9:20 am. Domingo 25 de Noviembre de 2018
Opinión
9:20 am. Domingo 25 de Noviembre de 2018

“Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar”.

Ernest Hemingway

Utilizo el concepto subcultura por varias razones: porque las prácticas y el simbolismo de los grupos violentos difiere del comportamiento de la mayoría de la comunidad universitaria. En cierto sentido, esos grupos se enfrentan a las tendencias dominantes en el proceso cultural universitario, lo que no quiere decir que no sean visibles y hasta determinantes, en ciertas coyunturas.

Es decir, la mayor parte de las personas que conviven en la universidad es decente, correcta, honesta y respetuosa. Por el contrario, los integrantes de la subcultura violenta son, generalmente, deshonestos, malhablados, pasquineros, violentos e irrespetuosos.

Eso significa que encarnan antivalores que lesionan la sana convivencia. Por eso representan, parafraseando a Nietzsche, una transmutación negativa, decadente, de los valores, a tal punto que solo encarnan antivalores destructivos.

Los integrantes de la subcultura violenta usan la mentira, la calumnia, el boleteo y la presión burda como métodos de lucha para imponer sus deseos o puntos de vista, o para desacreditar a quienes enfrentan. Todo lo resuelven a las patadas y a las trompadas, o a los gritos.

Una muestra sintomática del comportamiento anormal de esas personas violentas se aprecia cotidianamente en las redes sociales. Por lo general, las hordas de matoneadores violentos de la web son muy vulgares, agresivas e irrespetuosas. El estilo degradado de los pasquines (que antes circulaban en papel), ahora es el pan de cada día en la red mundial.

¿Qué aspectos socioantropológicos se podrían destacar para entender este microuniverso lamentable de la vida universitaria? Es obvio que ese microcosmos está influido por factores que lo trascienden. Uno de estos son los procesos culturales al interior de familias disfuncionales, con padres y madres poco educados o con graves problemas de comportamiento, que pasan al patrimonio de los hijos.

Otro se relaciona con la ineficacia de la escuela para insuflar valores o principios positivos, fenómeno que también se nutre de la influencia de la barriada, de los grupos juveniles, donde los jóvenes pueden acercarse a las drogas o a los estilos de vida delictivos.

También cabe mencionar la desigualdad social y los resentimientos que se originan en las dificultades económicas. Esta variable genera un gran potencial de crítica a la sociedad en su conjunto, y está en la matriz de la violencia que se aplica contra todos y contra todo.

Hay otro factor relevante en el análisis de la subcultura violenta: la polarización que sacude al país desde hace décadas, cuyo origen principal es la guerra. Esa polarización está sembrada de odio y resentimiento, y también contribuye a incrementar la violencia simbólica y la física, al servir de última justificación.

Toda esta problemática compleja y difícil de resolver se agrava por el hecho de que la universidad carece de los filtros adecuados para evitar que las personas con problemas de drogadicción, alcoholismo, o con distorsiones culturales extremas (casi imposibles de superar), ingresen a ella como estudiantes.

Tres casos notables servirán para probar que esa subcultura violenta existe, y que es un asunto a resolver. El primero es el de una persona que fue encontrada culpable de pertenecer a una banda criminal que destrozaba a sus víctimas. Ese individuo estudiaba derecho y se autoproclamaba de izquierda.

También está el caso de Jair Pérez, quien se paseaba por los predios de la institución amenazando de muerte a los demás, utilizando un lenguaje soez, y autoproclamándose revolucionario. Este sujeto fue expulsado del movimiento estudiantil, y la vigilancia de la universidad no lo deja entrar al campus porque representa un peligro para todos.

El tercer y último ejemplo que mencionaré, como prueba de la existencia de esta subcultura violenta y degradada, es el de Lino Pereira. Este individuo es un tipo excepcional, pues se trata de un egresado que sigue entregándole problemas a la institución, a pesar de no ser estudiante ni funcionario.

