11:47 am. Viernes 03 de Agosto de 2018
Opinión
11:47 am. Viernes 03 de Agosto de 2018

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS): "Droga" -es toda sustancia que, introducida en el organismo por cualquier vía de administración, produce una alteración de algún modo, del natural funcionamiento del sistema nervioso central del individuo y es, además, susceptible de crear dependencia, ya sea psicológica, física o ambas-.

Si el asunto es de determinar las drogas como una cuestión de salud pública y que el Estado, en su función y deber de proteger a sus súbditos tiene la obligación de legislar, entonces, la definición debería ampliarse y considerar como droga toda sustancia natural o artificial (no solamente los psicótropos) que altere el comportamiento natural de los individuos o afecte negativamente a los organismos vivientes y que además sea susceptible o no de causarles dependencia. Esta definición abarca un espectro más amplio, tomando en cuenta innumerables amenazas como la cantidad y variedad de productos que nos rodean o que consumimos y que son potencialmente mortales. Nos ocuparemos, no obstante, de algunos de ellos que de una manera u otra interesan la salud o la convivencia social humana.

Para aprehender el fenómeno, una clasificación es necesaria, ya que tanto drogas y medicamentos como productos industriales o naturales entran en el juego. Las primeras clasificaciones desde 1924 tenían como propósito las drogas psicotrópicas y psicoactivas según sus efectos (establecida por el farmacólogo alemán Louis Lewin), en esa época la cocaína era considerada como anestésico, cuando en realidad es un estimulante. En 1961 el congreso mundial de psiquiatría validó otra clasificación realizada por el psiquiatra francés Jean Delay y su asistente, en función de los efectos sobre el sistema nervioso central. Siguiendo la misma línea, la lista fue actualizada en 1991 por los franceses Yves Pélicier y Jean Thuillier, pero es la Organización Mundial de la salud (OMS) la que introduce en 1971, una clasificación de sustancias psicotrópicas, mediante la evaluación de su peligro según tres criterios: dependencia psíquica, dependencia física y tolerancia (habituación). Curiosamente en esa lista no figuraban ni el tabaco, ni los tranquilizantes.

Hay que esperar hasta 1998 en que el informe del profesor francés Bernard Roques¹ tome en consideración de una manera global, tanto la peligrosidad de las propiedades farmacológicas de las drogas psicotrópicas como los riesgos sociales y sanitarios de su abuso. En Inglaterra (en 2010) se va más lejos y el Comité Científico Independiente sobre Drogas del Centro Británico de Estudios de Crimen y Justicia realizó un estudio teniendo en cuenta los efectos de las sustancias basados en 16 criterios:  9 según la nocividad del producto para el consumidor y 7 en razón de la peligrosidad para la sociedad (entorno familiar, impacto sobre la sociedad, los costos de salud y atención medica e instituciones especializadas), es decir, el carácter dañino se analiza en los niveles físico, psicológico, social y económico y su escala de riesgo se midió de 0 a 100. Aunque parezca increíble (cuestión de creencias), el alcohol obtuvo la mayor nota de nocividad con 72 puntos, heroína 55, crac 54, cristal (metanfetamina) 33, la cocaína 27, el tabaco 26, las anfetaminas 23, el cannabis 20, GHB 18, benzodiacepinas 15, ketamina 15, metadona 14, mefedrona 13, butano 10, khat 9, éxtasis 9, esteroides anabólicos 9, LSD 7, buprenorfina 6 y hongos 5…. Según los autores, “además de ser el alcohol la droga más dañina es, aproximadamente, tres veces más peligroso que la cocaína y el tabaco» ².

Sin duda alguna, no hay mejor ejemplo, en lo que se refiera a las drogas, que el azúcar para ilustrar la relación íntima entre creencias, intereses, economía y política. Para muchos resultará sorprendente catalogar el azúcar como droga, pero las evidencias científicas que se acumulaban desde los años setenta del siglo pasado son abrumadoras en la actualidad, al punto que, para llamar la atención sobre el peligro de su alto consumo, la denominen como la droga del siglo XXI o la cocaína dulce. Sus moléculas sean disacáridos como la sacarosa (azúcar corriente) o monosacáridos como la glucosa y fructosa, que componen la primera, sin alterar el sistema nervioso central son, no solamente altamente adictivas, sino extremamente perjudicial para la salud de sus consumidores.

En uno de los últimos informes (febrero 2018) de la OMS se confirma que desde 1975, la obesidad se ha casi triplicado en todo el mundo. “En 2016, más de 1900 millones de adultos de 18 o más años tenían sobrepeso (39%), de los cuales más de 650 millones eran obesos (13%) ... La mayoría de la población mundial vive en países donde el sobrepeso y la obesidad cobran más vidas de personas que la desnutrición. En 2016, 41 millones de niños menores de cinco años tenían sobrepeso o eran obesos. En 2016 había más de 340 millones de niños y adolescentes (de 5 a 19 años) con sobrepeso u obesidad”.

