9:18 am. Domingo 06 de Enero de 2019
Opinión
9:18 am. Domingo 06 de Enero de 2019

Más allá del uso ideológico o político del yerro en que incurrió el presidente (por parte de sus opositores), se requiere hacer las precisiones del caso para utilizar este evento desafortunado como una herramienta pedagógica útil en el esclarecimiento del pasado.

En sentido estricto, aquí no se trata de atacar o defender a Duque, sino de abogar por la importancia de los conocimientos históricos establecidos. Desde este ángulo, el comentario del presidente (que ha desatado una polvareda en las redes sociales) podría calificarse como una falsificación de la historia por una clara motivación política.

Esta aseveración tan tajante se deriva del contexto en el cual se emitió el mensaje. Cabe recordar que el trino del escándalo fue publicado a raíz de la visita a Colombia de Mike Pompeo, secretario de Estado de los Estados Unidos, y este tenía una clara intención laudatoria o, en lenguaje coloquial colombiano, el presidente intentó lambonear a Pompeo soltándole un piropo histórico.

Leamos de nuevo la parte del texto que ha provocado revuelo nacional. Escribió Duque: “Hace 200 años el apoyo de los padres fundadores de los Estados Unidos a nuestra independencia fue crucial…”. Hay que analizar con calma este contenido para demostrar que se trata de una falsificación de la historia con fines políticos.

Duque sostuvo que los padres fundadores de los Estados Unidos les habrían brindado un apoyo crucial a los independentistas del norte de Suramérica, dirigidos por Bolívar. Lo primero que se debe esclarecer es el asunto de los padres fundadores.

¿Qué es posible entender por padre fundador de una nación? Se entiende por eso a aquel o aquellos que fundaron la nación, que lucharon por constituirla o que se convirtieron en pioneros, precursores o gestores de un Estado. Esto quiere decir que el concepto no se le puede aplicar a los sucesores, hayan sido o no presidentes, por obvias razones.

En el caso de los Estados Unidos, es claro que sus padres fundadores están entre quienes desarrollaron la lucha por la independencia contra Inglaterra en el siglo XVIII, y entre quienes firmaron el acta de constitución de aquel país, luego de la victoria definitiva sobre los colonialistas.

Esa lista no es tan larga, pero, por razones de espacio, se tendrá solo en cuenta a los padres más reconocidos, con miras a establecer si el presidente Duque acertó al plantear que ellos le ofrecieron un apoyo crucial a los independentistas suramericanos. Agregaremos a la selección las fechas de nacimiento y muerte, con la idea de precisar cronológicamente el problema.

Ellos son: a) George Washington (1732-1799); b) Benjamin Franklin (1706-1790); c) Alexander Hamilton (1757-1804); d) Thomas Jefferson (1743-1826); y e) John Adams (1735-1826). Aquí están los principales padres fundadores de la nación en los Estados Unidos, entre otros.

Como puede observarse, a principios del siglo XIX (cuando se produce la independencia hispanoamericana) varios de ellos habían fallecido, y otros no estaban en la escena pública, por razones de edad o por retiro voluntario. Debido a tales inconvenientes, era muy difícil que pudieran apoyar la causa de los suramericanos.

Por otra parte, es casi imposible encontrar evidencia empírica de donde se pueda inferir que tales padres apoyaran, de manera crucial, la causa independentista de Suramérica.

Sí existe, por el contrario, suficiente evidencia para sostener que esos padres no quisieron comprometerse con la lucha suramericana. Algunos de ellos no podían apoyar a nadie por física sustracción de materia, pues habían fallecido o estaban retirados.

Pero los vivos (y la nación recién creada) tampoco podían hacerlo, porque dependían de las condiciones geopolíticas que surgieron después de su propia independencia (este proceso se dio entre 1775 y 1783).