Pereira representa algo especial, pues ha desarrollado dos identidades: una, perversa, que lo hace agresivo, matoneador y corrupto; y otra, que lo vuelve un campeón mundial del combate contra la corrupción, una especie de ángel castigador de los corruptos.

Lino es parecido al personaje de la novela El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, escrita y publicada, a finales del siglo XIX, por Robert Louis Stevenson. Como se recordará, ese personaje portaba lo que en psiquiatría se conoce como trastorno disociativo de la identidad, o trastorno de identidad múltiple.

Pereira se cree honesto, impoluto y revolucionario pero es todo lo opuesto a eso. Y es la antítesis de lo anterior, no porque yo lo diga, sino porque su práctica vital así lo indica. Él agrede y matonea sin escrúpulos en las redes sociales a todo aquel que considere su enemigo, o que enfrente sus deseos o designios.

Él intentó inducir a este columnista a hacer denuncias por supuestos actos de corrupción que, según su punto de vista, ocurrían en la universidad. Como es lo normal cuando eso ocurre, este investigador le solicitó las pruebas que sustentaban las denuncias, para que la cuestión no fuera una acción de pasquín, basada en los chismes y calumnias de los corrillos del campus.

 El individuo no tenía prueba de ningún acto de corrupción, y solo deseaba armar un escándalo para ver qué prebenda podía sacar de las autoridades universitarias. Como no lo secundé en sus falsas denuncias, este egresado descompuesto emprendió el más feroz ataque personal contra mí en las redes sociales.

Es bueno que la comunidad universitaria, y la opinión pública en general, sepan algo más de Lino Pereira, para entender bien su condición especial de disociación de personalidad. Hasta hace muy poco, Lino era militante ideológico de la ultraderecha. Como tal, apoyó a Uribe y defendió a muerte a una rectora (que le había dado prebendas) de los ataques de los muchachos de izquierda universitaria.

Lino pasó una temporada en Venezuela, y allí sacó otra faceta de su personalidad múltiple: se volvió chavista para conseguir beneficios del Estado. Pero lo sorprendente no es tanto el oportunismo y la falta de principios de Pereira, sino el hecho, por lo demás cómico, de que en el país hermano posara de chavista, mientras que en Colombia siguiera siendo de ultraderecha, es decir, uribista. O sea, el hombre fue chavouribista, una nueva y sorprendente categoría sociológica.

En busca de ingresos y de empleo, algún día Lino le pidió una cita al rector de la universidad. Habló con él cordialmente, pero, poco a poco, le fue diciendo que él era mucho mejor que algunos de sus vicerrectores y, prácticamente, le exigió a Carlos Prasca que lo nombrará en la burocracia.

El rector le respondió con tres piedras en la mano; le dijo que a él no lo iba a boletear como había boleteado a las anteriores rectoras, y lo echó de la rectoría como a un vulgar chantajista. A partir de ese momento, Lino se convirtió, casi como por arte de magia, en el campeón mundial de la lucha anticorrupción de la Universidad del Atlántico.

Esta nueva faceta de la personalidad múltiple de Lino no caza con lo que él es en realidad. Pereira no es impoluto, como suele decir Uribe de sus amigos bandidos, sino un corrupto de tiempo completo. Porque es corrupción boletear rectores, y es corrupción, también, emplear los métodos degradados de presión que Pereira emplea.

Pero aquí no termina la infeliz historia de nuestro doctor Jekyll y señor Hyde. Lino, en un cambio que debe ingresar a los libros de los récords internacionales, pasó de ser un ultraderechista a morir que defendía a Uribe (es decir, un sucesor de Hitler), a ser un hombre de ideas de izquierda (o sea, discípulo de Marx). ¿Cómo ocurrió y cómo se explica tan extraordinaria mutación genética?

