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Opinión
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La globalización del internet ha democratizado el acceso a la información y la forma de comunicarnos, poniendo en el firmamento virtual el surgimiento de nuevas “estrellas”, que no  necesariamente deben contar con los talentos en artes que hasta hace poco conocíamos, ni mucho menos formarse en periodismo, mercadeo, comunicación social u otra profesión especifica.

El lucrativo negocio de los influencers que ha redefinido el concepto de publicidad y del comercio, tiene como papel protagónico al ser humano y toda su complejidad como persona. Por ello, no es de extrañar que en algunos se desarrolle un ego exacerbado por la necesidad de lograr reconocimiento, llevando los contenidos que producen a límites que apenas empiezan a definirse en el ámbito legal y ético.

El más reciente episodio de vergüenza de unos representantes de la comunidad de “influencers”  se originó en Colombia, donde entre sus bromas fingieron atracos a mano armada, simularon “requisas” a desprevenidos transeúntes portando prendas de uso privativo de la fuerza pública  y  como “cereza del pastel”  en el afán de saciar su necesidad de atención, seguidores y likes,  expusieron  a una persona que dormía en un andén y presuntamente indigente, poniendo una sustancia a su alrededor que simulaba sangre, dando así la impresión de que se acababa de ser asesinada.

Las redes estallaron. La indignación social y el despliegue noticioso revelaba que la Policía les  impuso en aplicación al Código Nacional de Policía y Convivencia una multa por valor de $883.000 y la obligación de asistencia a una actividad pedagógica de convivencia, sin perjuicio de que continúen investigaciones por la presunta comisión de los delitos de utilización ilegal de uniformes e insignias de las Fuerzas Armadas, simulación de investidura o cargo y usurpación de funciones públicas. La tecnología siempre va más rápido y desborda la reglamentación normativa vigente, pero el mundo judicial empieza a advertir la necesidad de poner límites jurídicos y éticos a los contenidos que crean estos nuevos “famosos”.

En mayo de este año un juzgado penal en Barcelona dictó una sentencia sin precedentes al condenar al  youtuber 'ReSet', por haber humillado a un mendigo brindándole galletas oreo rellena de pasta dental, a 15 meses de prisión, a pagarle una indemnización de 20.000 euros y ordenarle cerrar su canal de YouTube  prohibiéndole abrir uno nuevo en los próximos 5 años. Una sentencia ejemplarizante para el “creador” de contenidos.

Así pues, se empieza a llamar la atención sobre la responsabilidad social y la ética que debe guiar a quienes han resuelto ejercer el oficio de servir inspiración o influenciar en los demás. En Reino Unido, por ejemplo, este año se expidió un código de conducta para los influencers. La Superintendencia de Industria y Comercio en Colombia ultima detalles para publicar en diciembre una autorregulación que respete los derechos de los usuarios por parte de éstos.

Lo cierto es que no sólo las leyes van más lento que la tecnología. También la educación actual en Colombia parece congelada en el tiempo. Las aproximaciones a las nuevas tecnologías son tan tímidas que parecen no darse cuenta que el 85% de las “profesiones” que surgirán en los próximos 20 años aún están por descubrirse. Así lo advertía un experto en innovación médica en el Foro de la Salud y 26 Foro Farmacéutico realizado en octubre de este año en la ciudad de Cartagena.

Es necesario empezar a formar las competencias que requerirán quienes en un futuro próximo serán la fuerza laboral productiva del país. Iniciar desde temprana edad la formación ética de los jóvenes que se convierten en  estrellas del firmamento virtual sin requerir siquiera pasar por una Universidad, es ayudarlos a convivir con la realidad.

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