Unimetro
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10:00 am. Miércoles 14 de Octubre de 2020
Opinión
10:00 am. Miércoles 14 de Octubre de 2020

 Después de estos largos meses de pandemia, que tienen a nuestra América Latina como la región más afectada del planeta en términos de contagios, pérdidas de vidas humanas (de las diez naciones del mundo más afectadas cinco de ellas pertenecen a nuestro subcontinente) e impacto sobre importantes indicadores socioeconómicos que, para los especialistas, nos harán retroceder muchos años en la lucha eterna de nuestra región contra flagelos como la pobreza, la indigencia, el analfabetismo y  la desigualdad,  entre muchos otros.

En esta misma columna de opinión nos hemos planteado en función de las más variadas consecuencias que ha generado esta pandemia y su asociación con las condiciones históricas y estructurales de nuestra realidad. Lo único claro para mí, después de repasar muchos de dichos escritos, es que no sabemos a ciencia cierta la características de los problemas que enfrentamos y que los niveles de incertidumbre nos mantienen más en una cuerda floja con un futuro que se nos avecina con mayor velocidad y violencia y del que ni siquiera somos capaces de sospechar los desafíos que nos depara.

Son varios los autores que han escrito sobre lo que Hobsbawn denominó la “Era de las Incertidumbres” y que nos conminan a replantear fuertemente nuestros constructos culturales, nuestra forma de vida, de educar, de expresarnos como “homus economicus”  en una economía de mercado que demanda cada día más intervencionismo del Estado y que parece no dar el ancho para resolver las graves secuelas de la pandemia e incluso como el “homus politicus” se ve enfrentado a una democracia que se complejiza con las luchas reivindicativas que hoy difícilmente parecen diferenciar las herencias estructurales históricas de las consecuencias coyunturales de la crisis sanitaria.

Todos estamos esperanzados en una vacuna que nos devuelva la supuesta normalidad pre pandemia, que nos enriele a desarrollar nuestras más variadas actividades personales, familiares y profesionales, por lo menos lo más cerca de lo que acostumbrábamos hasta hace  unos 8 o 9 meses atrás. Se nos ha movido el piso, no tenemos certezas de cuando dispondremos de dicha vacuna, de cuán efectiva será realmente y para que sectores etarios (ya que investigaciones recientes demuestras que los diferentes prototipos no tienen el mismo impacto en niños, jóvenes o adultos). La pregunta cae por sí sola, ¿Qué hacemos mientras nuestros científicos nos aportan, a través de los resultados de sus investigaciones, las vacunas milagrosas que el mundo entero anhela como el más feliz de los sueños?

Muchos que, por interés personal o profesional, buscamos informarnos pasamos de un día para otro de la esperanza a la duda y miramos que llevamos más de nueve meses sin que tengamos una posibilidad de recuperar nuestras vidas. En mi caso y creo que el de muchos de los que leerán esta columna, hemos dejado de ver a nuestros familiares más cercanos;  algunos no han conocido presencialmente a nuevos integrantes de la familia; los funerales se han desarrollado con protocolos que nos alejan de ritos ancestrales;  hemos compartido con nuestros adultos mayores a través de un vidrio o nos hemos alejado de ellos porque los cuidamos y los queremos (que paradoja no);  hemos dejado de compartir  con nuestros compañeros de trabajo y tratamos de reemplarlo por una reunión en zoom o meet;  hemos comprometido la educación integral de nuestros alumnos para los que trabajamos en la docencia al perder la cercanía y la relación que genera complicidades positivas en el patio, el pasillo o en las actividades deportivas y de camaradería;  a los amigos más entrañables con los que compartimos viajes, experiencias y una mesa que no sólo dispone de alimentos y bebidas, sino que abrazos, risas, afectos y recuerdos a raudales.

Casi todo ha sido cambiado por una pantalla pequeña (celular) o grande (de un computador o una TV), pero que proyecta más bien una idea que una realidad (por lo menos como estábamos acostumbrados a entenderla), es un mundo más metafísico,  no son las sombras de Platón, son imágenes en alta definición o 4K con excelente audio, pero que les falta la humanidad de poder sentirnos cerca, de abrazarnos, que nos hace dependientes  de una buena señal de internet, que en definitiva termina distorsionando la riqueza del lenguaje complejo o lo que hasta ese momento considerábamos como parte del lenguaje.

Las preguntas que dan continuidad a estas líneas se relacionan con: ¿cuánto podremos aguantar vivir  de esta manera?, ¿cuán profundas serán las secuelas? ¿ cuánto es lo que estamos arriesgando en humanidad? Es en este contexto en que un alumno muy querido e intelectualmente muy inquieto me hizo llegar esta mañana un documento que reúne los aspectos esenciales de la Declaración Great Barrington, donde importantes epidemiólogos realizan  un análisis en que se plantean en torno a los impactos en términos de salud física y mental de las políticas que predominan con respecto al COVID-19 y realizan una recomendación que denominan como protección focalizada.

