Universidad Metropolitana
10:33 am. Martes 19 de Mayo de 2020
Opinión
10:33 am. Martes 19 de Mayo de 2020

Soy un docente de vocación, a lo mejor no es muy recomendable que inicie con esta afirmación las líneas que pretendo escribir, pero cada día que me levanto en la mañana no se me pasa por la mente ejercer una función distinta a la que he desarrollado a lo largo de 33 años.

He tenido la fortuna de poder desempeñarme en los más variados ambientes educativos desde el sector público al privado, desde niveles básicos hasta la docencia en post grados universitarios, desde realidades que viven en condiciones muy difíciles y aquellos que provienen de familias acomodadas. En cada una de dichas realidades he tenido experiencias enriquecedoras que fueron y, espero, seguirán aportando de manera positiva a mi formación profesional.

A estas consideraciones iniciales, que no tienen otro valor que ser contextualizadoras y orientadoras, deseo agregar también una realidad con la que convivimos permanentemente aquellos que hemos entregado gran parte de nuestra vida a la educación,  tiene relación con la facilidad con que se habla de ella y se entregan recetas de las más variadas para enfrentar las problemáticas propias de una actividad tan compleja como es aquella que aspira a formar a seres humanos. Actividad, por lo demás, que nunca es definitiva, se acoge a la lógica de los procesos inacabados, nunca dejamos de aprender, espero que nunca dejemos de mejorar, de visibilizar y superar los errores que cometemos todos los días.

Todo el mundo opina de la educación, muchas veces opiniones interesadas que pueden provenir de las preocupaciones familiares (los padres quieren educación a la carta, que el colegio o escuela se adapta a la necesidad de su hijo(a) y…. de cada uno de sus hijos(as)) o de las opiniones de especialistas que quieren instalar tal o cual propuesta pedagógica, didáctica o metodológica para enriquecer el proceso, pero ninguno de ellos ha recabado muchas veces la realidad cotidiana y permanente de la profesión y que generan imágenes cinematográficas o televisivas que expresan muy poco de las complejidades de la práctica educativa ( Merlí, de Netflix, con suerte hace clases de 5 minutos, lo mismo sucede con el profesor Keating en la Sociedad de los Poetas Muertos).

Sin duda que lo que hace compleja a una profesión, cualesquiera ella sea, no son las excepcionalidades, sino aquellas prácticas cotidianas, algunas veces menospreciadas y criticadas, pero que son el fundamento de procesos formadores que buscan desentrañar las esencia de las mismas. No son muchos los que critican, sin conocimiento por lo demás, el diagnóstico y la receta de un médico, los cálculos de un ingeniero, los experimentos de un químico, o por lo menos las críticas se dan en un espacio profesional, entre profesionales y no una especie de comentario muy liviano, generalizado y poco informado por lo demás y que elevan conclusiones definitivas: “Que malo es ese profesor”, “Malo el colegio tal o cuál”, “No tienen idea de cómo enseñar”, “Usted no sabe relacionarse con mi hijo”, en fin, no quiero profundizar en ideas y conceptos (algunos muy poco académicos por lo demás) para abundar en algo que creo que el que lea estas líneas tiene más que claro.

Aquellos que nos dedicamos a esta profesión no podemos eximirnos de nuestra responsabilidad al respecto ya que considero que no hemos contribuido como debiéramos a la profesionalización de nuestras prácticas pedagógicas.  Sergio Bitar, ministro de educación del gobierno de Ricardo Lagos en Chile el año 2003 expresó algo muy relevante al respecto: “Una profesión que tiene claro los parámetros de su óptimo ejercicio, es reconocida y legitimada en la sociedad. Más sólida es aún aquella que ha generado colegiadamente los criterios que caracterizan su buen desempeño a partir de la experiencia práctica y el conocimiento científico. La profesión docente debe alcanzar ese nivel y el consiguiente mayor aprecio”. Comparto plenamente estas palabras, pero la extendería no sólo a la muy necesaria y fundamental práctica de la docencia, sino que también a la construcción de conocimiento aplicado a la pedagogía que no ha provenido de aquellos que la ejercemos, sino más bien hemos descuidado dicho espacio (por las más variadas explicaciones posibles) y al que han aspirado otros especialistas a ocuparlo, lamentablemente muchos de ellos sin el conocimiento de lo cotidiano de esta compleja profesión. Está en nuestras manos la responsabilidad de profesionalizar cada una de nuestras prácticas, es un desafío pendiente.

Hoy estamos viviendo una situación delicada con la pandemia del coronavirus y, después de mucho tiempo, la fuerza de las circunstancias nos ha obligado a implementar estrategias de aprendizajes para las cuales nadie estaba lo suficientemente preparado. Ha sido una verdadera política de shock (espero que no intencionada) que ha afectado a todos los integrantes de las comunidades educativas: profesores, especialistas de áreas afines, directivos de establecimientos, alumnos y apoderados. Sin duda que hemos debido adaptarnos a la fuerza, la era del paradigma tecnoeconómico, presente en nuestra realidad desde hace ya unas décadas, no había permeado las estructuras tradicionales de las prácticas educativas, variadas circunstancias habían ralentizado dicha necesidad y que poco a poco fueron desnaturalizando el proceso educativo: Pruebas que miden la calidad de la enseñanza hace décadas y que jamás han incorporado el desarrollo coherente de las tic’s, muy por el contrario han perpetuado una práctica educativa repetitiva y memorística,  con ausencia del desarrollo de habilidades y actitudes disciplinares, lo mismo que las pruebas de selección universitaria y qué decir de las prácticas académicas en las universidades en donde, al igual que las pruebas que miden una seudo calidad de la enseñanza o que seleccionan para el ingreso de la universidad, aquellos que provienen de colegios con prácticas más tradicionales demuestran una mejor adaptación en sus estudios profesionales. Es un poco lo que planteó en su momento el ex gobernante español Felipe González cuando expresó, a principios de la década de 2010, que si alguien se hubiera dormido a principios del siglo XX y despertara cien años después, a lo mejor lo que menos habría cambiado sería una sala de clases. No veo mala intención en dichas palabras, veo más bien un desafío que vale la pena asumir con responsabilidad individual incluida.

