Unimetro
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10:05 am. Domingo 29 de Noviembre de 2020
Opinión
10:05 am. Domingo 29 de Noviembre de 2020

A raíz de las declaraciones de algunos políticos se ha abierto en el país un debate sobre la existencia o no del centro político. Esa discusión está más cortada por las necesidades de los aspirantes a la presidencia (o a otros cargos), que por el rigor conceptual que facilite definir qué se entiende por el centro político.

Parece ser que el punto de partida histórico del problema arranca desde aquella vieja división entre izquierda y derecha ocurrida en la Revolución Francesa. El asunto de fondo debatido en la Asamblea Nacional era el del poder del rey para vetar disposiciones de esta Asamblea.

Quienes se sentaron hacia el lado izquierdo del presidente propendían por un mayor poder decisorio de los asambleístas sobre el rey, y los que se ubicaron a la derecha estaban del lado de incrementar el predominio real. A partir de aquí, se asoció izquierda con las actitudes por el cambio, y derecha con lo contrario.

En el imaginario colectivo internacional estas acepciones fueron enriqueciéndose paulatinamente, a medida que surgían enfrentamientos entre sectores conservadores y personas o grupos partidarios de la revolución social. Pero el aumento en la amplitud del sentido de las dos palabras también contribuyó a acrecentar su vaguedad.

Es muy difícil definir, asimilando la experiencia histórica, un concepto tipo (de corte weberiano) válido para caracterizar a las izquierdas y a las derechas en todas las épocas y lugares. En realidad, no ha existido una única tradición que podamos llamar de izquierda, ni tampoco otra que podamos caracterizar, sin fisuras y contradicciones, como de derecha.

Más allá de las tendencias globales contemporáneas (sobre todo del siglo XX en adelante) existen múltiples matices en las izquierdas y en las derechas, que dificultan la construcción de esa conceptualización tipo de validez general. Esto empuja a caracterizar las dos variables teniendo en cuenta problemas concretos y, además, las condiciones específicas de los países.

En lo atinente a Colombia, el concepto izquierda ha sido ligado a grupos liberales partidarios de las reformas, a la democracia política y a la construcción de una sociedad civilista, basada en las leyes y en el laicismo. Luego se extiende a los partidarios de la revolución social de tipo marxista, o a todos los sectores anticapitalistas, anarquistas o con rasgos ideológicos similares.

Durante el período de La Violencia, la radicalización política colocó en un bando a los conservadores, percibidos como reaccionarios, y en el otro a los liberales, autoconsiderados promotores del cambio contra las oligarquías. No faltan los historiadores que tipifiquen a los conservadores como derechistas y a los liberales como izquierdistas.

Armando Benedetti, senador barranquillero.

La polarización política adquiere otra forma con la aparición de las guerrillas, a partir de los años sesenta del siglo XX. La presencia de la ideología marxista internacional en la guerra interna, en los medios de comunicación y en las universidades, fue creando otro imaginario, que convirtió en derecha todo lo que no estuviera de acuerdo con el proyecto de revolución violenta, y en izquierda a todas las fuerzas anticapitalistas, fueran o no partidarias de la violencia y de la dictadura.

Una mezcla de defensa de intereses creados (terratenientes y de otro tipo) con ideologías retardatarias es lo que produce el fenómeno uribista, concebido hoy como el núcleo más representativo de la derecha (o de la ultraderecha) nacional. Este grupo supo capitalizar electoralmente el odio hacia la guerrilla y hacia la izquierda, mediante un proyecto guerrerista que se retroalimentó de los errores y excesos de los partidarios de la vía armada revolucionaria para concretar el cambio.

Aquí está la principal raíz de la polarización contemporánea, que ubica, por un lado, a quienes enfrentan por la fuerza y mediante el todo vale a las guerrillas (y a la izquierda) contra quienes buscan un cambio político profundo por la ruta de la violencia y de la dictadura, según la visión de los núcleos más extremistas del lado izquierdo.

El proceso de paz ideado por el gobierno Santos se convirtió en una estaca entre los violentos de la ultraderecha y los violentos de la ultraizquierda, y abrió el espacio para la participación de otras fuerzas que no creían en el proyecto de tierra arrasada del uribismo, ni en los modelos problemáticos del socialismo totalitario.

Se fue perfilando, en consecuencia, una especie de centro político muy variopinto, que se distanciaba en varios puntos de la derecha uribista y de la izquierda tradicional de corte estalinista o de otro origen. En general, ese centro político no se identifica con los aspectos gruesos del proyecto uribista que destroza la democracia y las instituciones, ni con el radicalismo izquierdista, que tampoco cree en la democracia ni en el fortalecimiento institucional.

La aparente indefinición del centro político es, en el fondo, una definición precisa en torno a unas posiciones que chocan de frente contra el radicalismo de derecha (liderado por el uribismo), y que tampoco están de acuerdo con las supuestas soluciones del extremismo de izquierda (una estela variopinta y difusa, donde confluyen personas y partidos con una ideología ya rebatida por la realidad en todas partes).

Lo que caracteriza a ambos extremos del espectro político nacional es la intolerancia más absoluta contra quienes consideran sus enemigos, y contra todo lo que se parezca a sus enemigos, o que no sea como ellos (derechistas extremos o izquierdistas extremos). Las redes sociales representan el máximo termómetro para medir la importancia de ese extremismo de derecha y de izquierda, que no respeta a nada ni a nadie.

En cierto modo, esas extremas que le han abierto un espacio al centro político son un coletazo de la guerra que ha consumido al país por décadas, una confrontación con balas y palabras que se tomó las elecciones y los principales espacios públicos de la sociedad.

