Según el mito galapero, en Barranquilla la gente y los animales morían de sed, pese a estar a la orilla de un río, cerca del mar.
Según el mito galapero, en Barranquilla la gente y los animales morían de sed, pese a estar a la orilla de un río, cerca del mar.
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El mito, el agua y las vacas

De cómo Barranquilla pasó de ser una ciudad de perfiles rurales hacia un centro de tránsito y transacciones.

Por Moisés Pineda Salazar

Barranquilla y sus elites experimentaban los cambios de una ciudad de perfiles rurales, dotada con una plataforma semifabril “sui generis” como la caracterizara Eduardo Posada Carbó, hacia lo que es propio de una “Ciudad Fenicia”, un centro de tránsito y transacciones.

Como suele ocurrir en los períodos de toda transición, el escenario de la Barranquilla finisecular era ambiguo, ecléctico, conflictivo.

En un esfuerzo para mejorar el análisis que proponemos realizar en torno a los conflictos de la vida urbana en Barranquilla y que  están registrados en el relato que llamo El Mito de las Vacas Galaperas”, arriesgo una definición según la cual por “conflicto urbano” entenderemos el grado de “disonancia” que se suscita en el comportamiento, la magnitud, la tendencia, la frecuencia o la orientación entre cuatro subsistemas de variables de la vida en las Ciudades:

Las referidas a los patrones de poblamiento, ocupación o uso del territorio- real o imaginado-.

Las relacionadas con las actividades económicas, el soporte tecnológico, los grados y niveles de distribución y organización del trabajo

Las contenidas en el sistema de normas y prácticas institucionales que ordenan y orientan la convivencia dentro del ámbito del territorio y,

El subsistema de representaciones simbólicas a través de las cuales se manifiestan los modos de ser, hacer, pensar y desear de la comunidad. Los consensos sociales alrededor de un pasado común, “las lecturas” del presente y las visiones compartidas en relación con un futuro colectivo.

Desde esta perspectiva sobre la naturaleza y el trámite de los “conflictos urbanos”, como parte de un sistema de tensiones, “El Mito de las Vacas Galaperas” es un material simbólico que satisfizo a la sociedad barranquillera, desde mediados del Siglo XIX y hasta bien entrado el XX, por cuanto que expresaba una realidad tecnológica que había hecho viable una economía fabril “sui generis”, íntimamente ligada con la actividad pecuaria que, al tiempo que articulaba a lo urbano con lo rural, le proveía a Barranquilla de la autonomía necesaria para romper, desde otra historia,  con los lazos sociales, políticos, militares, administrativos y religiosos que la ataban a Cartagena y a un pasado pastoril.

Barranquilla en sus inicios

La paradoja del agua

Siendo que los mitos surgen o concluyen en una paradoja, en un contrasentido, en algo inusitado e increíble, constatamos que el Mito Galapero, no es la excepción. Barranquilla, al igual que en el relato mítico griego, aparece como un “tártaro”, un infierno, un lugar en el que la gente y los animales mueren de sed, estando a la orilla de un río, cerca del mar.

Así, en el estudio de “su circulación social” podemos constatar que “El Mito de las Vacas Galaperas” es una versión de “El suplicio de Tántalo”, el personaje mitológico condenado a padecer de sed extrema, teniendo agua hasta la barbilla. De esta manera, pagaba el castigo impuesto por los dioses del Olimpo debido a su soberbia, capacidad de engaño, de desprenderse- aún de lo sagrado- con tal de avanzar y alcanzar lo que se proponía. 

Así, cada vez que estaba a punto de calmar la sed, el agua se secaba, se alejaba.

En 1886, la Empresa de Acueducto construyó un estanque en la parte nordeste, en cuyos barrios el agua no llegaba por el poco impulso de las bombas. Esta parte de la ciudad era una zona privilegiada, aunque el servicio de agua era muy limitado: (...) Barranquilla era una ciudad polvorienta. “El polvo de las calles revoloteaba con las brisas, lo que hizo que se la conociese con el nombre de “La Arenosa”. Para apaciguar el polvo, sus moradores hicieron costumbre regar sus puertas a tempranas horas del día”.

