9:19 am. Domingo 16 de Julio de 2017
Opinión
9:19 am. Domingo 16 de Julio de 2017

El abogado del Diablo es una película dirigida por Taylor Hackford. El guión fue escrito por Jonathan Lemkin y Tony Gilroy. Los dos actores principales son Al pacino (quien interpreta al Diablo) y Keanu Reeves (en el papel de un abogado codicioso, capaz de todo por vanidad, dinero y poder).

La trama de la cinta se desenvuelve alrededor de un abogado ambicioso y sin escrúpulos, que arregla jurados y gana juicios de personas que han cometido crímenes, pero que él convierte legalmente en inocentes por la vanidad de ganar a cualquier precio, y por dinero.

Lomas (el hombre de leyes corrupto, que interpreta Keanu Reeves), cegado por el deseo de reconocimiento, fama y riqueza material, se deja tentar por el Diablo (encarnado en Al Pacino), quien lo lleva a su bufete de Nueva York a que gane toda suerte de juicios, defendiendo gente de la peor ralea y volándose todas las escuadras legales.

Para Lomas y para el Diablo no existen límites en su aspiración de triunfar y de amasar riqueza sin tener en cuenta ninguna barrera moral. El personaje no aplica algún principio ético que lo haga desistir de las exageraciones e ilegalidades que comete sin siquiera cuestionarse. Todo en su oficio es válido (incluido lo ilegal o delincuencial), porque para él el derecho nada tiene que ver con la ética.

“A veces he sido el abogado del Diablo” expresó en una entrevista el señor Abelardo De la Espriella (Véase su sitio en Internet DE LA ESPRIELLA/LAWYERS/ENTERPRISE/CONSULTORÍAS Y SERVICIOS LEGALES ESPECIALIZADOS. También: Cromos, martes 22 de mayo de 2012). El contexto de lo dicho tiene que ver con que él ha defendido a quien sea, sin importar su condición, sino solo el delito.

Su perspectiva parte del argumento de que el derecho poco tiene que ver con la ética, en el sentido de que al abogado no le debe importar a quien defiende, sino sacar libre (o procurar el menor daño posible) a la persona que infringe las normas. Este razonamiento le llevó a ser defensor de paramilitares, funcionarios corruptos y estafadores descarados (como David Murcia, de DMG). 

Antes de que se hicieran públicos todos los papeles que incriminaban al dueño de DMG, De la Espriella presentaba ante los medios a su empresa como una entidad limpia, que no le robaba un peso a nadie y que le servía a la sociedad. “Una cosa es el esguince para robar a la gente y otra la genialidad” sostenía en público acerca de su defendido y su empresa (Dinero, 9/11/2008).

Murcia fue castigado por la justicia como un gran ladrón y estafador, y cuando De la Espriella percibió que todo estaba perdido desapareció de los medios (abundan los testimonios escritos y grabados sobre su titánica defensa mediática de DMG), y tiró la toalla como abogado del delincuente internacional.

¿Por qué este personaje siente tanta atracción por defender a los peores? ¿Es solo porque la ética nada tiene que ver con el derecho, como él repite hasta el cansancio? ¿O únicamente porque todo el mundo debe ser objeto de una defensa decorosa, incluidos los más duros criminales?

Ambas opciones quizás operen para definir el comportamiento de este famoso jurisconsulto. Pero lo determinante tal vez no sea eso, sino que a De la Espriella le ocurrió lo mismo que al abogado del Diablo de la película: a él, desde muy joven, le fascinó representar a los indefendibles, por vanidad, por necesidad de reconocimiento y por adquirir fama.

Es decir, don Abelardo se dejó tentar por el Diablo, y por eso estructuró su carrera para ganar dinero como fuera y defendiendo a quien sea, sobre todo si había abundantes fajos de billete de por medio. Una práctica como esa debía justificarse de alguna manera, y él la justificó dándole botín a la ética, y elevando a la categoría de principio esencial la defensa por la defensa, el derecho por el derecho, sin importar la condición del defendido.

Esta lógica derivada del deseo de figuración y de la ambición por el dinero se articuló perfectamente con un discurso más amplio, cuya matriz se enhebraba con el todo vale y con los políticos que se mueven en el escenario de la posverdad, es decir, en el uso sistemático de la mentira para hacer política.

Este abogado es una prueba viviente de la clase de personas que le hacen daño a la cultura, al derecho y a la política en nuestro país. Como Uribe, Ordóñez, la Cabal y los demás que son de su clase (y a quienes les agrada el todo vale y la falsedad), nunca ha tenido escrúpulos para mentir (como ocurrió en el caso DMG), o para proponer lo más descabellado que sale de su cerebro de oportunista de ultraderecha.

Así como plantea la necesidad del asesinato de Maduro en Venezuela, en el pasado no se detuvo a pensar en las reservas éticas para defender estafadores, delincuentes de la peor ralea y toda clase de personas descompuestas, en la búsqueda de gruesas sumas de dinero.

Individuos antiéticos, irresponsables e inescrupulosos como este personaje (que ha hecho plata defendiendo a los peores) son los que arrastran la política y el derecho hacia el fango más putrefacto y hacia la degradación más increíble. ¿Qué otra cosa se le puede pedir a alguien que solo cree en la ética del dinero y que se autodefine como un abogado del Diablo? 

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