11:06 am. Domingo 12 de Mayo de 2019
Opinión
11:06 am. Domingo 12 de Mayo de 2019

El proceso de especialización y la preocupación academicista han influido profundamente en la producción histórica y en su relación con los que gustan de leer Historia. La preocupación por las fuentes y la adopción de formas de producción que tendieran hacia una mayor objetividad han ido en la dirección contraria con el sentido profundo de esta disciplina y con la cercanía que puede tener con el gran público (que a pesar de todo sigue consumiendo mucha producción histórica, más aún cuando esta no está pensada en términos academicistas que difícilmente salen de los círculos intelectuales y universitarios). Las preocupaciones académicas por publicar en las llamadas revistas indexadas han generado una preocupación mayor por cómo se escribe que en función sobre qué se escribe. Pareciera, como muchas cosas en este mundo actual, que la forma se impone muchas veces al contenido.

 Desde mi punto de vista la Historia del siglo XX ha sido muy afectada por esta tendencia y llevado, muchas veces, a “despersonalizar” la Historia (si es que así se puede  llamar), es decir, se alejan del relato histórico las emociones, los sentimientos de quienes fueron actores o testigos presenciales de importantes acontecimientos y que favorece la empatía del lector para con los protagonistas conocidos o anónimos, individuales o colectivos (por favor, no se interprete como parte de la ideología de la identidad que ya hemos comentado en opiniones anteriores).

Es esto lo que me lleva a destacar la relevancia que adquiere el aporte de la literatura como un complemento fundamental y necesario en la reconstrucción integral del pasado. Muchas son las referencias que vienen a mi mente en función del valor real de la Literatura como genuina expresión de su tiempo, como por ejemplo cuando Borges planteaba que más de cien líneas son una autobiografía o el profesor Paul Ricoeur cuando plantea que un texto literario funciona en un plano sincrónico que le confiere su riqueza formal, conceptual y creativa, ya adquirida o formada por su propio contexto, por la lectura desde el yo y el aquí.

No vamos a resolver en estas líneas el problema de la historicidad de la literatura, del apoyo que puede prestar a la Historia o de la real (o irreal) reserva que se la ha entregado al historiador  de ser el excluyente narrador de los sucesos que han ocurrido, pero quiero destacar que los productos de la creación literaria son históricos por su emergencia, porque provienen de ese humus cultural que llamamos Historia, son históricos porque configuran una dimensión simbólica  específica de lo social, afectada por los cambios y entendidas por las estructuras más o menos dominantes.

De lo anterior surge la visión de que la literatura sabe lo que se sabe y puede llegar a expresarlo con claridad concreta y sin los menores tapujos, puede envolverlo en formas alegóricas o simbólicas (que muchas veces engañan al poder o las posibles restricciones impuestas) que el lector debe aprender a desentrañar. Me resulta difícil pensar que la producción literaria permanece al margen de los conceptos y realidades que construye la Historia. La literatura es el ámbito predilecto en donde los saberes y conocimientos emigran de un lugar a otro, esos saberes son el contexto de la Literatura y por ende la prueba de su historicidad.

 El aporte de la Literatura a la Historia, en especial a los acontecimientos conflictuados desde el siglo XX (las guerras, las revoluciones, las crisis económicas, los movimientos sociales, en fin), resulta ser un intento de reapropiación de la Historia y un llamado de atención a la tendencia desmesurada a la objetivación que termina desnaturalizando los hechos históricos. También es un llamado para todos aquellos que creen que la producción literaria se construye sin referentes. La Literatura también interroga, en especial en un mundo  deshumanizado. Sin duda que, sin tener el deber de recordar (el rol de la historia para Hobsbawm es hacer recordar lo que otros quieren olvidar), las obras literarias son un testimonio del “trabajo de la memoria” (en palabras de Dominique Viart). Así, Historia y Literatura se complementan, son relatos que buscan pronunciar otras verdades sin borrar la rigurosidad ni la sospecha de la Historia, ni la sensibilidad y el esteticismo literario.

Es relevante, desde esta misma trinchera, recordar que la novela tiene un fin didáctico, al modo de las antiguas fábulas, y en el caso especial de los conflictos armados del siglo XX y XXI, es mostrar que todos pierden (Heminway, Trumbo, Chevalier, Remarque, Pasternak, Orwell, Manuel Rivas, Günter Grass, Ballard, Omar Cabezas, Cercas, en fin). Su aporte se eleva al nivel de que no sólo basta “saber” de las atrocidades de la guerra, la novela hace “sentir” lo atroz.

 

 

 

 

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