9:49 am. Jueves 04 de Octubre de 2018
Opinión
9:49 am. Jueves 04 de Octubre de 2018

El incontrolable aumento de delitos contra menores, como abuso sexual, tortura y asesinato, ha sido por estos días motivo de mayor expectativa en Colombia; a tal punto que  proyectos para implantar en el país cadena perpetua,  que no la pena de muerte, hace carrera no solo entre la gente del común sino en la esferas gubernamentales y en los legisladores del Congreso donde se espera dar rápido aprobación al mismo.

Mientras a nivel nacional se trenzaba la polémica de sí debía o no prohibirse las llamadas corralejas, tras los acontecimientos el fin de semana en Sabanalarga con más de 50 heridos, apenas horas después, arrancando el mes de octubre, la nación fue conmovida por el horroroso caso en el municipio Fundación donde una menor de 9 años no solo fue abusada sino asesinada y además incinerada por un desalmado al que ningún calificativo sería suficiente para determinarlo.

Quizás sea esta “la gota de agua que rebose el vaso” para que el gobierno y los legisladores decidan de una vez por todas decretar la cadena perpetua para los asesinos y abusadores sexuales de menores que en los últimos años han crecido inconmensurablemente ante la inerme aplicación de justicia en Colombia, una de las razones por las que degenerados y asesinos de niños deambulan y se burlan sin vergüenza alguna.

A la iniciativa de aprobar la pena sin fin, le han salido defensores de derechos humanos y hasta se pregonan argumentos como que con aplicar castigos de 40 y hasta 60 años es más que suficiente. Tan aberrante lucen hechos como los de Fundación, que hay quienes no solo promulgan por la cadena perpetua sino que van más allá pidiendo se apruebe la pena de muerte.

No somos especialistas en la materia, pero a la luz de hechos  repudiables, repugnantes y asquerosos de abusos sexuales, torturas y asesinatos de bebés, niños y menores, convencidos somos de que en Colombia no pudiéndose aplicar la pena capital por ser contraria a los principios religiosos que nos rigen en el sentido de que solo Dios es dueño de la vida, nos plegamos a quienes piden a gritos  la cadena perpetua. Incluso añadiéndole una perlita a la ley, tal como en Estados Unidos donde la justicia sentencia estos salvajes y atroces hechos, como el que nos concierne, no a una, sino hasta dos penas de muerte y añade a la sentencia, ciento cincuenta años más -por si acaso- el condenado resucita y vuelve a pecar.

Y, para no pasar por alto el otro tema que concita de la atención nacional, como lo es las llamadas corralejas, nos inclinamos también por abolir dichas prácticas espectaculares  que lejos de pertenecer a lo que muchos califican como arte de la tauromaquia, lo que produce y deja son lágrimas y muertes.

Estamos aún en pañales en celebraciones públicas como estas bajo el pretexto de que las corralejas forman parte de una cultura y costumbre de los pueblos.  De pueblo y para el pueblo no tiene ni hay nada. Por eso nadie ve que en las corridas de toros, el matador que impecablemente sale al ruedo, jamás brinda una faena a alguien del pueblo. El torero siempre dirige su atención al palco de autoridades y personalidades. Y lleno de orgullo se inclina y ofrece a un Rey, Presidente, un Ministro, un político de alto rango o a un afamado artista de cine. Para esta clase de ejecutivos y personalidades están reservados esos honores. ¿Alguna vez ha visto usted que el brindis lo haga el torero mostrando o lanzando la montera a un Juan de los Palotes? Nosotros tampoco.

Desadaptados unos y otros, tanto los que se lanzan a un “ruedo” bajo el influjo del licor o de drogas para demostrar “valentía” equivocada o simplemente para recoger algunas monedas lanzadas desde los entablados enfrentando a un rival de 400 y más kilos, como aquellos que no tienen alma ni conciencia para cometer atrocidades como violaciones, sexuales, torturas y asesinatos de niños y menores deberán ser sometidos por la justicia humana y tal vez...la justicia divina.

A los primeros quitándoles la “razón” que los motiva, es decir mediante la abolición del mal llamado espectáculo taurino convertido en espectáculo circense de sangre y dolor. Los otros, los desalmados, asesinos en serie, sicópatas y maniáticos sexuales, solo –dicen los entendidos- con la muerte se les termina el vicio.

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