9:31 am. Domingo 03 de Diciembre de 2017
Opinión
9:31 am. Domingo 03 de Diciembre de 2017

La congresista del Centro Democrático, María Fernanda Cabal, levantó una polvareda en todo el país al desconocer la Masacre de las Bananeras como un hecho histórico. Su argumento central se deriva de la idea de que tal masacre fue inventada, que es un mito ideado por literatos como García Márquez, y por los publicistas del comunismo.

Al margen de las interpretaciones derivadas de la ideología (o de la posición política), conviene aclarar si ocurrió algo en el país en la madrugada del 6 de diciembre en la zona bananera del Magdalena (exactamente en la población de Ciénaga) que sea asimilable a una matanza de trabajadores por parte del ejército colombiano.

Aquí no interesa si la señora Cabal dijo lo que dijo como una estrategia provocadora, o si hay que responderle o callar para legitimar o deslegitimar esa estrategia. Aquí está en juego algo más que el oportunismo o la viveza política de una representante de la ultraderecha, acostumbrada a levantar polvaredas con expresiones altisonantes y, por lo general, mentirosas.

Lo que está en juego aquí es si es posible, a pesar de los alineamientos ideológicos, construir certezas sobre lo que ocurrió en el país. También se juega en este debate si la señora Cabal tiene o no la razón, por encima del noventa y nueve por ciento de los investigadores sociales.

Es pertinente conceder que, por razones políticas o ideológicas, se puede caer en falsificaciones acerca de lo que ocurrió, por parte de sectores reputados como de derecha o de izquierda. La experiencia internacional e interna es útil para verificar que, en efecto, la mentira y la tergiversación de lo ocurrido son armas empleadas por esos bandos con propósitos ideológico-políticos.

Los casos más emblemáticos a nivel global se relacionan con lo que hicieron los nazis (que sembraron de falsedades la interpretación de lo ocurrido) y la actuación de los estalinistas, expertos en cinismo y en el encubrimiento o destrucción de la verdad por motivos políticos.

Lo que ha dicho la congresista Cabal se entronca con esa corriente contemporánea que desconoce o niega las certezas, y que usa la confusión o la falacia para obtener réditos políticos, sin que importe mucho si se miente o no con respecto a lo que sucedió. Eso es lo que, en el plano global, se conoce como políticos amantes de la postverdad, es decir, que emplean la mentira por razones oportunistas, sin ninguna clase de escrúpulos.

¿Qué fue lo que ocurrió en la madrugada de aquel 6 de diciembre de 1928, que la señora Cabal ha puesto en entredicho? Obvio que no fue lo que García Márquez relata en Cien años de soledad. Allí no hubo 3408 muertos, porque lo del novelista no tuvo pretensiones científicas sino ficcionales, y porque el número exacto de muertos quizás nunca se sepa.

La situación que llevó al desenlace fatal fue, en líneas gruesas, la siguiente: la United Fruit Company, una compañía norteamericana dedicada al cultivo y exportación de banano, utilizaba, más o menos, unos 30.000 trabajadores, la mayoría de los cuales no estaban en su nómina, pues aparecían contratados por intermediarios.

Los obreros discutieron con la empresa para cambiar esta situación y para mejorar sus condiciones laborales y prestacionales de diverso tipo. La empresa no cedió a las exigencias de los trabajadores y, en consecuencia, estos se fueron a la huelga, el 12 de noviembre de 1928.

El clima en la zona bananera se caldeó al máximo, a tal punto que el gobierno de Miguel Abadía Méndez consideró la huelga como una alteración del orden público, por lo cual envió al Ejército Nacional para controlarla. El general Carlos Cortés Vargas  fue nombrado Jefe Civil y Militar de Santa Marta.

Este militar fue el que dio la orden de disparar sobre los trabajadores, aquel fatídico 6 de diciembre de 1928. El hecho de que se haya disparado contra estos solo podía significar una cosa: la empresa nunca cedería ante las peticiones de los obreros, y en esa decisión había sido apoyada por el gobierno y por el ejército. De todo lo anterior existe suficiente evidencia documental.

La ruta tomada fue golpear duramente la protesta para infligir un castigo ejemplar que sofocara la riesgosa situación de inestabilidad que se vivía en toda la zona bananera. Y, de hecho, al proceder de este modo los militares obedecían órdenes del gobierno central, y se colocaban del lado de la empresa extranjera, en un conflicto que involucraba a trabajadores colombianos. La evidencia existente no deja dudas acerca de que así ocurrieron las cosas.