El documento se plantea en función de efectos devastadores en la salud pública a corto y largo plazo en donde incluyen información referida a las bajas tasas de vacunación, empeoramiento de enfermedades cardiovasculares, menos detecciones tempranas de cáncer y el deterioro de la salud mental que resultan casi insostenibles en un tiempo más prolongado, con resultados preocupantes para la clase trabajadora y los miembros más jóvenes de la sociedad en quienes, según el tenor del informe, recaería el peso más grande de estas medidas. Explicita, al final del mismo párrafo que, mantener a los niños fuera de las escuelas es una grave injusticia.

Todo lo anterior nos lleva a preguntarnos ¿cuánto tiempo más podremos mantener dichas medidas? En un contexto en que el conocimiento sobre la pandemia avanza, pero no con la celeridad que queremos,  con más de una piedra en el camino para los proyectos de vacuna que cada cierto tiempo nos informan sobre efectos colaterales delicados que llevan a detener algunas de sus prácticas y que, sin duda, retrasan más y más las posibilidades de contar con una solución masiva y real a tan complicada situación. No faltan los que, alejados de concepciones morales y de una adecuada reflexión ética, han planteado agilizar los procesos establecidos para la OMS con respecto a los protocolos y plazos que dicha institución universal de salud demanda.

La entrada del otoño en el hemisferio norte está generando un rebrote de la pandemia en países europeos y de América del Norte. No tenemos mucha información al respecto de los países asiáticos (Corea del Norte sigue sustentando que no ha tenido ningún contagio). Los rebrotes, donde se han informado, han tenido dos aspectos que vale la pena tener en consideración, pareciera que las cifras de defunciones son sensiblemente menores de la experiencia anterior y que las políticas públicas no están tan dispuestas a decretar las cuarentenas ya que parecen que no son lo suficientemente exitosas de lo que en un primero momento creíamos.

En España, salvo el caso delicado de Madrid, parece que el conocimiento sobre el Covid ha llevado a plantear medidas que alejan el confinamiento, que resulta insostenible desde el punto de vista socioeconómico, y a disminuir la movilidad de las personas más jóvenes que son los principales vectores en el contagio y que presentan las consecuencias menos significativas en términos afecciones a la salud. Esto no se condice con el informe citado ya que se plantea en términos de permitir a aquellos que están bajo el mínimo riesgo de morir, vivir sus vidas con normalidad para alcanzar la inmunidad al virus, a través de la infección natural, mientras se protege mejor a aquellos que  se encuentran en mayor riesgo.

A modo de conclusión, la Declaración de este grupo de epidemiólogos plantea que  aquellos que no son vulnerables a las consecuencias más nefastas del Covid deberían reanudar la vida con normalidad, aplicando las medidas higiénicas tan difundidas hasta ahora con rigurosidad. Consideran que las escuelas y las universidades deben abrir para una enseñanza en persona. Las actividades deportivas, los cines, restaurantes  y todas las actividades culturales deberían reanudarse. Son partidarios de que la gente que se encuentra en mayor riesgo puede participar, si así lo desean, mientras la sociedad en su conjunto disfruta de la protección otorgada a los vulnerables por aquellos  que han desarrollado la inmunidad de rebaño.

Lo anterior proyecta mucha racionalidad, más aún en tiempo de tantas dudas e incertezas, que importantes epidemiólogos, autoridades en la materia, propongan enfrentar la pandemia desde un óptica tan distinta a la generalidad de las medidas instaladas hasta ahora y que se ve reforzada por la certeza de que las consecuencias negativas en términos de salud, de situación socioeconómica e incluso de humanidad nos hacen reflexionar sobre la imposibilidad de mantener dichas medidas por un largo plazo.

El problema que percibo es que para que las escuelas y las universidades funcionen debemos poner en contacto directo a grupos de menor y mayor riesgo; que el joven casi inmune a las consecuencias negativas llegue a sus casas y departamentos en donde convive con sus padres y abuelos de mayor riesgo; que con el aumento de los contagios se ponga en crisis los sistemas de salud, sobre todos en los países de mayor precariedad, y nos enfrentemos a la amenaza de la “última cama”; en fin,  nuestras ciudades, poblaciones y barrios funcionan desde un perspectiva multigeneracional que aportan una incertidumbre más que, desde las decisiones políticas, no sabemos quién estará dispuesto a asumir las consecuencias de las medidas propuestas por la Declaración de Great Barrington.

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