Además, los Estados Unidos, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, eran un país convaleciente de su cruento conflicto con los ingleses, y tan frágil que su preocupación inmediata consistía en fortalecerse, y en no cazar una nueva pelea que les resultara catastrófica.

Otro hecho importante a resaltar es el de que el enemigo vencido en su territorio fue la corona inglesa, y tanto los franceses como los españoles se involucraron en el conflicto ofreciéndoles un invaluable apoyo, sin el cual jamás habrían derrotado a los colonialistas británicos.

Es sabido que el principal aliado de los independentistas suramericanos era Inglaterra, y que esta potencia rivalizaba a la sazón, en Europa y América, con España y Francia, como se puede demostrar por las abundantes pruebas que existen, y por las investigaciones ya avanzadas por los historiadores.

En consecuencia, el juego geopolítico internacional empujaba a los Estados Unidos hacia la neutralidad, no hacia el compromiso con ninguna de las partes en conflicto, y menos con los independentistas suramericanos, que ahora tenían como aliado principal a su reciente enemigo, los ingleses.

Así mismo, debido al Tratado de París (3 de septiembre de 1783), que puso fin a su guerra de independencia, los Estados Unidos habían adquirido compromisos políticos con España, los cuales estaban bastante frescos, a principios del siglo XIX, como para ser rotos por una nación que apenas empezaba a configurarse.

Es decir, las condiciones internas y externas de USA empujaban a los dirigentes a ser prudentes (como lo había resaltado Washington en su carta de despedida), a no embarcarse en otra guerra que frustrara el proyecto de consolidación de su país, enfrentando, de paso, a un aliado importante que les había ayudado a vencer a los ingleses.

En tales condiciones, era prácticamente imposible que los padres de la patria que aún vivían hubieran brindado un apoyo crucial a la independencia suramericana, como sugirió en su trino el presidente Duque.

Los amigos del presidente han intentado enmendar su error, agregando nuevos ingredientes a la falsificación inicial ya analizada. Francisco Barbosa, por ejemplo, sostuvo que en el año 1804, Francisco de Miranda se había reunido con Jefferson, y que este le había “asegurado la no intervención del país a favor de España”.

En una maniobra un tanto burda, Barbosa trató de convertir esta expresión de neutralidad (que era la política oficial de USA ante el nuevo conflicto) en un apoyo de un padre fundador a la causa suramericana, para salvar del escarnio al presidente Duque. Es decir, por proteger al primer mandatario, Francisco Barbosa convirtió la negativa de Jefferson de apoyar la independencia suramericana en un apoyo explícito a Miranda.

Ni esta reunión, ni las que sostuvo Bolívar en los propios Estados Unidos, pueden servir de base para argumentar que los padres de la patria de aquel país apoyaron de manera crucial la independencia de las colonias españolas.

Tampoco se puede decir que hubo ayuda abierta y oficial, tomando como prueba la actividad de los contrabandistas norteamericanos de armas. Es normal que en un conflicto tan oscuro haya toda clase de transacciones, buscando resolver los problemas logísticos propios de la guerra. Pero tal hecho no puede verse como expresión de una política gubernamental deliberada de parte de los Estados Unidos.

Las quejas contra el gobierno de los Estados Unidos por, supuestamente, estar apoyando a alguno de los bandos no solo provenían de los funcionarios españoles, como lo destaca Barbosa, sino de los revolucionarios suramericanos.

Los escritos de Bolívar contienen varias alusiones al apoyo soterrado que los norteamericanos (contrabandistas, sectores privados, etcétera) le brindaban a los ejércitos realistas.

Pero ni estas expresiones, ni las de los dignatarios de España (que sostenían lo contrario), pueden servir de premisas para argumentar que los padres de la patria, o que el gobierno de los Estados Unidos, apoyaban de manera crucial a cualquier bando.