Los habitantes de Barranquilla padecían por problemas de agua

Para 1898, Emilio Bobadilla en su obra “A fuego lento” relataba:

Llovía, como llueve en los trópicos, torrencial y frenéticamente, con mucho trueno y mucho rayo. La atmósfera sofocante, gelatinosa, podía mascarse. El agua barría las calles que eran de arena. Para pasar de una acera a otra se tendían tablones, a guisa de puentes, o se tiraban piedras de trecho en trecho, por donde saltaban los transeúntes, no sin empaparse hasta las rodillas, riendo los unos, malhumorados los otros. Los paraguas para maldito lo que servían, como no fuera de estorbo.”

Para 1908, se constata la existencia de “veintinueve mulas que prestaban el servicio de irrigación, y cómo los aguadores, con burros atiborrados de barriles, repartían el agua- a pesar de poseer acueducto-. Este hecho nos indica que el servicio no llegaba a la mayoría de sus habitantes”

Entonces, es evidente, y comprobado históricamente, que la escasez de agua apta para el consumo de personas y animales, contrapuesta a la existencia próxima de un río y a la abundancia de la lluvia, era una constante paradoja en la apreciación de la calidad de la vida urbana en Barranquilla, lo cual es registrado en el relato mítico de la siguiente manera desde 1870:

(…) pero llegó una época en que la falta de lluvias fue tal en esta estación que puede afirmarse que la escasez de aguas en la época respectiva fue absoluta y todas las charcas que retenían aguas durante el invierno y gran parte del verano, se secaron casi súbitamente.

Y cuando menos lo temían, los ganados después de haber consumido la última gota de agua existente se salieron de los montes y entraron en el sitio sedientos, agotaron el resto de agua que encontraron en las antiguas charcas, entraron en los patios y agotaron lo que encontraron en las casas, recorrieron el pueblo de un extremo a otro, y bramando se volvieron hacia los montes.

Así fue hasta el último lustro de finales del Siglo XX.

Las vacas y la industria barranquillera

En los mitos urbanos subyace información acerca de elementos históricos que explican cómo la plataforma tecnológica, hace posible la vida económica y determina la ocupación del territorio.

Esos recursos de la ciencia aplicados a la solución de problemas, esas “maneras de hacer” orientadas a la producción de bienes y servicios que hacen posible la supervivencia del grupo social, varían en el tiempo y van dando forma a metáforas que permiten su comunicación al colectivo.

Eso también se constata en “El Mito de las Vacas Galaperas”:

A propósito de la ganadería, su importancia comenzó a perfilarse desde mediados del siglo XIX con la introducción de los pastos artificiales, la utilización del alambre de púas, el creciente consumo de sal y la implantación en pequeña escala de nuevas razas. A lo anterior se le sumó (sic) las perspectivas abiertas por el mercado antillano con la guerra de los Diez años en Cuba (1868-1878). Todos esos elementos confluyeron en la expansión ganadera que animaría gran parte del comercio exterior del país con ventas externas de cuero y dos bonanzas de exportación de ganado en pie durante el último cuarto del siglo XIX".

Muchos negociantes barranquilleros dirigieron considerables inversiones al renglón agropecuario. La importancia alcanzada por dicha actividad en los negocios aparece ilustrada en una publicación de 1892 cuando contabiliza 16 individuos dedicados a ella. Esa lista contrastada con otra de 1910 muestra cómo el número de personas se ha elevado a 28 y quiénes se mantenían en el negocio: Correa & Heilbron, José F Insignares, Juan B Roncallo, Manuel M Márquez, Joaquín M Lazcano, Miguel Segrera, Evaristo Obregón, Jenaro Salazar, Juan J Ujueta, José M Rendón y Manuel Manotas.  Paralelamente se fundaron establecimientos semifabriles donde se transformaban materias primas provenientes del sector agropecuario dando origen a las tradicionales talabarterías, curtiembres, zapaterías, fábricas de velas, y jabones pioneras de la industria local. En tal sentido, las actividades industriales nacieron subordinadas a las actividades ganaderas, eran subsidiarias de estas, imprimiéndole a la industria barranquillera un carácter sui generis” 

Mucho debía la ciudad a las vacas

Barranquilla así lo registró en sus toponimias, en la forma de llamar, evocar e invocar algunos lugares como La Plaza de La Tenería, la Calle y el Callejón del Matadero, el Callejón del Potrero, y en la recreación de su Mito Fundacional. Sin embargo, en relación con la Calle de Las Vacas, esta denominación es reciente y equívoca.

