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9:53 am. Domingo 18 de Abril de 2021
Opinión
9:53 am. Domingo 18 de Abril de 2021

En el año 2020 la Comisión de la Verdad de Colombia (que preside el padre Francisco de Roux) publicó un corto libro intitulado Fanatismo, con el apoyo de la Unión Europea.

Esa obra se compone solo de tres trabajos de fondo: Fanatismo, guerras y paz, de Rodrigo Uprimny; El ideal feroz, de Jorge Giraldo; y La imaginación, sortilegio contra el fanatismo, de Melba Escobar.

En uno de los tres capítulos se define al fanatismo de la siguiente manera:

“El fanatismo es una pasión intensa y desbordada a favor de cierta visión, o de cierta causa, o de cierta persona, que no solo ciega el juicio y la capacidad crítica, sino que es, además, excluyente: divide y segrega y, en casos extremos, pero no inusuales, legitima violencias, asesinatos y masacres. Un fanático se define entonces no solo por aquello que idolatra y está dispuesto a defender, sin importar el costo, sino también por lo que odia y desprecia y está dispuesto a combatir, igualmente sin importar el costo”. Rodrigo Uprimny, Fanatismo, guerras y paz, página 10 del libro mencionado.

Es evidente que a la Comisión de la Verdad no le interesó, con la publicación de esta obra, hacer un análisis general del problema del fanatismo. En realidad, la fanatización de los individuos, o de los grupos, es un fenómeno histórico de larga data, y más común de lo que cabe pensar en todos los sitios de este planeta.

Mirando de frente a la historia es posible plantear que el fanatismo es una tara social cuya existencia se remonta a los tiempos más lejanos, y cuya piel cambia (como les cambia la piel a ciertos animales), permaneciendo inalterados los aspectos esenciales del comportamiento fanático.

En Colombia, las actitudes fanáticas son muy comunes, y el evento más notable y más cercano a lo que vivimos en la actualidad fue el fanatismo de los sectores liberales y conservadores, que se enfrascaron en una guerra sin límites en los años cincuenta del siglo XX.

Más allá de la historia del fenómeno, lo que realmente le interesa a la Comisión de la Verdad es destacar el fanatismo del presente como otra traba para el desarrollo del proceso de paz. La paz no solo se deriva de silenciar los fusiles, sino que también depende de desarmar los espíritus.

En este caso concreto, el fanatismo se mezcla con el odio y la desesperación que provocan los problemas sociales, con la defensa de ciertos intereses creados, o con las heridas que generó la guerra, las cuales permanecen abiertas y doliendo.

Este es el asunto de fondo relacionado con el proceso de paz en la coyuntura que ahora vive la nación, y mientras no se exteriorice y se supere seguiremos arando en el mar, pues la guerra continuará en el pensamiento y en la acción de los fanatizados.

El fanatismo se deriva de causas sociales y aspectos individuales. Las religiones y las ideologías herméticas parecen ser, a la luz de la historia, las dos variables más generadoras de fanatismo. Esto significa que esa enfermedad social tiene, sobre todo, una raíz histórica, cultural.

Pero para comprender el problema hay que pensar también en las características del ser humano, biológica y psicológicamente determinado. Esto hay que plantearlo así, no para justificar el fanatismo, sino para entenderlo.

La psicología social ha descifrado ciertos comportamientos del grupo que afectan las actitudes individuales. Entre estos está la tendencia a imitar o repetir lo que el grupo hace, una especie de efecto imitación.

Cuando se trata de defender unas ideas, por más erróneas u obsoletas que sean, el grupo, por el efecto imitación, provoca que el individuo influenciado cierre filas en la agresión contra quienes consideran sus enemigos.

Desde luego que esa influencia, que suele universalizar el comportamiento violento, se conecta con una base ideológica, política o religiosa predeterminante de la actitud del fanático. Es decir, el modo de ser fanático no emerge solo por causa del efecto imitación, sino conectado con las propias entrañas conceptuales de quien padece la enfermedad.

