7:28 pm. Martes 04 de Julio de 2017
Opinión
7:28 pm. Martes 04 de Julio de 2017

Si desaparece por completo la violencia política y militar, la corrupción quedará como el problema más importante de la sociedad colombiana. Este es un asunto tan complejo y devastador, que permea todos los estratos sociales y socava las instituciones públicas y privadas.

La corrupción desangra al Estado en beneficio de los individuos y de las organizaciones privadas. Propicia que los dineros destinados a resolver las dificultades sociales engrosen las chequeras de los corruptos, negando soluciones y calidad de vida para las mayorias.

La corrupción es un crimen contra el Estado y contra la sociedad, y sus causas tienen orígenes diversos. En una sociedad como la nuestra, el conflicto armado es un elemento decisivo para explicar el surgimiento del todo vale en los múltiples bandos, y para entender el irrespeto a lo público por parte de casi todo el espectro político.

La venalizacion de las costumbres, el acceso a la política de individuos cuyo principal programa es robar al Estado, la existencia de partidos donde el enriquecimiento personal, el tráfico de influencias y la ambición económica desmedida son lo normal, están entre las circunstancias que alimentan la corrupción.

El asunto es tan grave que no basta con dotar al Estado de herramientas legales para combatir ese flagelo. Y eso es insuficiente porque las propias instituciones estatales son penetradas por los corruptos para ponerlas al servicio de la corrupción, como ocurrió recientemente con el caso del fiscal anticorrupción Luis Augusto Moreno, y como ha ocurrido con tantos otros funcionarios venales.

A pesar de que la economía de mercado, el narcotráfico y la guerra son raíces decisivas del proceso corruptor, no se puede perder de vista que la corrupción es también un fenómeno cultural masivo que recorre, con mayor o menor gravedad, a todos los estratos sociales. De donde se infiere que es urgente trabajar en campañas educativas que promuevan la cero tolerancia con la corrupción de las costumbres.

Sí es posible construir buenas prácticas sociales en el marco de una economía de mercado, como lo demuestran varios países del norte de Europa. El desarrollo de los valores altruistas, de la ética y de los comportamientos de respeto hacia el otro o hacia lo público, son aspectos a tener en cuenta en la construcción de una nueva cultura que permita abandonar la crispación de la guerra, los atajos, el ethos del dinero fácil y la justificación del todo vale.

El reto es enorme. Se trata de afilar los dientes del Estado para seleccionar sus cuadros de la manera menos insegura posible. Esto es muy difícil, sobre todo porque la mayoría de los partidos y de los políticos perciben lo público como un botín a depredar, y el modelo de la democracia representativa es un estímulo para la clientelización de la vida estatal, lo cual crea otro caldo de cultivo que nutre la corrupción.

En vista de que es imposible establecer la pena de muerte para los corruptos (como lo han hecho los chinos) se hace indispensable fortalecer los mecanismos legales de control, investigación y sanción, de modo parecido a como lo intentan hacer en el Perú. La lucha contra la corrupción debe ser la principal prioridad del gobierno y de la gente decente que habita en los partidos.

Si se corona el proceso de paz con todos los grupos alzados en armas, y si se derrota a la ultraderecha corrupta y belicista el año próximo, el camino quedaría despejado para desarrollar una gran campaña nacional en contra de la corrupción.

Por el bien de los sectores populares, por el triunfo de los programas sociales de alto vuelo que se desprenden de la pacificación, por la consolidación de una cultura sana basada en las buenas maneras y en el respeto, la prioridad debería ser la lucha sin cuartel contra los corruptos. Porque la corrupción y los corruptos desangran al país y son un cáncer que hay que eliminar. 

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