Está demostrado que la toponimia original (1890) hace referencia a la Calle del Recreo en la que en tres puntos las máquinas del Tranvía a vapor iban en ciar, marchaban en reversa, iban en back up, en baca. A mi modo de ver, tales “bacas” nada tienen que ver con semovientes.

Los cabeza De vaca

No faltan los que ven en las tales “Vacas Galaperas” un mensaje cifrado según el cual ellas, “las vacas”, no solo se refieren a semovientes, sino también al linaje de Alonso Arias Vaca, padre de Doña María Arias Cabeza de Vaca, esposa de Pedro de Barros y de la Guerra II, padre de Don Nicolás de Barros y Angulo De la Guerra, cuarto encomendero del pueblo de Indios de Galapa, fundador y Señor de la estancia de “San Nicolás” luego del fin de la era de las encomiendas en 1620.

La extensión de tierras adjudicadas por el Cabildo Cartagenero a Don Nicolás de Barros y De la Guerra, hijo de Don Pedro de Barros y De la Guerra con Doña María Arias Cabeza de Vaca, fue de seis caballerías (413 hectáreas) que luego fue ampliada en cuatro caballerías adicionales.

Está probado que los descendientes de los Cabeza de Vaca se vinieron hasta las tierras de Camacho para fundar la Hacienda de San Nicolás entre 1627 y 1637.

También la existencia de ellos como una saga afincada en Cuba y en Venezuela, lejos de la rancia y aristocrática Cartagena.

Posiblemente, esta Estancia o Hacienda de San Nicolás, se estableció al lado del Caño de La Tablaza. Otros expertos ubican el lugar más hacia el noroccidente, en los terrenos que desaparecieron bajo las aguas en la zona de Sierra Vieja, en los lindes de La Playa.

De la misma manera, quedan probadas las relaciones económicas que existen, a través del Linaje de Doña María Arias Cabeza de Vaca, entre la estancia de San Nicolás y las otras que eran propiedad de esa familia y que estuvieron ubicadas en la Península de Paraguaná- hoy en el Estado Falcón en Venezuela- nombradas como Charaima, Jadacaquiva y Moruy.

Es sugestivo el hecho de que tales fundos pecuarios estuvieran colocadas, a su vez e igualmente, bajo el patronazgo de San Nicolás de Bari y no el de San Nicolás de Tolentino como se vino a decir y a popularizar respecto de la Estancia barranquillera luego de la segunda mitad del Siglo XVIII.

En 1886, la empresa de acueducto construyó un estanque en la parte nordeste de Barranquilla

Aunque todo indica que el Patrono de la Familia de los Encomenderos de Galapa es el Santo De Bari y no el De Tolentino, está abierto un interrogante que debe ser cerrado con la búsqueda que emprendan otros investigadores para indagar y documentar lo relacionado con estas propiedades de las Familias Arias Cabeza de Vaca/ Barros De La Guerra y el “Cemí Protector” de sus estancias en Venezuela y en Cuba.

Las nuevas, sucesivas e ininterrumpidas oleadas de inmigrantes dedicados al comercio y a la industria, desplazaron a los herederos de los antiguos hacendados que construyeron la ciudad de mediados del Siglo XIX alrededor de una economía asociada con la actividad agropecuaria y el comercio de “los frutos de la tierra” que, si bien daba alientos para hacer de la ciudad un puerto marítimo, no era suficiente músculo para abrir las Bocas de Ceniza.

A partir del momento en el que la plataforma tecnológica de la ciudad cambió, en esa transición, se impuso la necesidad de sustituir “El Mito de las Vacas Galaperas”, por otro relato, por otras metáforas y simbolismos que expresaran las nuevas actividades que le permitía a los barranquilleros resolver los problemas de la subsistencia, su nueva visión del territorio, las nuevas historias vividas colectivamente, las nuevas y modernas instituciones para pensar en un nuevo futuro.  

(Continuará)