El coronavirus nos alejó de la sala de clases (el trabajo dejó de ser un lugar), las herramientas de la sociedad de la información y el conocimiento demostraron toda su necesidad. El stress para todos los actores involucrados fue tremendo en las primeras semanas, ¿cómo hacer en tiempo record lo que, consciente o inconscientemente, habíamos renegado durante años?  Sin duda que es mucho más fácil seguir haciendo lo que acostumbrados, matizado con algunos retoques, más bien superficiales, que buscaban adaptarnos a tal o cual experiencia metodológica o didáctica en boga. La preocupaciones, después de mucho tiempo, no estuvieron en cómo intencionar los contenidos (aspecto en el que creo estamos mucho más familiarizados) sino que también cómo nos adaptábamos a una realidad virtual que nos va impedir el “éxito” de nuestras prácticas tradicionales o, lo que más preocupa, desarrollar las actividades calificativas (no las llamo evaluativas) a la que nos habíamos acostumbrado. Había que intencionar realmente habilidades y actitudes propias de cada una de las asignaturas, evaluar para la toma de decisiones y no para calificar (hemos desnaturalizado tanto el proceso evaluativo al punto que hemos ritualizado la evaluación y la hemos separado del proceso de aprendizaje).

Tampoco ha sido fácil para nuestros alumnos, creíamos en los llamados nativos digitales, que se adaptarían como infinita facilidad a los cambios, cambios que, por lo demás, nunca dejan de ser perturbadoras y que la naturaleza humana, consciente o inconscientemente genera estrategias para ralentizar (no sé si al final el cambio se impone). La realidad nos dice que manejan muy bien todos los artilugios tecnológicos de la  postmodernidad en busca de la entretención, pero muy poco de la educación. Pueden disponer de complejos juegos y equipos, pero no tienen Office, pueden jugar en equipos virtuales separados por miles de kilómetros de distancia e incluso manejarse en diferentes lenguajes funcionales al juego, pero no saben anexar o descargar un archivo o utilizar las herramientas más sencillas de Word, Power Point o Excel para la eficiencia y corrección de sus trabajos.

Los apoderados tampoco estaban preparados, han valorado muchos de ellos los trabajos que el docente hace cotidianamente con sus hijos, han vivido en carne propia la complejidad del proceso formador pero también han perpetuado expresiones críticas y muy interesadas de acuerdo a sus realidades en torno a la práctica del profesional docente. Algunos no quieren a sus hijos pegados a pantallas virtuales durante largas jornadas ( sin duda que no es recomendable) pero las  extensas sesiones de entretención en el celular, el computador y los aparatos de vídeo juegos han pasado inadvertidos para ellos durante un par de décadas. Aquellos más curiosos se han hecho mucho más presente en nuestra virtual “sala de clases” con un ánimo inquisidor o por curiosidad, pero sin dejar muchas veces de lado ése espíritu del crítico de la educación que, sin la conversación previa con los especialistas que trabajan con sus hijos, pretende dar recetas de la práctica pedagógica y entregar calificativos a la labor del profesor o profesora y, lo peor, muchos de esos comentarios expresados delante de sus hijos que empoderan a los alumnos y alumnas de una postura que no aporta a la relación cordial, de confianza y de mutua responsabilidad que debemos asumir todos los actores educativos.

A todo lo anterior no quiero dejar de agregar que la sociedad de la desigualdad que hemos construido, aumentará la brecha entre aquellos hogares  que tienen acceso a internet, disponen de más de un computador adecuado, van a colegios y escuelas que cuentan con los recursos que les ha permitido adaptarse en mucho menor tiempo a estas circunstancias, pero ¿qué pasa con la gran mayoría de los alumnos y alumnas que no tienen dichas condiciones?, establecimientos educacionales y profesores que cuentan con menos recursos y condiciones e incluso estudiantes que recibían diariamente una alimentación digna en sus establecimientos. Esta sociedad de la desigualdad se presenta aún más dramática cuando queremos que los hijos e hijas de muchos de los hogares de nuestra América Latina se conecten sin internet, sin computador, en casas de 45 metros cuadrados para seis o siete integrantes  y sin la tranquilidad del sustento diario. La lógica de la emergencia nos pega de manera fuerte y dramática.

En mis largos años de experiencia docente he aprendido algunas cosas muy sencillas y concretas, pero no menos relevantes: la escuela es repetidora de las desigualdades sociales y los momentos de crisis dichas desigualdades se ven intensificadas. La escuela, el colegio, el liceo, la universidad debe educar para la diferencia, no para la desigualdad; y no existe comunidad educativa, hasta el nivel de enseñanza secundaria, en que el rol de docentes, alumnos y padres no sea relevante. Debemos validarnos en nuestro rol,  asumir cada uno nuestras responsabilidades y comprometer nuestros mejores esfuerzos en velar por la relevancia del poder formador para una sociedad más humana y  equitativa, con o sin coronavirus.

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