Resulta que Lino Pereira, convertido en el principal luchador universitario contra la corrupción (por haber peleado con el rector Prasca por una prebenda), olio que no podía seguir siendo de ultraderecha, porque quienes hablaban de corrupción en la universidad eran los de la izquierda. Lógicamente, él no podía seguir siendo de las huestes de Uribe, sino que debía transitar, dialécticamente, hacia sus contrarios, debido a sus intereses personales.

Estos casos anormales que he mencionado pertenecen a esa subcultura violenta que nos lacera desde hace décadas, y que es necesario superar. ¿Cómo enfrentar y suprimir los rasgos de esa violencia consuetudinaria que parecían inexplicables? Cada quien debe entender el problema con sus pelos y señales, sin enmascararlo con pretextos ideológicos o políticos.

Las autoridades universitarias deben hacer su parte de la tarea, mejorando la calidad de los filtros para el ingreso de nuevos estudiantes, y creando condiciones internas para el aprendizaje de valores y principios que mejoren la condición humana y, por esa ruta, la calidad de la convivencia.

En las situaciones extremas de delincuencia común organizada, como ocurrió con el estudiante de derecho que perteneció a una banda criminal, pues las autoridades externas tendrán que darnos uno mano para solventar la situación.

Lo mismo cabe decir con las bandas de microtráfico de drogas que parecen actuar al interior de la universidad. A estas es muy difícil combatirlas desde adentro solamente, y para ello se requiere la colaboración de las instituciones de afuera.

Otra cosa son los muchachos y muchachas con problemas de drogadicción, alcoholismo o dificultades mentales. Tales personas no son delincuentes comunes, como los que expenden drogas o hacen parte de las bacrims, sino enfermos y, por lo tanto, hay que ofrecerles un trato de pacientes.

Jair Pérez creo que hace parte de esta última categoría, junto a otros jóvenes que sufren dolencias mentales y que suelen calzarse la capucha y tirar papas. Lino Pereira (a pesar de que integra esa subcultura violenta) es difícil de clasificar, porque es un corrupto y un ser descompuesto, que posa de campeón de la moral y de las buenas costumbres.

La violencia de Lino debe ser enfrentada como es debido. Se trata de un egresado que no puede seguir boleteando rectores para obtener prebendas personales, pues él, a pesar de que mutó extraordinariamente de la ultraderecha a la ultraizquierda, no representa a ninguna organización política, sino solo a sí mismo.

Quizás Lino sea un caso desesperado de profesional sin empleo que quiere conseguir puesto e ingreso, pero volándose todos los semáforos morales en rojo. No sé si los comentarios que se tejen sobre Pereira en la universidad den para ofrecerle un tratamiento especial.

De Lino Pereira se dice en los corrillos que es una persona con problemas psiquiátricos a quien le gusta consumir drogas, sobre todo cocaína. Si esto no es otro chisme más de la subcultura violenta que aquí analizamos, Lino debe ser caracterizado también como un paciente que necesita ayuda, y no como un delincuente común.  

Todos debemos poner de nuestra parte para erradicar la subcultura de la violencia. En primer lugar están los representantes profesorales, algunos de ellos acostumbrados a boletear y a calumniar para obtener prebendas. Entre ellos hay varios, con doctorado, que parecen unas viejas chismosas esparciendo chismes y consejas.

Ciertos dirigentes sindicales (no todos), a quienes no les lucen ni los pasquines ni las malas maneras para implementar su actividad, también deberían revisar su modo de ser.

Las organizaciones gremiales estudiantiles deben comprender que su batalla por una mejor universidad no puede estar dirigida por los más violentos, por los amantes de la papa, la capucha y el tropel, ni por quienes consumen drogas o presentan graves dificultades mentales.

Estas también deberían mejorar sus filtros de ingreso, pues todo lo que hagan los desadaptados se les carga a ellas, aunque tales actuaciones no sean de su responsabilidad.

