12:49 pm. Sábado 07 de Octubre de 2017
Opinión
12:49 pm. Sábado 07 de Octubre de 2017

No  es mi intención apagarle la voz ni quitarle  autoridad ni la autoría a quien en vida fuera uno de los más avezados investigadores sobre el devenir histórico de Santa Marta. Al contrario, en este artículo “Calles de Santa Marta: cantos de historia” quiero homenajear a ese ilustre samario quien toda su vida estuvo hablando, escribiendo e investigando sobre la historia de La Perla de América.

Me refiero a Arturo Eduardo Bermúdez Bermúdez. Médico, especializado en Pediatría, eterno enamorado de sus raíces, nacido el 26 de octubre de 1928, egresado del Liceo Celedón y luego graduado como médico en la Universidad Nacional.

Las calles son a las ciudades como  las venas al cuerpo. Por ello, connotativamente, se les llama arterias que son los vasos que llevan la sangre desde el corazón hacia los capilares del cuerpo. Así mismo, la ciudad tiene su sistema circulatorio en la que habitan y caminan personas y ruedan vehículos, dejando huellas. “La sangre” son los transeúntes quienes le dan vida a la ciudad, de lo contrario sería una ciudad muerta, silenciosa. Son fundamentales para mantener  la risa, la ternura, el alba, el amor, el calor, el bullicio, la palabra, el rumor del mar y la vida en la ciudad.

En el libro La ciudad de Maximilian Karl Emil "Max" Weber, politólogo y sociólogo alemán,  exhibe todo su repertorio teórico conceptual a la relación existente entre la estructura económica y los valores y cultura de una época determinada.

Es cierto que las calles samarias encierran valores y señalan una época especial, llevan nombres singulares, se han convertido en  patrimonio de generaciones, reflejan ─igual que ese inmenso mar color esmeralda que ondea a varios metros de nuestros ojos─ la cultura y la historia de la época,  como lo manifestó Arturo Bermúdez en sus investigaciones:

“Qué tienen para contar las calles de una ciudad con cinco siglos de historia; qué hay en cada vericueto, cada esquina, cada calzada donde la música, los aromas, los colores y sabores confluyen con gran pasión.(…) Las calles que conforman el Centro Histórico de Santa Marta fueron las primeras que surgieron en la ciudad. Cada una guarda una historia de la época y esta se refleja en los nombres que todavía conservan, aunque en la mente de muchos hayan quedado en el olvido, además de ser desconocidos para las nuevas generaciones. (…) Calle 10C es la Calle de la Norte o Cangrejalito; la Calle 11 recibe el nombre Calle Cangrejal, ambas, porque antes, donde está hoy el malecón, esa zona no existía, era playa y cuando la marea se metía llegaba casi hasta la Avenida del Ferrocarril, se inundaba toda la ciudad, se sentía el olor a yodo, a algas y había muchos cangrejos, sobre todo, la zona donde queda el edificio Posihueica. El frente de esas calles era pantano, allí comenzó el fútbol, porque los marinos jugaban en ese lugar. Cuando llegaba esa época de la marea, el sector se llenaba de cangrejos grises hasta Pescaíto y lo que hoy es San Martín, hace años, este barrio se llamó Las Salinas…

“Calle de la Cruz o Calle 12, porque no había anfiteatro en la ciudad, en la parte detrás de la iglesia cuando encontraban muertos como N.N ─que eran poquitos─ los hermanos franciscanos tenían una capilla adonde llevaban los difuntos y les ponían velas en su cruz…

“En la parte de atrás de la Iglesia San Francisco está localizada la calle 13, a la que le dieron el nombre de este templo o Calle de la Iglesia Mayor. Los piratas la quemaron varias veces, el Cristo Milagroso que está ahí se salvó en dos ocasiones del incendio, hoy es considerado una reliquia. Calle Real o Calle Grande, hacia La Catedral, nombre asociado al hecho que era una sola línea y amplia…”

Ciudad y literatura siempre han estado en una permanente simbiosis. En literatura encontramos ciudades amorosas. Odiadas. Atractivas como cuerpo de mujer. Ciudades encantadoras. Modernas. De contrastes. Jorge Luis Borges, en su primer libro, “Fervor de Buenos Aires” elogia y ama a su ciudad en su primer poema: Las Calles:

Las calles de Buenos Aires/ya son mi entraña. /No las ávidas calles,/incómodas de turba y ajetreo,/sino las calles desganadas del barrio,/casi invisibles de habituales/enternecidas de penumbra y de ocaso/y aquellas más afuera/ajenas de árboles piadosos…

Evocar el tren sería otra imagen nostálgica, cultural y económica de una ciudad. El tren, esa máquina andante, señaló un hito en la historia de las calles de Santa Marta, porque recorría la ciudad hasta el puerto, llevando en esa interminable fila de vagones el banano. Todas las noches se le oía su ruido transitando  por La avenida del Ferrocarril igual que la composición que tiempo atrás, además de originar algunos reclamos de autoría, hizo mucho alboroto. Cuentan que “Manuel Medina Moscote, veterano acordeonero de finales de siglo XIX y comienzos de siglo XX, nació en el caserío Punta de Piedra, hoy municipio de Zapayán, Magdalena. Siempre reclamó la autoría de la famosa canción “Santa Marta Tiene Tren”, que aparece registrada como del acordeonero guajiro Francisco “Chico” Bolaños (1902-1962), quien llegó a la Zona Bananera en 1924, cuando ya la canción era conocida en todo el Departamento del Magdalena: Santa Marta tiene tren/pero no tiene Tranvía/si no fuera por la Zona, caramba/Santa Marta moriría.”

De acuerdo con el historiador, Arturo Bermúdez, “en el año 1725, Santa Marta tenía las siguientes calles: (algunos ejemplos):

- Calle de la Marina o de la Cruz, (hoy calle 12).

- Calle de la Iglesia Mayor o de San Francisco, (hoy calle 13).

- Calle del Cuartel o de la Cárcel, (hoy calle 14).

- Calle de la Acequia, (hoy calle15).

- Calle Santo Domingo, (hoy calle 16).

- Calle Veracruz, Calle Real o Calle Grande, (hoy calle 17).

- El Camellón, (hoy carrera primera).

- Calle del Pozo, (hoy la calle 18).

- Calle San Antonio, (hoy calle 20).

- Calle Burechito, (hoy calle 21).

- Avenida Santa Rita, (hoy calle 22).

- Avenida Campo Serrano, (hoy carrera quinta).

- Calle la Carnicería, Tumbacuatro, (hoy calle 19)”.

Esta última, es la calle en la que resido. Alguna vez, el poeta Javier Moscarella dijo: “Martiniano vive en una calle que no existe”. Porque es una Calle “mocha”. Un callejón. Una especie de bolsillo en la que se pierden hasta los más experimentados conductores.

Santa Marta como ciudad es inolvidable. Todos la llevamos muy adentro con sus calles adoquinadas ahora, callejones aún oscuros como si la luz no hubiera llegado hasta allí.  Casas coloniales altas, de cuartos inmensos, de ventanas grandes y enrejadas y de techos altísimos, con balcones en los que cuelgan y florecen todavía las astromelias rosas, las buganvilias  color violeta y los corales rojos, rosados.

La catedral Basílica de Santa Marta, considerada como una de las Joyas de la arquitectura Americana cuyo color blanco significa pureza, paz, se yergue majestuosa en la plaza principal de la ciudad.

Finalmente, el poeta José Luis Díaz-Granados describe, en su novela, El fulgor de la calle Grande lo siguiente: “El vocerío nocturno de los niños por allá por la Avenida del Ferrocarril, la Calle Cangrejal, la Calle Cangrejalito, la Calle de la Cruz, la de San Francisco…”

“El hedor y la suciedad de esos callejones, el hedor que se represa cerca de los muelles y el olor a mar, a arena salada, a pescado podrido y a piel sudorosa, el oscuro aroma de cosas ya idas, pero permanente de ciertos lugares, como el de aquella callecita corta y misteriosa que queda, por allí, cerca de la calle Santa Rita, hacia arriba, donde se pasean abuelas pudorosas y gitanas impúdicas".

 

 

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