El centro político se define por oposición a ambos, es decir, al derechoextremismo y al izquierdoextremismo, así como estos últimos se caracterizan por representar lo opuesto de su contrario, en líneas generales. En el centro están todos los partidos y personas que apoyaron el proceso de paz y cuyo mayor sueño es pasar, definitivamente, la página de la guerra; en las alas del espectro aún se concentran las fuerzas que nutren la violencia, aunque su retórica indique lo contrario.

Los habitantes del centro son diferenciables de las alas extremas en cuanto creen, sinceramente, en la necesidad de fortalecer las instituciones, la democracia, el sistema de normas y leyes, y las reformas inteligentes para salir del pantano de violencia, desigualdad y necesidades flagrantes en que todavía estamos estancados.

El derechoextremismo no cree en el Estado de derecho ni en la democracia, y las destroza e irrespeta continuamente, llevado por el impulso de construir un sistema autoritario que sirva de dique contra las aspiraciones reales o supuestas de sus enemigos. Ese es su proyecto político de fondo, y para imponerlo se apoya en toda clase de intereses, incluidos los del bajo mundo.

El izquierdoextremismo tampoco cree en el Estado de derecho ni en la democracia, y utiliza la legalidad como un simple trampolín para acceder a otro tipo de autoritarismo de izquierda, o a un totalitarismo marxista ya obsoleto, que ha fracasado completamente a nivel internacional. Los sectores más extremos de la izquierda aún siguen creyendo en la violencia y en la dictadura como si nada hubiera ocurrido en el siglo XX con esas ideas, ya condenadas al basurero de la historia.

Al jugársela a favor del pluralismo, la legalidad y la democracia, el centro político se distancia de los extremismos derechista e izquierdista. Es decir, la apuesta por una sociedad no polarizada es una posición franca contra la violencia y la dictadura, y por una democracia capaz de adelantar las transformaciones sin necesidad de echar balas. Este es el proyecto que torpedeó el uribismo desde el poder, y que agoniza en manos de sus verdugos.

El centro político lucha también contra el irrespeto de lo público, contra el asalto de los bienes del Estado por parte de los corruptos, y contra la instrumentalización de las instituciones por los partidos y personas que no le apuestan al desarrollo de una democracia sólida, sino al autoritarismo o al totalitarismo. Esa clase de políticos, y aquellos cuyo único programa es robar, son la fuente del clientelismo y la politiquería que consumen a la nación.

Una ética de respeto al otro, aunque sea contradictor, ilumina a las personas que componen el variopinto cuerpo del centro político. Esto no ocurre así en los terrenos del derechoextremismo o del izquierdoextremismo, acostumbrados a maltratar sin argumentos, a agredir y a calumniar a los demás, basando sus agresiones en que defienden a la patria, o en la creencia ilusa de que son los más puros de los puros por autodefinirse como salvadores de la humanidad.

En este punto concreto del uso de la calumnia, de la indecencia en el manejo del discurso y del empleo de la mentira como recursos políticos existen muchas similitudes entre el extremoderechismo y el extremoizquierdismo. Aunque el origen de su odio y su vocinglería parezca diferente, el rostro del comportamiento antiético que los caracteriza, en este punto concreto, es muy similar. La madre común de ese estilo áspero, vulgar e incontrolado es la violencia que todavía sacude a la nación.

En resumen, sí existe el centro político en Colombia, y se diferencia de las extremas de la derecha y de la izquierda porque es civilista, democrático, reformista, y porque cree sinceramente en la paz y en el desarrollo de un Estado de derecho que viabilice el pluralismo y la convivencia.

La indeterminación que algunos le endilgan para descalificar su existencia no es real, si pensamos con calma en la realidad política del país. Su carácter heterogéneo tampoco es un argumento de peso contra su existencia, si nos detenemos a pensar en las variables ideológicas y políticas que identifican al centro político.

El centro existe porque existen las extremas y los proyectos que estas representan. Este opera en el espectro político nacional a través de partidos y personas que no se identifican con la práctica política e ideológica polarizante y enfermiza del derechoextremismo o del izquierdoextremismo.

Ese centro político está ahí, latente y actuante, porque le apuesta a un proyecto civilista, democrático y pluralista que alcance la meta de una sociedad más justa, no por la vía de la violencia o de la dictadura, sino por el camino de las reformas inteligentes. Negarlo es negar la parte más razonable y más comprometida con la democracia de la sociedad colombiana.

Las personas y los partidos que no les caminan a las alas extremas están ahí, en el espectro político nacional. Ya han sido votados en las elecciones anteriores, y siguen constituyendo una esperanza para todos los que creen en una salida democrática y reformista para los problemas nacionales.

Eliminar mágicamente ese centro político (porque no les conviene a los radicalismos) es otra manera de suprimir el sueño de una sociedad diferente, a la que le apuestan todos los que están fastidiados con la polarización, la corrupción y la guerra.

Como lo demuestra la experiencia actual, la mejor alternativa del país para dejar atrás esa guerra está en el centro político. Su proyecto no violento, no autoritario y tampoco totalitario es el mejor camino para avanzar hacia una sociedad menos conflictiva, más igualitaria y decente, auténticamente decente.

El centro encarna la esperanza de la paz auténtica, de la legalidad y el pluralismo sin coartadas, sin las máscaras que recubren el verdadero rostro de los extremismos. El compromiso serio con el Estado de derecho tiene su mejor nicho en el centro político nacional. Seguro que sí.

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