El periodista de investigación Jacques Peretti publicó, en junio 2012, un extenso artículo en el periódico inglés The Guardian narra que alrededor de 1970, en los Estados Unidos ocurre un cambio espectacular en la preparación de los platos y bebidas procesados industrialmente al incorporar masivamente un jarabe con alto contenido de fructosa (HFCS) extraído del maíz. En la época, en los medios medicales anglosajones se debatía si era la grasa o el azúcar los responsables del aumento del colesterol y de las enfermedades cardiovasculares. Según el mismo periodista un nutricionista estadounidense llamado Ancel Keys culpó a la grasa, mientras que el investigador británico y profesor John Yudkin de la Universidad de Londres culpó al azúcar, infortunadamente, los trabajos de este último fueron desprestigiados y la grasa fue declarada responsable de todos los males. La industria alimentaria, de un lado publicitaba sus productos con poca grasa, pero como sin esta ellos eran desabridos, entonces les agregaron azúcar a todos los platos incluidos los salados y ni hablar de las bebidas. Aclarando que la fructosa tiene un poder endulzante mayor y su producción a partir del maíz es mucho más barato que el azúcar de caña o de remolacha.

Peretti, que en el comienzo de su artículo señala que en el Reino Unido era tal la rareza de la obesidad en 1806, que un inglés ganado en kilos se hizo millonario cobrando por mostrarse en público. El periodista señala que el problema radica en que “el metabolismo hepático tratando el azúcar, invariablemente ocasiona niveles más elevados de grelina en la sangre, reduciendo los niveles de insulina y leptina. Como la insulina y la leptina inhiben el apetito y la grelina lo incrementa, la ingesta de fructosa no calma el apetito y el individuo se ve inducido a ingerir más alimentos, en muchos casos conteniendo también fructosa. De esta forma, la fructosa crea un circuito vicioso de adicción, conllevando a la obesidad”. 

La caña de azúcar, probablemente originaria de Nueva Guinea se conocía desde hace 4500 años en el lejano Oriente y su cristalización, por los chinos y luego los persas en el siglo IV de nuestra era, los españoles la introdujeron en América, pero su cultivo era confidencial. En Europa el producto todavía era una extrañeza a mediados de 1650, para luego ser un lujo un siglo más tarde, como escribía el antropólogo estadounidense Sidney W. Mintz³: “la primera taza de té azucarada bebida por un obrero ingles fue un evento histórico de gran importancia, puesto que prefiguraba la transformación de toda la sociedad, la mutación total de su base económica y social (…). Lo que son las mercancías y lo que ellas significan serán desde ahora para siempre diferentes” ⁴.  Contrariamente a lo que hacían los modos de producción anteriores (comunismo primitivo, esclavismo, feudalismo), que, si bien practicaban la explotación de unos sobre los otros, lo que se producía era para satisfacer las necesidades de los individuos y de la sociedad. Desde que arranca nuestra manera de hacer y de hacer circular los productos, solo se produce si se consiguen beneficios, poco importa si las mercancías son realmente útiles o incluso peligrosas para la vida de los individuos.

El azúcar, mucho más que el algodón y los telares, simbolizó el carácter paradójico del capitalismo desde sus inicios, ya que, aprovechándose de los inventos del hombre, el sistema capitalista, de una parte, acompaña el progreso y de la otra destruye el medio ambiente y genera sufrimiento a la mayoría de los humanos y de los animales. La ilegalidad de las drogas protege los capitales flotantes que necesita el neoliberalismo y la legalidad cubre sin pena productos extremamente peligrosos para todos como el tabaco, el alcohol, el azúcar y la cantidad de venenos que cotidianamente la industria produce como el glifosato y otros tantos químicos, incluidos las materias plásticas. El azúcar, el té y el opio fueron los pioneros de la esclavitud moderna y de algunas guerras, en pro y en contra de las drogas, y como tales son un ejemplo de la aberración de nuestra manera de proceder económica, social y política.

 

 

[1] Tablero sobre la peligrosidad de los productos, por el Pr. Bernard Roques » [archive], sur Assemblée Nationale. http://www.assemblee-nationale.fr/11/rap-off/i3641-11-1.gif

² Drug harms in the UK: a multicriteria decision analysis: https://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140-6736(10)61462-6/abstract

³ Mintz Sidney W. “Sweetness and Power: The Place of Sugar in Modern History”. Ed. Books-Penguin. York. 1986

⁴ Idem., p. 214.

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