La política oficial de los gobernantes fue la neutralidad, y de allí no se movieron, como lo han demostrado las investigaciones sobre esa problemática (Ver Allan Nevins y Henry Steele, Breve Historia de los Estados Unidos, F.C.E., México D. F., 1994; véase también: Compilado por Willi Paul Adams, Los Estados Unidos de América, Siglo XXI Editores, México, D.F., 2000).

El contexto histórico de finales del siglo XVIII y de principios del siglo XIX hicieron imposible que los padres fundadores de los Estados Unidos apoyaran de manera decidida a los independentistas de Suramérica, de donde se infiere que no solo el presidente Duque falsificó la historia para lambonear a Pompeo, sino que también Barbosa falsificó la historia para lambonear y proteger a Duque.

No es claro, tampoco, que el reconocimiento de algunos procesos de independencia hispanoamericanos, en 1822, se pueda interpretar como una ayuda o apoyo de los Estados Unidos a las nacientes repúblicas. Ya era un hecho que, sin su aporte, varios territorios habían derrotado a España.

De modo que esa declaratoria no era propiamente algo decisivo, sino lo que había que hacer ante hechos cumplidos. Después de haber “comprado” Florida a los españoles, los norteamericanos se convencieron de que su antiguo aliado había pasado a mejor vida como imperio activo.

La “Doctrina Monroe” (atribuida a John Quincy Adams) fue, en un principio, una simple declaratoria, interpretable según las conveniencias. Lo cierto es que la idea de “América para los americanos” no pasó de ser una simple frase, pues los Estados Unidos, a principios del siglo XIX, no tenían condiciones militares o económicas para defender a nadie.

Es imposible concebir esa doctrina como un espaldarazo a los independentistas de América, diferentes a los Estados Unidos. Por este motivo, es risible que la vicepresidenta, Marta Lucía Ramírez, pretenda convertir esa declaración en fundamento del apoyo de los padres fundadores norteamericanos a los independentistas de Suramérica.

Y eso es terriblemente cómico porque la Doctrina Monroe no solo no sirvió para apoyar ninguna independencia en América, sino, más bien, para favorecer los intereses del gobierno de los Estados Unidos contra los otros Estados de este continente.

La Doctrina Monroe y la idea del Destino Manifiesto ayudaron a la expansión territorial y económica de los Estados Unidos, cuando avanzó su industrialización y se convirtió en la principal potencia americana, aún en el siglo XIX.

Los territorios mexicanos fueron la primera víctima del ímpetu de esta política que, según la falsificación de la vicepresidenta, se había creado para defender la autonomía de los países latinoamericanos.

La misma suerte empapó a Cuba y a Puerto Rico, a finales del XIX, y a Panamá, a principios del XX. Al calor de la Doctrina Monroe, del Destino Manifiesto y de la política del Gran Garrote (de Theodore Roosevelt), los Estados Unidos se convirtieron, no en los defensores de la independencia y la libertad de los pueblos de América, sino en una especie de carcelero que impuso sus designios a sangre y fuego.

Cuando la vicepresidenta sostiene que Duque tenía razón, no solo acepta el yerro de su jefe sino que se atreve a agrandarlo, agregándole su interpretación peculiar de la política exterior de los padres fundadores, presentando al gobierno norteamericano como el adalid de la autonomía de los países de Latinoamérica, lo cual contradice toda la evidencia empírica.

De este sainete quedan varias enseñanzas: a) no es válido utilizar la historia, falsificándola, para lambonear a ningún dignatario extranjero; b) es fregado mal interpretar la historia para defender a un presidente en apuros; y c) los políticos y los gobernantes deben ser serios en el uso de los conocimientos históricos.

Nadie les pide que no los usen; pero si los usan, que sea como debe ser, con una buena asesoría y, sobre todo, sin tergiversar los asuntos para acomodar las cosas a su conveniencia política o ideológica.

Si los funcionarios públicos o los políticos no aprenden la lección, se convertirán, otra vez, en el hazmerreír de la nación. Si no lo creen, pregúntenle al presidente Duque.

Comentarios