Para beneficio de todos y de esas organizaciones, se debe mantener la línea no violenta y respetuosa que maneja la gran mayoría de los dirigentes del estudiantado, la cual se ha visto reflejada en la manera como se está llevando el combate contra el gobierno por más presupuesto para la Universidad Pública.

Las organizaciones políticas son las más llamadas a cambiar sus esquemas y su acción. No es coherente que habiendo ingresado en una coyuntura tan importante con los acuerdos de paz, todavía existan personas que quieran resolverlo todo con violencia, pateando puertas, echando pasquines, y aterrorizando con la papa o el tropel.

Las organizaciones políticas tienen que aprender a trabajar en el nuevo contexto que se abrió con los procesos de paz, el cual se completará con el acuerdo con el ELN. No es posible que se hable de paz y reconciliación sin desarmar los espíritus, y sin dejar atrás las prácticas violentas que tanto daño provocan.

Estoy seguro que si Marx, Lenin, Fidel o el Ché Guevara estuvieran vivos, descalificarían algunos de los comportamientos de ciertos militantes que no respetan al otro, que esparcen calumnias, que son chismosos, mal hablados y deshonestos, y que no tienen ningún cargo de conciencia cuando sueltan pasquines para lesionar el honor y la dignidad de quienes se les oponen.

Eso no es propio de personas que desean cambiar la sociedad y la cultura, sino de individuos descompuestos que no comprenden la importancia de los principios y los valores en el marco de la lucha por construir una sociedad mejor.

Otra sociedad y otra cultura son posibles, si todos entendemos cuál es la raíz del problema. El origen del problema está en lo que llevo analizado hasta aquí, y a todos nos compete trabajar para que la universidad sea mejor, sin la subcultura de la violencia.

Ser mejor no significa dejar de luchar o resistir. Ser mejor no es sinónimo de aceptar la desfinanciación de la educación superior, o dejar que la universidad se la roben los clientelistas y los politiqueros.

Tampoco se es mejor porque uno diga que es mejor, como ocurre con Lino Pereira, que se cree un campeón mundial de la batalla anticorrupción, pero no pasa de ser un corrupto barato y un politiquero matoneador, que quiere conseguir siempre prebendas de los rectores a punta de violencia.

Ser distinto es la consecuencia de la unión entre principios y valores, y de una práctica que demuestre que no engañamos, que somos serios y honestos, pero no de boquilla, sino en la realidad. Ser mejor es el resultado de la integración entre lo que pensamos, decimos y hacemos.

Derrotar a los violentos en las redes sociales y en la propia universidad, pasa por combinar todas las formas de lucha, como solían decir las Farc y los amigos de las Farc. Es decir, aplicar las tácticas punitivas o represivas contra los delincuentes comunes.

Tener en cuenta el tratamiento pertinente con los muchachos y  muchachas víctimas de los vicios. Y ejercer la pedagogía en el aula y fuera de esta, con la mayoría de los estudiantes que se descarrilan porque son muy jóvenes, y porque quizás carezcan de las herramientas necesarias para no dejarse tentar por la subcultura de la violencia.

Todos debemos hacer el esfuerzo, si lo que queremos es defender la Universidad Pública. La subcultura de la violencia desprestigia y desacredita, como está más que demostrado. Así mismo, destroza el tejido institucional y no deja trabajar bien la academia, ayudando a producir un ambiente tirante, agresivo, tóxico, donde el chisme y la deslealtad son el pan nuestro de cada día.

Una nueva cultura de respeto y de crítica fundamentada es posible en nuestra institución. Ya está bueno de que el matoneo, el chisme, el pasquín, la agresión y la violencia sean la norma. La norma debe ser impuesta por la gente sana de la institución, por sus mejores hijos, no por los lumpen y los violentos.

Una cultura crítica, dialogante, creativa y respetuosa es posible si todos aportamos. La elevación de la calidad de la academia en la institución también depende de la superación de la subcultura de la violencia.

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