El fanático es violento e irracional y por eso sigue al grupo, que también es violento e irracional. Esa irracionalidad y esa violencia están asociadas a la creencia de que posee la única verdad, y a la convicción de que sus opositores están equivocados.

Normalmente el fanático actúa muy convencido de lo que piensa. Este es uno de los principales motores de su fanatismo y de su violencia. Pero la base de esta convicción no es la sabiduría sino la ignorancia.

Albert Camus escribió que mucho del mal que existe en el mundo proviene de la ignorancia, y que hasta las buenas intenciones o los propósitos más altruistas pueden hacer mucho daño, si no parten del conocimiento.

El saber, la reflexión profunda, la ciencia, parecen estar entre las principales soluciones para disolver el fanatismo. Pero esto no es tan sencillo como aparenta ser. Si por el simple contacto con el conocimiento el fanático se convirtiera en otra persona, ya esa tara social se habría resuelto.

Pero no ha ocurrido así, pues el fanático y el fanatismo mutan, adaptándose a las nuevas condiciones históricas, sin dejar de ser lo que son. ¿Qué está detrás de este comportamiento que cambia su piel, pero no altera su esencia?

Desde luego, en primer lugar, la propia historia de las ideologías y religiones herméticas, que derivan su razón de ser y su permanencia de su hermetismo. La ortodoxia que teme y elimina el cambio permite explicar la inmutabilidad del pensamiento fanático.

Y esa ortodoxia que nutre la inmutabilidad de la creencia tiene dos sólidos soportes orgánicos, provenientes del ser individual: por una parte, la tendencia a defender la ideología como se defiende el propio yo, y la tendencia a no cambiar, a mantener un cuerpo de ideas inamovibles, que dan vueltas en la cabeza completamente divorciadas de la realidad externa.

Esta situación es la que provoca que el fanático viva alienado, separado, del mundo del pensamiento, y tan aislado de los cambios sociales e intelectuales que desarrolla un perfil autista. Un perfil autista que, atiborrado de odio, se convierte en una bomba de tiempo.

Los psicólogos y los neurocientíficos asocian la resistencia al cambio con lo que ellos llaman la disonancia cognitiva, es decir, con el dolor que provocan las nuevas ideas que poseen el poder de lastimar o inquietar al yo del fanático, al herir o cuestionar su sistema de creencias.

Pero mientras otras personas resuelven esa contradicción mediante el cambio de las ideas, el fanático “elimina” la disonancia cognitiva enconchándose en sus creencias, al cerrarse o aislarse de la influencia externa que le provoca dolor psicológico.

Como consecuencia de este efecto interno pierde flexibilidad cognitiva, o sea, manifiesta mucha dificultad para cambiar los conceptos erróneos que defiende como si fueran verdades. Obsérvese que este movimiento esencial descubierto por la ciencia está presente en cualquier clase de fanatizado, ideológico o religioso.

Lo que menos le interesa al fanático es cambiar su sistema de creencias, porque este le brinda seguridad y lo protege de la disonancia cognitiva; además, ese sistema de creencias expresa sus deseos más recónditos, sus esperanzas y aspiraciones, haciendo parte de su carne y de su sangre y convirtiéndose, por esta vía poco evidente, casi en un instrumento de placer psicológico.

No es sencilla la tarea que tiene entre manos la Comisión de la Verdad con este problema complejo del fanatismo. Es claro que se trata de una de las dificultades a vencer, si aspiramos a alcanzar algún día una paz duradera.

La paz del país pasa también por la comprensión y superación de la tara del fanatismo. Un paso importante en ese camino consiste en describir y analizar las características de la problemática, como se hace en el libro comentado.

Entender el fenómeno quizás contribuya a exorcizarlo. Porque poseídos por el diablo del fanatismo nunca saldremos del infierno que nos consume.

 Presidente de la Comisión de la Verdad, el sacerdote jesuita Francisco De Roux.

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