10:32 am. Domingo 10 de Febrero de 2019
Opinión
10:32 am. Domingo 10 de Febrero de 2019

Los últimos hechos protagonizados por los capuchos y el lumpen contra las instalaciones de la Uniatlántico (y en los alrededores) son realmente graves. En una acción salvaje y sin precedentes, un grupo dirigido por estos dos agentes funestos y destructivos le echó fuego a la entrada del Bloque de la Rectoría.

El acto en sí refleja la condición inescrupulosa y degradada de quienes lo efectuaron. A ese evento demencial se le agrega la crueldad con que procedieron capuchos y lumpen, al atentar contra la vida de las personas que se hallaban al interior de las oficinas.

De nada valieron los gritos desesperados de las mujeres y hombres que quedaron tras la cortina de fuego creada por el odio y la locura de los capuchos y sus enloquecidos acólitos. Nadie alcanza a imaginarse las consecuencias de este infeliz incidente si las llamas hubieran logrado extenderse hacia adentro, quemando y asfixiando a las personas que encontraran a su paso.

Quizás lo único que hace falta, para situar en la historia más horrenda de la institución la tarea de capuchos y lumpen, es que esta gente vil mate a alguien, aparte de destruir, como lo hacen a menudo, los bienes de la universidad.

En la asonada de la puerta del Bloque de Rectoría casi terminan convertidos en asesinos por no poder refrenar sus instintos criminales. Pero en el tropel de la bomba de gasolina, los capuchos hubieran podido convertirse en asesinos de talla mundial, si le hubieran atinado al material explosivo que reposa en los tanques de esa estación de servicio.

La locura fanática del lumpen y de los capuchos está a punto de provocar una tragedia inenarrable, contra la mayoría de la comunidad universitaria. Esta gente descompuesta y sin escrúpulos es capaz de lo que sea con tal de imponer su agenda de violencia y destrucción.

Ya no está solo en juego la imagen de la institución o la defensa de sus recursos físicos, sino la vida de quienes vienen a estudiar o a laborar en ella. Así de dramático se ha vuelto el asunto.

Las hordas sin principios ni valores de capuchos y lumpen hacen invivible el ambiente universitario, y también empiezan a atentar contra la vida de todos aquellos a quienes consideran sus enemigos, o contra las personas inocentes. ¿Hasta dónde pensarán llegar esos monstruos?

Una pregunta de fondo que es necesario hacer es a qué responden lumpen y capuchos. Es decir, por qué actúan así, a qué se debe su actitud y qué organización ampara sus acciones de barras bravas.

Resulta claro que capuchos y lumpen representan la minoría violenta que está detrás de todos los actos salvajes que se cometen contra la infraestructura física y contra las personas en la universidad. ¿Cuál será la idea de revolución de esos monstruos?

Esa violencia degradada y delincuencial no puede ser provocada por gente en sus cabales, ni por hombres y mujeres con principios y valores para respetar a los demás, ni por personas que llegan a la institución a estudiar y a trabajar. Esa violencia debe ser el efecto de las malas ideas y de los malos hábitos, porque solo encaja con la forma de ser de individuos monstruosos.

Las malas ideas, en determinadas circunstancias, tienen el poder de producir malas personas. Los capuchos y el lumpen son vándalos destructivos debido a los conceptos confusos y erróneos que manejan sobre la revolución y la universidad, los cuales predeterminan sus acciones violentas. 

Ellos encarnan unas cualidades extraordinarias: se autoproclaman de izquierda, actúan a nombre de la revolución y se perciben a sí mismos como salvadores de la humanidad. ¿Cómo es posible que un espécimen de estos (algunos de los cuales son drogadictos o alcohólicos) pueda creerse salvador de la humanidad?

Aunque parezca cómico e increíble es así: la subcultura violenta universitaria es como el extraño mundo de Subuso, donde lo peor y más dañino se presenta como bueno, y se cree, sinceramente, lo mejor, aunque carezca de formación y quiera cambiar el mundo a punta de papas, patadas, tropel, pasquines y matoneo.