Por qué el gobierno y el ejército actuaron de ese modo ya entra en el terreno de las interpretaciones. Lo que aquí cabe establecer es si se produjo o no la masacre. Este es el hecho histórico puesto en entredicho por la congresista Cabal, con el argumento que se trata de un mito sin ninguna base en fuentes fidedignas.

El cruce de testimonios permite asegurar que sí hubo una masacre y que esta se produjo en Ciénaga, Magdalena, el 6 de diciembre de 1928, después de la medianoche. La discusión sobre el número preciso de muertos es irrelevante, pues hasta el mismo jefe del ejército reconoció que hubo 9 fallecidos (más tarde, en sus memorias, mencionó la cifra de 47 muertos), y esta institución era la más interesada en ocultar el hecho.

En una comunicación enviada por el embajador norteamericano en Colombia al Secretario de Estado de su país a los pocos días de la tragedia, el señor Jefferson Caffery le comentaba a su gobierno que un funcionario de la United le informó que el número de huelguistas muertos estaba por encima del millar. Y si el embajador entregaba esa cifra era porque los muertos habían sido muchos más de los que reconoció Cortés Vargas.

Quizás esta sea también otra cifra exagerada, fruto de la confusión del momento. Pero lo que sí es claro es que no se trata de un dato de alguien interesado en exagerar lo ocurrido, por razones literarias, económicas o ideológicas.

Queda muy de para arriba tildar al embajador de los Estados Unidos de agente del comunismo internacional, y presentarlo como un creador de mitos para justificar a los obreros o a la Internacional Socialista, o decir que produjo este dato porque estaba en contra del gobierno colombiano y de la United Fruit Company.

Las investigaciones de los historiadores están más en la línea de plantear que sí hubo una masacre, que en la de negarla. Varios de ellos se han dedicado a estudiar las causas de la crisis y las características de los trabajadores, como lo hizo Catherine Le Grand (Campesinos y asalariados en la zona bananera de Santa Marta, 1900-1935), en tanto que otros han agregado nuevos elementos a la comprensión del fenómeno (Jorge Enrique Elías Caro, La masacre obrera de 1928 en la zona bananera del Magdalena-Colombia. Una historia inconclusa).

Es muy difícil tener una cifra exacta acerca de cuántas personas murieron, cuando una de las partes estaba interesada en ocultar los hechos. Esa parte no fue, obviamente, la de los trabajadores, sino la de los agentes del poder.

El problema se agrava si tenemos en cuenta que, también por razones obvias, ni el gobierno ni la United intentaron hacer una investigación seria acerca de lo ocurrido. Su táctica consistió en negar o tapar lo sucedido, coincidiendo con la posición que ahora esgrime la congresista Cabal.

Las investigaciones serias vinieron posteriormente, por cuenta de otras personas e instituciones, algunas de las cuales recogieron los testimonios de sobrevivientes o testigos de la masacre.

Según estas, hubo más de cien muertos y entre ellos no había solo obreros, sino mujeres y niños (Ver los resultados de la investigación del congresista Jorge Eliécer Gaitán, del año 1929, es decir, todavía en caliente: El debate sobre las bananeras, Centro Gaitán, 1ª Edición, diciembre de 1988, p.p. 107 y ss. La fuerza de esta investigación se deriva de los testimonios de las víctimas, los testigos y de personas independientes, así como del empleo de documentación oficial de primera mano, que hasta ahora no ha sido refutada por nadie. La ventaja que tiene Gaitán sobre la señora Cabal es que nunca militó en el partido de la postverdad, ni tampoco tuvo problemas por conflictos de tierras con los campesinos).

Dada la evidencia recabada sobre el evento es posible sostener que la Masacre de las Bananeras sí existió, que no fue un mito creado por los literatos, los políticos o los historiadores interesados, sino que puede considerarse un hecho histórico, a pesar de que nunca sepamos la cifra exacta de las personas muertas a manos del Ejército Nacional.

Más allá de las interpretaciones sobre los motivos de la matanza es muy difícil negarla partiendo de la dificultad de obtener una cifra precisa de muertos, así como tampoco se puede negar la realidad del holocausto porque nunca sabremos con exactitud la cifra de personas eliminadas por los nazis.

Plantear que no existió, por razones políticas, es construir un mito insostenible, que va en contra de la verdad y de los conocimientos históricos producidos por los investigadores profesionales.

La ligereza de la congresista Cabal, y su ideología de ultraderecha, la llevaron, de nuevo, al terreno de la mentira y de la postverdad. 

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