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9:32 am. Lunes 01 de Marzo de 2021
Opinión
9:32 am. Lunes 01 de Marzo de 2021

Max Weber con su icónica obra, “El Político y el Científico”, ya se planteaba este tipo de cuestionamientos. ¿Puede un político servir a la academia a la vez?; ¿Es un académico dedicado realmente competente en la arena del poder? Las respuestas no son fáciles, ni de un solo color. Lo que sí es cierto, es que muchas décadas después, aún hay individuos que se ven inmersos en esta difícil encrucijada.

Son numerosas las ocasiones que he escuchado a políticos tradicionales mofarse de los profesores universitarios, los consideran criaturas extrañas que solo pontifican y que sumidos en sus libros jamás podrían comprender la realidad; de paso, asumen que la vida del profesor es fácil mientras que la del actor público es demandante y sacrificada. ¡Cuán lejos están de acertar!

Pero en la otra esquina, se encuentra uno a profesores universitarios de todas las áreas, con la presunción de que la mayoría de los personajes activos en la política, son corruptos, ineptos, y sin la capacidad mínima de repensar procesos en pro de la sociedad a la que se deben. ¡Otros que también se equivocan!

Y es que, si algo tienen de parecido ambas profesiones, es que, en las dos se habla desde un estado de superioridad a la audiencia. Supongo que de allí viene mucha de la prepotencia con la que algunos individuos pertenecientes a ambos grupos se expresan. Pero Alejandro Gaviria es diferente, ni es un político común, ni es un académico aletargado. De allí, que sea un actor tan codiciado y cotizado para las próximas elecciones presidenciales.

El ex ministro de Salud y hoy Rector de los Andes, como pocos, ha sabido nadar en ambas aguas. Es un referente para esa nueva camada de profes universitarios que no se ven solo en el aula, y también para esos políticos de nuevas generaciones que entienden que la vida no empieza ni termina con un cargo público.

No se si Gaviria sería el presidente que Colombia necesita para los próximos 4 años, lo que sí considero es que su valor ante la sociedad es que se ha convertido en prueba y evidencia irrefutable de que la vocación no tiene por qué ser solo una. Weber tenía razón, si uno le sirve a ambas arenas corre el riesgo de fallarle a alguna, pero es que a veces ello, puede llegar a valer la pena.

Sabrá solo él si se candidatizará, y si le conviene. A su entorno personal y al país. Sin embargo, lo más importante, y rescatable de que se proponga su precandidatura en un país tan radical como este, es que ojalá se tiendan puentes de respeto entre la academia y el poder público. Hoy el Rector de los Andes es una excusa perfecta, para plantearnos por qué se estigmatizan mutuamente académicos y políticos. ¿Cuál es la necesidad? .

 Alejandro Gaviria

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