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5:00 am. Domingo 29 de Noviembre de 2020
Opinión
5:00 am. Domingo 29 de Noviembre de 2020

Es difícil explicar o comprender hasta qué punto llega el amor de la hinchada y el pueblo argentino por Maradona: “Tenés que ser argentino para entenderlo” me decía mi amigo Marcos.

Y también tenés que ser argentino para comprender el por qué se ha de separar al genio de la figura, al humano del futbolista.

Esta historia me hizo recordar la de muchos otros ídolos de nuestra época que al igual que Diego sólo querían disfrutar la vida y no ser un ejemplo para nadie.

El peso de ser famoso y controlar la idolatría de un pueblo entero, del globo completo, que tolerará lo que sea que hagas, así sea inexplicable.

En una época donde surgir en la capital de tu país ya era un éxito porque no estaba interconectado el planeta como ahora.

Por eso, llamamos locura cuando los argentinos lloran como si fuera su propio padre la muerte de “El Pelusa”.

Pero qué diríamos del Señor Díaz que no pudo con Diomedes, del señor Arroyo que no pudo con el Joe, de Mr. Tyson que olvidó a Mike, de mi amigo Mercury y el renombrado Freddy que cayó en lo profundo de sus pasiones.

Esta idolatría a la humanidad, sus debilidades y pasiones, sus errores y virtudes, son de una generación que admiraba los talentosos, irreverentes e irrepetibles ídolos locales que triunfaban en la aldea global.

Para muchos expertos lo de Maradona es irrepetible así Messi gane dos mundiales y mil Ligas, porque lo que los artistas, personajes e ídolos de esa época generaron en sus generaciones tiene que ver con el esfuerzo, el sacrificio y el amor de una hinchada, población y seguidores que le tocaba hacer lo imposible para estar con su ídolo.

Porque ahora, lo quieras o no, podemos ver por televisión o internet cualquier partido de Messi, pero antes, tocaba esperar la boleta, hacer la fila días antes, dormir esperando tu lugar e impedir que intrusos igual de rallados que tú, te quitaran tu boleta; porque ahora, para escuchar un live de un artista sólo enciendo la pantalla de mi celular; antes, era un día o nunca, la magia de tocarlo, sentirlo, verlo respirar al frente tuyo, generaba igual el misticismo que genera su partida, una sensación inexplicable de admiración, locura e irracionalidad que se cosechaba de todos los esfuerzos que hacía el hincha, seguidor o fan para poder ver a lo lejos a su ídolo.

Maradona, un tipo inigualable, que generó una experiencia irrepetible, logró un Mundial de fútbol, dos ligas italianas, una copa de Europa, dos copas italianas, una supercopa italiana, una copa del Rey de España, una liga argentina, entre otros logros.

Pero no es eso lo que mueve al mundo, lo que hace que su rostro sea la imagen de miles de portadas; es que con él, muere una generación, muere una forma de vida, de sacrificio, de pasión, muere otra manera de ver el mundo que aún palpitaba en los corazones de una nación entera, del globo completo.

“Es imposible comprender lo que sentís con la muerte del “Pibe de oro”” – repite Marcos; un deportista que no quiso ser ejemplo pero terminó siendo activista político, figura mediática, dizque técnico de fútbol, papá, esposo, chavista, violento, drogadicto y mil características más que no apagarán ni encenderán más la llama que implica su legado.

Con Maradona muere una parte del fútbol, de irreverencia, astucia, viveza, de otra forma de vida que nadie podrá entender si jamás la vivió, si jamás la sufrió.

En la novela que escribí, Soberbia de la Lealtad, el protagonista principal se recuperó de un desamor sólo al ver a Argentina clasificar a la final del mundial de fútbol, era hincha de la albiceleste y por supuesto seguidor de Maradona.

Sólo así nacen los personajes míticos, cuando aquéllos creen en otros personajes míticos.

Diego Maradona

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