiento entre los dos principales polos de la contradicción.

Por este motivo, la alternativa de Sergio Fajardo estaría condenada a naufragar, porque solo interpreta a un sector minoritario del espectro que desea cambiar al país sin todo vale y sin violencia, mediante un proceso civilista y democrático, visión que es música para un grupo pequeño que razona y opina con profundidad y altura, pero que no cosecha muchos votos.   

Las elecciones del 29 de mayo todavía estarán marcadas por las secuelas de la guerra y por la tradición polarizante que no logró disolver el proceso de paz ni los Acuerdos de La Habana. Ambos fueron saboteados por el uribismo y sus aliados, utilizando todas las trampas y trucos posibles, y ese fracaso inducido pesa aún sobre la sociedad como una tenebrosa ley de hierro.

Es cierto que Álvaro Uribe y el Centro Democrático están en decadencia, pero, a pesar de ese hecho indiscutible, aún se mantiene la polarización, la cual está más allá de los intereses que representan Uribe y sus enemigos. La tirantez política se nutre de ese odio que legó la guerra, del miedo mutuo de los adversarios y de las falencias de un gobierno que no quiso o no pudo hacer nada para enfrentarla.

Los escándalos por corrupción han incrementado el desprestigio del uribismo y del presidente Duque, y le dieron fuerza adicional al discurso contestatario de Petro, la izquierda radical y la moderada; además, les entregaron más motivos a sus seguidores para alimentar la pasión antisistema. La pandemia operó como un enemigo de Duque y como un aliado muy visible de Petro.

Los grupos descontentos con el uribismo, el régimen del presidente Duque, la desigualdad económica extrema (que parece no tener fin) y con los efectos negativos de la pandemia están nutriendo las plazas públicas donde Petro es el epicentro. 

Gustavo Petro y Federico Gutiérrez.

Su favorabilidad en las encuestas proviene de este contexto, de los sectores anticapitalistas de la izquierda, de los jóvenes, del pueblo raso triturado por las necesidades económicas y de los núcleos del centro político que ha logrado atraer, sobre todo del extenuado y dividido Partido Liberal. 

Aquí yace la causa principal del efecto teflón que ahora protege a Petro y que abandonó irremediablemente al expresidente Uribe. Como ocurre a menudo con el péndulo de la historia, ese efecto se aburrió de la ultraderecha y fue a posarse en su contrario, quizás para cobrarle su miopía, lo que ha hecho mal y lo que no hizo.

Por su parte, Federico Gutiérrez está aglutinando a todos los enemigos históricos de la izquierda, a quienes sienten pavor de que se organice en el país otro régimen autoritario que destroce la economía y que acabe con la exigua libertad política que aún poseemos.

El peso de la polarización tradicional se observa en todas las encuestas. Si bien Petro tiene una ventaja considerable (que hace soñar a sus seguidores con una victoria en primera vuelta) nada es seguro todavía. Petro ha sabido capitalizar la desesperación de los sectores populares para sumarlos al Pacto Histórico.   

Una victoria en primera vuelta de Gustavo Petro quizás no sorprendería a nadie, ni siquiera a los adversarios. Pero, partiendo del hecho de que las elecciones no se ganan ni en las plazas públicas ni en las redes sociales y que en ellas también juegan factores ocultos es necesario plantear la hipótesis de que habrá una segunda vuelta.

Si hay segunda vuelta, uno de los que entraría a jugar fuerte sería Petro. Ni Fajardo, ni Rodolfo Hernández, ni nadie de los demás candidatos tiene posibilidades, de acuerdo con lo observado en las encuestas y en otros medios. El contendor de Gustavo Petro sería Federico Gutiérrez, el elegido por los enemigos de Petro, al caerse en las consultas y fuera de ellas varios candidatos particulares. Gutiérrez será el gallo para tratar de parar al petrismo.

De nuevo el terror al autoritarismo de izquierda se está trabajando como la principal estrategia para detener a Petro. No basta con que este candidato exprese que no expropiará y que tampoco se hará reelegir, como es la costumbre entre casi todos los mandatarios de la izquierda tradicional en Latinoamérica. 

Si hay segunda vuelta entre Petro y Fico, lo cual es lo más probable, seguirá la guerra simbólica entre quienes piensan que Petro llevará al país al desastre del socialismo y quienes opinan que Fico representa a la corrupción y a Uribe. 

De ambos lados habrá muchos votos de opinión, legados por el pasado cercano teñido de violencia por la polarización. Y otra vez las maquinarias tradicionales harán lo suyo, pero sin nutrir el teflón de Petro, pues trabajarán para su adversario.

Cerraré este análisis con un par de preguntas-problema originadas en un ejercicio contrafactual: ¿qué tal si el proceso de paz hubiera triunfado en lo fundamental y si un gobierno inteligente hubiese aplicado las reformas contenidas en los Acuerdos de La Habana? ¿Estaríamos todavía en este berenjenal de agresiones mutuas, de violencia desenfrenada y de muertes innecesarias?

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