Universidad Metropolitana
9:50 am. Domingo 28 de Junio de 2020
Opinión
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Thomas Piketty es uno de los más conocidos economistas franceses de todos los tiempos, y esa fama se debe, en gran medida, a una obra que le dio la vuelta al mundo, traducida a varios idiomas: El capital en el siglo XXI. En este extenso trabajo, el autor se dedicó a estudiar la desigualdad en los países avanzados.

Ahora publica otro libro de impacto global, Capital e ideología, en el cual amplifica su universo analítico, pues, al lado del estudio de las economías modernas centrales clásicas, menciona y analiza otros países o continentes, diferentes a Europa y a los Estados Unidos.

Este importante libro puede ser pensado como un aporte a la historia económica del planeta, pero mostrando, muy explícitamente, las interconexiones entre la ideología, la política y la educación, con los procesos económicos. A lo largo de más de dos mil doscientas páginas (entre texto y notas), Piketty escudriña la relación entre la economía y los intereses nacionales, de clase, políticos o ideológicos, que han dado cuerpo a la desigualdad.

Como en su anterior obra de impacto, Capital e ideología se sostiene sobre una vastísima base probatoria, lo cual le confiere a sus asertos y conclusiones una profunda fortaleza, la cual no se deriva de la capacidad especulativa del autor sino del acervo de fuentes que emplea.

El eje de esas fuentes son las estadísticas realizadas por los países, por las organizaciones independientes, por los equipos especializados de este y del otro lado del Atlántico. El manejo de fuentes seriadas, estadísticas y de otro tipo coloca el esfuerzo de Piketty por encima del de otros grandes economistas de la historia, como Smith, Ricardo o Marx.

Es obvio que un trabajo de esta magnitud solo podía realizarse acudiendo a la colaboración de diversos equipos, tanto de Francia como de otras partes del planeta. Lo que pretendía el autor era entender y explicar los fundamentos de la desigualdad económica, en la línea de otros grandes economistas mundiales, como Joseph Stiglitz o Paul Krugman.

Pero la idea en este segundo libro de alto vuelo consiste en mostrar los aspectos ideológicos y políticos que nutren, impulsan y mantienen la aberrante desigualdad económica que cruza a todo el planeta. Es decir, en Capital e ideología se expande el universo temático, acompañado de la ampliación del espacio abarcado.

Por las páginas de esta obra circulan las ideas del liberalismo económico, que estimularon el desarrollo de las fuerzas productivas, pero también el incremento de la desigualdad, de la concentración aberrante de la riqueza y del ingreso, y del aumento de la exclusión y de la pobreza de las mayorías.

Ese liberalismo económico (que ahora denominados neoliberalismo o capitalismo salvaje) acompañó el capitalismo decimonónico, y lo que Pikkety define como colonialismo, también llamado imperialismo por Hilferding y Lenin. Tal concepción dirigió los intereses económicos de las élites europeas y norteamericanas, y fue puesta en entredicho por la crisis de los años treinta y por la Segunda Guerra Mundial.

Tanto en sus etapas anteriores como después de los años ochenta, el neoliberalismo se expresó como una ideología elitista que partía del supuesto de que los automatismos del mercado, mediante la ley de la oferta y la demanda y la competencia, permitirían superar los problemas intrínsecos del sistema, incluidos los que tocaban a los núcleos medios y bajos de la población.

Piketty demuestra, con pruebas al canto, que esta visión es solo una ideología puesta al servicio de los intereses creados de los grupos reducidos que controlan la economía y el poder político; una concepción incapaz de evitar o eliminar las crisis periódicas, el arrasamiento de la naturaleza o los problemas sociales.

A pesar de esta documentada crítica a las “sociedades desigualitarias” y al capitalismo, el autor no se desliza hacia la tentación totalitaria, en la versión de ultraderecha (el fascismo) o de ultraizquierda (el estalinismo). Por el contrario, sostiene que el sovietismo y el fascismo fueron auténticos desastres, desde el punto de vista económico y político.

Piketty se inclina por una vía que podríamos llamar reformista y democrática, bastante cercana a la tradición histórica del Estado de Bienestar y del keynesianismo. Pero, al analizar las limitaciones de este proyecto de Estado social y fiscal, construye sus propuestas yendo mucho más lejos de esa alternativa política.

La crítica de la desigualdad económica, de la concentración de la riqueza y de los ingresos está bastante cerca de la tradición social que ayudó a sistematizar Marx, sobre todo en lo referido a los fundamentos socioeconómicos de aquella, y en cuanto a los efectos sociales perversos que provoca.

El autor plantea una especie de “socialismo colaborativo”, sustentado en nuevos arreglos políticos y en dos reformas profundas: una que reoriente la riqueza de los privados hacia el esfuerzo social (por la vía estatal), mediante un impuesto progresivo, y otro que regule los ingresos de los agentes particulares, también mediante el mecanismo del impuesto progresivo, para destinar más fondos a cubrir las necesidades sociales de educación, salud, calidad del medio ambiente, etcétera.

Hay muchas más propuestas reformistas en este libro (como la de la entrega de poder directivo a los trabajadores en las empresas privadas, fenómeno que ya se presenta en Alemania y en los países escandinavos), pero la idea es que ustedes se acerquen a él, quizás buscando lo mismo que yo buscaba: respuestas a los problemas actuales de la sociedad.

Para mí ninguna opción totalitaria resulta viable, pues todas han sido un completo fracaso a lo largo de la historia del siglo XX. El fascismo alimentó la esperanza de los jóvenes, pero reveló su rostro monstruoso en la práctica política. El socialismo también ha tenido su lado monstruoso, y su faceta totalitaria, mediante las cuales masacró la libertad y puso a la economía en jaque, como fue evidente por la experiencia de la Unión Soviética.

Elaborar nuevas alternativas, que enfrenten tanto al capitalismo salvaje como al totalitarismo es una de las más importantes tareas del momento. Una tarea que tenga como norte, no los intereses creados de las minorías históricamente privilegiadas, sino los de las mayorías irredentas.

En este espectro se inscriben los libros de Piketty y de otros grandes economistas y pensadores internacionales. Y esta es, a mi modo de ver, la línea política, teórica e ideológica más conveniente para enfrentar los retos a que nos ha lanzado el capitalismo salvaje y la crisis del totalitarismo socialista. 

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