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10:14 am. Domingo 05 de Septiembre de 2021
Opinión
10:14 am. Domingo 05 de Septiembre de 2021

Denomino romanticismo revolucionario marxista en Colombia al movimiento que pretende cambiar la sociedad idealizando teorías y procesos del pasado que ya demostraron su fracaso desde hace décadas.

Dentro de esas teorías y procesos están los postulados de Marx para destruir el capitalismo y el recuerdo de las grandes revoluciones del siglo XX, encabezadas por la Revolución Rusa de 1917.

La mayoría de los militantes de ese movimiento ideológico han reemplazado el uso de la razón y de la ciencia por un culto sentimental a los orígenes revolucionarios, y por un comportamiento irreflexivo que casi siempre desemboca en el dogmatismo y el fanatismo.

El dogmatismo y el fanatismo se originan en un modo de ser que no ve las teorías de Marx y de sus mejores discípulos como esquemas científicos verificables en la práctica, sino como supuestos irrebatibles que operan más allá de la crítica, o sea, una especie de verdades reveladas de origen laico.

El modo de ser del romántico revolucionario marxista se revela con una simple observación. Normalmente se muestra muy irreflexivo, arrogante y seguro de sí mismo, debido al efecto de las ideas herméticas que lo dominan. En esto no es muy diferente de otros tipos de fanáticos o dogmáticos, como los de las sectas radicales musulmanas, dominados por una ideología autista religiosa que los separa del mundo.

El romántico marxista vive con la mente en el pasado, añorando una utopía que ya nunca podrá ser porque fue rechazada por la vida. El sentimiento de adoración por esa ideología se traslada casi siempre hasta los principales ídolos revolucionarios, que son concebidos de modo similar a como el creyente religioso percibe su iconografía mística,

Es decir, el romántico marxista ha abandonado el camino de la razón y de la ciencia para actuar más en función de los simples sentimientos y con un apego irracional, casi místico, a una ideología que nunca confronta con la realidad.

Una mente sentimental, romántica, concentrada en sí misma y dominada por una ideología hermética que no muta, de acuerdo con los cambios en el mundo, provoca una convicción sólida que, sin embargo, posee unos cimientos frágiles.

La convicción del romántico marxista aparenta apoyarse en el enfoque de la ciencia, pero, al final, solo se nutre de la sinrazón y el irracionalismo; es un remedo de perspectiva científica sostenido por un sentimentalismo anticientífico. Como no se fundamenta en el racionalismo científico (al cual perteneció Marx), esa convicción inmutable y hermética lo convierte en un conservador.

El revolucionario romántico marxista es conservador por tradición y por convicción ideológica. El principal fundamento de ese conservatismo es esa convicción cristalizada y divorciada de la realidad, que niega en él la posibilidad de cambiar y que suele hacerlo arrogante y agresivo.

Esa forma interna de funcionar se refuerza por los problemas de la sociedad capitalista contemporánea, lo cual se convierte en la principal justificación de su modo de pensar. Esta dinámica mental del romántico marxista motiva que sea pródigo en críticas a los males del capitalismo, pero mezquino a la hora de reconocer los desastres del socialismo real.

Muchos de esos románticos ni siquiera se han dado cuenta de que el mundo de las teorías de su principal maestro se vino al suelo a raíz del derrumbe de la Unión Soviética, de la caída de la cortina de hierro, y de los cambios profundos en la economía china y vietnamita.

Alelados por la ideología autista que los controla no ven con ojos críticos esos procesos, sino que meten la cabeza en la tierra ante sus dificultades, como el avestruz, para evitar analizarlas. Si observaran esa hecatombe con ojos críticos de seguro que replantearían su perspectiva, como suele suceder en el marco de las tradiciones científicas.

Pero, como ellos ya no operan en los caminos de la ciencia sino en el del misticismo sentimental, se han vuelto incapaces de pensar críticamente sobre esos fracasos, manteniéndose en una zona de confort conservadora que les garantiza, al menos, cierta seguridad y tranquilidad.

Lo que se derrumbó en los países socialistas en el siglo XX fue lo esencial de las teorías del cambio de Marx, es decir, el modo de producción socialista y la estructura política dictatorial, diseñadas para destruir la sociedad de clases.

Lo que se vino al suelo estrepitosamente fue la estatización de la producción y el reparto de los bienes y servicios, además de la concepción de partido único y de ideología única para dirigir la sociedad mediante una dictadura socialista totalitaria.

Lo que ha demostrado la experiencia china y vietnamita es que el modo de producción socialista es ineficiente para resolver los problemas sociales, pues carece de dinamismo para generar riqueza y es un elefante blanco para distribuir.

Este hecho económico y social fue el que impulsó a la dirigencia china a desarrollar la economía de mercado y el capitalismo. Un cambio de rumbo esencial que ha permitido sustraer de la miseria y la pobreza a más de seiscientos millones de personas, y que ha colocado a ese país entre los líderes de la economía global.

Nada de estos procesos lleva a reflexionar a fondo a los místicos del romanticismo marxista. Siguen escondidos detrás de su visión anticientífica, rumiando dogmas y añorando un pasado que ya nunca más ocurrirá en el futuro.

Si manejaran un enfoque basado en la razón y en la ciencia, mas no en los simples sentimientos o en la verborrea escatológica revolucionaria, desde luego que ya habrían procedido a reestructurar sus supuestos, como ocurre a menudo dentro de las corrientes intelectuales científicas, y como lo enseñaron Marx y Engels.

Cerrar los ojos con respeto a la historia del planeta es una de las principales causas que permiten explicar el comportamiento del romanticismo revolucionario marxista; el dogmatismo, el fanatismo y el conservadurismo que los atenaza también se explica, parcialmente, por esta matriz.

La lucha por una sociedad más humanista, igualitaria y justa no solo pasa por el combate al capitalismo salvaje, sino también por el enfrentamiento del socialismo totalitario que nutre a la corriente anticientífica del romanticismo revolucionario marxista. Ni más ni menos.

Isaac Newton

Portada del libro la Dialéctica de la naturaleza

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