4:53 pm. Lunes 10 de Julio de 2017
Opinión
4:53 pm. Lunes 10 de Julio de 2017

Alemania es la cuarta economía del mundo por Producto Interno Bruto (PIB), la tercera en exportaciones e importaciones, líder tácita de la Unión Europea y, este año, sede de la reunión del G20 en Hamburgo, donde la ‘creme de la creme’ de los líderes de los países más poderosos se reúnen a decidir el futuro del resto de mortales, aunque sean más bien los del G7 los que deciden y el G20 sea la oportunidad del resto para sacarse una foto con los que mandan. En todo caso, Alemania está entre los que mandan.

Esta nación europea se ha hecho legendaria por su milagrosa capacidad de resiliencia, sus carismáticos líderes con bigote, una eficiencia que asusta y una puntualidad que contrasta con nuestra pintoresca atemporalidad latinoamericana. Aunque colombiano que se respete sabe que este país no tiene que aprenderle nada a nadie porque “este es el mejor vividero del mundo ¡carajo!”, las condiciones hablan por sí solas y, en estos tiempos de incertidumbre, en el que el fantasma del comunismo sale de los montes para tomarse nuestros pulcros centros políticos, me parece atisbar un ferviente deseo entre mis compatriotas por imitar al ejemplo de desarrollo que encarnan los germanos.

Es una pena que acá las noticias lleguen con retraso, que las primeras planas las ocupen invariablemente los partidos de fútbol y las bicicletas, Venezuela y las fiestas de matrimonio de políticos, estrellas de farándula y La Gata. No ayuda tampoco que el Internet llegue arrastrado a la mayor parte del país y que el índice de penetración del internet de banda ancha sea de apenas el 28%. Quizá, si esta desafortunada combinación de factores no existiera, los colombianos habríamos visto a Merkel conversando con Trump en la reunión de Hamburgo, mientras este último le guiñaba el ojo a Vladimir Putin.

Entenderíamos entonces que esos alemanes obsesionados con la hora ya no viven bajo el gobierno de un partido de esvásticas y banderas rojas, que la gente ya no hace el saludo romano al paso de un tipo con bigote cuadrado, que el tercer Reich hace rato que se ha acabado. Nuestras ilusiones de enjuiciar a nuestro país y el resto del mundo con nuestra mano dura y corazón grande se desvanecerían si supiéramos lo que fue de los alemanes cuando decidieron poner el destino de su país en las manos de un solo líder que parecía bien ‘berraco’.

Me temo que aquel pobre individuo -o grupo de individuos- que en Montería pagó una valla del Centro Democrático para declarar su firme decisión de renunciar a su libre albedrío para regalarlo al líder supremo Álvaro Uribe, tienen la mala fortuna de no tener entre sus posesiones un solo libro editado después de 1945, si es que tienen alguno.

De lo contrario sabrían que la expresión “Yo voto por el que diga Uribe”, no está muy lejos de la filosofía nazi y que, con su folclórica declaración tan dicharachera, nos acercan mucho más a la Corea del Norte que se la pasa amenazando con acabar el mundo que a los tipos de los relojes puntuales. Lástima, el tiempo que nos ahorraríamos. 

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