11:09 am. Viernes 01 de Febrero de 2019
Opinión
11:09 am. Viernes 01 de Febrero de 2019

El matoneo, el chantaje y el “canje” de favores sexuales,  económicos o de cualquier otra índole, ha existido en el marco educacional desde hace bastante rato. No es una modalidad moderna.  La historia nos recuerda que desde tiempos... esta clase de sometimiento entre educadores y educandos y viceversa ha estado latente desde tiempos pretéritos.

Claro, hasta hace unos treinta años mas o menos, las cosas parecían distintas. Entonces tales secretos (“favores y arreglos sexuales”) eran bien guardados por unos y otros y los escándalos públicos podrían contarse con los dedos. Entonces primaba el estatus, posición, honra y hasta bienes de los involucrados.

Pero de un tiempo para acá, con la aparición de las famosas redes sociales, los vínculos en internet y toda esa gabela de sitios web, ya casi nada parece seguro en el ocultamiento que se pretenda tener. Y, por eso, son repetitivos los casos y denuncias que en todo el mundo se conocen en el que profesores y estudiantes, de niveles menores (primaria) medios (secundarios) o superiores (universitarios) son grandes protagonistas.

En el caso de Colombia, y más, remitiéndonos a nuestro terruño, Barranquilla, se ha convertido en centro de atención por los episodios que de manera seguida se han conocido en los últimos años. Podríamos comenzar por lo último: caso del rector de la Universidad del Atlántico Carlos Prasca, envuelto en un mayúsculo escándalo por –según las denuncias-la grotesca y hasta poco elegante manera de “pedir o exigir favores emocionales“ a estudiantes  (niñas jóvenes) de la Universidad que él dirige.

Pero un poco más atrás, si en materia de universidades nos remitimos, tendríamos que enunciar casos como la de la Autónoma del Caribe en la que quien dirigía la institución Silvia Gette se vio y sigue envuelta en denuncias e investigaciones, no por matoneo ni acoso sexual, pero sí por señalamientos de delitos penales que la mantienen alejada de la vocación académica.

Como si fuera poco, quien la sucedió en el cargo, Ramsés Vargas, está tras las rejas por haber defraudado económicamente a la institución colocándola casi que al borde del cierre. Él y su séquito de “colaboradores muy cercanos” incluyendo miembros de su familia dieron las notas altisonantes a nivel nacional  y colocaron el nombre y la imagen de la ciudad en el abismo burlesco de todo el país.

En otro centro de educación superior, la Universidad Metropolitana, miembros de una familia se pelearon y mantienen una pugna por el dominio rectoral y entre tutelas y demandas se han alternado la dirección de la institución en medio del temor de la población estudiantil que en varias ocasiones ha visto amenazada sus carreras profesionales.

Pareciera que el control de estos centros de estudios universitarios endulzara manos y abriera mentes para maquinar maniobras que proporcionen beneficios económicos por una parte y favorecimientos sexuales por otra. Al menos así puede colegirse si quienes han disputado estos puestos y quienes han logrado allegarse a los mismos han utilizado toda o cualquier clase de artimañas en procura de lograr rectorías de las universidades.

Lo lamentable de todo es que muchos de quienes resultan elegidos para los cargos en rectorías, lo han logrado más por influencias políticas que por méritos académicos. Porque con eso se van conformando poderes de votantes masivos como contraprestación entre el elegido y el que elige.

El común denominador en todos estos casos es que quienes ejercen el manejo rectoral de las universidades se niegan siempre a conjugar el verbo renunciar. Para esas personas la palabra renuncia no está en el diccionario personal de cada uno.

En el caso más reciente, el del rector de la Udea, Carlos Prasca, las “evidencias” parecieran ser preciosamente evidencias irrefutables, aunque el funcionario y quienes lo defienden afianzan el criterio de que son viles montajes de sus enemigos para sacarlo del cargo.

El tiempo dirá quién o quienes tienen la razón. Pero lo cierto es que, como sostienen muchos entendidos en la materia, en situaciones  como estas, por el bien de las familias, de la población estudiantil y de la universidad lo más acertado y aconsejable es dar un paso al costado. Pero no olvidemos que en Colombia estamos y ejemplos los hay de los más altos rangos como el del Fiscal General que no conocen el vocablo renunciar.

Al comienzo de esta nota señalaba que el acoso sexual no es nuevo. Por los años 70 en la Universidad del Atlántico con sede en la carrera 43 hubo un directivo, con funciones de síndico ofrecía servicios de calificaciones por favores sexuales. Se hizo tan popular que en el entorno universitario se le bautizó como “Jimmy Lounge”, nombre de un famoso y discreto sitio nocturno (discoteca) para enamorados y parejas al norte de la ciudad.      

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