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9:41 am. Domingo 24 de Octubre de 2021
Opinión
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La escritora en lengua rusa Svetlana Aleksiévich ganó el Premio Nobel de Literatura en el año 2015 por un conjunto de trabajos testimoniales, reconocidos por la crítica como “novela-evidencia” o “novela-colectiva”.

El método de Svetlana, que oscila entre el periodismo y la literatura, no incluye tanto su visión de narradora, sino que le abre el espacio a la voz de las personas, a las víctimas o a los protagonistas de los eventos históricos.

Este modelo está presente en sus principales libros, entre los cuales se destacan Voces de Chernóbil, Los muchachos de zinc. Voces soviéticas de la guerra de Afganistán, y El fin del “Homo sovieticus”, por mencionar los más conocidos.

Este último escrito es un testimonio colectivo acerca de lo que pensaba la gente después de la caída de la Unión Soviética. Es decir, contiene las ideas de los entrevistados sobre el estalinismo, la vida cotidiana en ese gran país, en relación con la perestroika, con el derrumbe de la URSS y el advenimiento del capitalismo salvaje.

Es un hecho que para la mayoría del pueblo soviético fue una tragedia haber pasado de un tipo de sociedad insostenible (el socialismo) a otra de capitalismo salvaje. Esto golpeó fuertemente a los sectores que no pudieron adaptarse tan rápido a las nuevas circunstancias económicas y sociales.

El derrumbe del poder soviético tomó a casi todo el mundo sin preparación, y quienes sacaron provecho del caos fueron los funcionarios del partido y del Estado con más oportunidades para amasar riqueza y, en ciertos casos, verdaderas fortunas.

La privatización de las empresas fue aprovechada por los más astutos, y del desmantelamiento del Estado soviético se aprovecharon los más cercanos al poder, quienes se convirtieron en los nuevos ricos y en los potentados, muchos de ellos utilizando los métodos de la mafia.

La portada del libro El fin del “Homo sovieticus”.

En esa ley de la selva que siguió al desplome del poder los más perjudicados fueron los sectores populares, que perdieron casi todo lo ganado durante la revolución, y que fueron empujados a un cambio de vida tan o más deplorable que el existente bajo el socialismo totalitario.

Las entrevistas del libro describen ese terrible drama, el rechazo del nuevo estado de cosas, y la añoranza por un pasado en que la vida no estaba regida por las relaciones mercantiles. Este aspecto aparece cuando hablan, especialmente, los viejos militantes de base del partido comunista.

Otras voces celebran el triunfo de la perestroika y la desaparición de una vida gris y triste, con muchas limitaciones, bajo el modelo de sociedad implantado desde la revolución de 1917. “No podíamos seguir viviendo así”, era la justificación principal para el cambio, en boca de los altos dignatarios del Estado o de la gente común.

Una conclusión de fondo que brota del análisis de lo que plantean los entrevistados consiste en que muchas de las contradicciones y problemas existentes entre las nacionalidades no fueron superadas por el poder soviético, sino solo enmascaradas. El nacionalismo, la xenofobia y el mal trato hacia las minorías étnicas se pasean por la obra de principio a fin.

Este asunto, que flagelaba a la federación, se une a otros relacionados con el descontento social y con el alcoholismo al que se deslizaron muchos por efecto de las condiciones precarias de vida. Si se aplican esquemas de la psicología social, de la sociología y de la historia para explicar ese problema, se entiende fácilmente porqué el libro lleva el título que le puso Svetlana.

La Unión Soviética no se desplomó por ninguna presión externa. Las principales causas de su desastre están en las propias situaciones lamentables que padecía el pueblo soviético. Esto tenía que ver, básicamente, con la organización del poder político y con el modelo económico.

Mientras las élites del partido y del Estado podían vivir con cierto decoro, gracias a su posición social, el pueblo raso se consumía en la escasez, las largas colas y una vida saturada de necesidades insatisfechas, que se enmascaraban mediante la retórica revolucionaria.

Esa situación es la que explica en gran medida la debacle en que se consumió el primer Estado obrero del planeta, el cual fue una víctima de los modelos estatistas y totalitarios que asfixiaban el desarrollo de la vida de las mayorías.

La experiencia soviética debe ser aprovechada, no para resaltar al capitalismo salvaje (otro monstruo contemporáneo), sino para no repetir los errores que se cometieron allí. Es imposible construir una sociedad superior asesinando la libertad, el pluralismo, la democracia y la economía como lo hicieron los líderes soviéticos, inspirados en las teorías del cambio social de Marx.

Es una aspiración muy humana pretender una sociedad sin tantos conflictos, pero esa esperanza debe nutrirse de la experiencia histórica. Si no es así, lo más seguro es que se repitan viejos y catastróficos errores, aunque bajo el disfraz de la novedad.

Quien no conoce o no sabe aceptar la historia, por dogmatismo o cualquier otro motivo, está condenado a repetirla. Tan sencillo como esto.

Posdata: las personas interesadas en el libro El fin del “Homo sovieticus” pueden enviarme un mensaje con su nombre al siguiente WhatsApp: 3125471564, y yo les haré llegar la obra.    

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