El lumpen y los capuchos son lo más dañino y deteriorado de la subcultura violenta que hace décadas asola a la institución. Lo trágico y triste del asunto es que ellos se creen la vanguardia de la revolución, y lo más excelso de los hombres y mujeres nuevos, destinados a salvar a la humanidad y, obviamente, a la Universidad del Atlántico. ¿Acaso no desprestigian la idea de la revolución esas lacras fuera de control?

Por esa creencia infundada de que son buenos, avanzados, y que representan la vanguardia de la sociedad, es que los capuchos y el lumpen consideran su enemigo a todos los que no se les parecen. Y por eso se creen representantes de la izquierda, o se incluyen dentro de esta, y hasta hablan a nombre de ella.

A raíz de los actos violentos contra el Bloque de la Rectoría, se ha presentado un áspero debate en las redes sociales entre quienes rechazan esos hechos y quienes los justifican, ya sea porque simpatizan con el lumpen y los capuchos, o porque hacen parte de las hordas de destructores de la Universidad Pública.

Hay constancia de que varios militantes del Partido de las Farc, del Polo, de Colombia Humana y de otros sectores de la izquierda han rechazado y censurado con firmeza el comportamiento violento de los capuchos y el lumpen. Pero también existe constancia de que personas que simpatizan con esos grupos o partidos, quizás a título individual, han justificado el proceder de las barras bravas de la institución.

Esta situación paradójica motiva algunos interrogantes. Ya sabemos que los capuchos y el lumpen actúan a nombre de la izquierda o se autoproclaman de izquierda. ¿Qué organizaciones de izquierda están detrás de las prácticas delincuenciales de los capuchos, si acaso hay alguna?

¿Actúan estos bárbaros solos, o cuentan con el apoyo de la izquierda organizada? ¿Qué relación existe entre los capuchos, el lumpen y las organizaciones gremiales de los estudiantes? ¿Tales organizaciones gremiales cohonestan con la actividad violenta de esos individuos monstruosos?

En las redes sociales han aparecido severas declaraciones de un sector de la militancia de izquierda contra los capuchos y el lumpen. Este sector descompuesto ha sido calificado de anarcovándalo, y de actuar en contra de los ideales de la izquierda. Pero tales declaraciones críticas, hasta ahora, se han hecho a título individual, mas no por las organizaciones políticas en sí.

¿No es hora de que las organizaciones políticas se pronuncien sobre un problema tan grave que afecta el adecuado funcionamiento de la institución? ¿No es hora de que las organizaciones gremiales de los estudiantes se manifiesten acerca del comportamiento agresivo de algunos estudiantes capuchos y lumpen que aterrorizan a las mayorías?

Las organizaciones políticas y gremiales tienen la obligación de pronunciarse contra los métodos de los capuchos y el lumpen, no solo porque estos lesionan a la Universidad del Atlántico, sino porque también le hacen daño a la imagen, al prestigio y a los propósitos altruistas de la izquierda.

Tales organizaciones deberían tener un proyecto de universidad distinto al de las barras bravas, que carecen de él por pensar solo en la violencia. La Uniatlántico es una institución al servicio del pueblo y centrada en la academia. Eso es lo que quieren destruir los capuchos y el lumpen con sus papas, su tropel, sus pasquines y sus asonadas.

Las organizaciones políticas y gremiales de la universidad ¿están a favor de los capuchos y el lumpen o de la paz y la academia? Como van las cosas, o son ellos, los violentos y degradados, o somos nosotros, los que amamos la paz y queremos una universidad sólida que le sirva al pueblo.

El dilema que tenemos enfrente los universitarios es este: violencia, capuchos y lumpen versus paz, democracia y academia. La universidad debe ser para la academia, la paz y la democracia, y no para las excretas de la guerra y la polarización. ¿De qué lado están la izquierda organizada y las organizaciones gremiales de los estudiantes?

 

 

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