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Opinión
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“Cartagena es, como La Habana, semillero de música, cuna de una bohemia cuyo mejor exponente es todo un símbolo: Sofronín Martínez Heredia”.

La anterior cita forma parte del párrafo inicial de la obra ‘Alma de bolero’, escrita por los periodistas Daniel Samper Pizano y Pilar Tafur, publicada por MTM ediciones, que me obsequió Luis Fernando Martínez, vástago del inolvidable guitarrista oriundo de Pasacaballos, corregimiento de Cartagena.

La apreciación de los autores del libro es acerta­da. Los cartageneros amantes de la noche, de las tertulias amenizadas con la bebida y el cigarrillo no concebían una velada óptima sin el acompaña­miento de Sofro, su guitarra y su voz. Este artista natural logró conquistar el gusto de todas las clases sociales gracias a su swing.

El pasado 10 de febrero, en la antesala de La Guacherna, se conmemoraron 95 años del natalicio de Sofro. El excelso guitarrista nació en 1925, en el hogar confor­mado por Luis Martínez Atencio y María Heredia Rambay. De ellos, unos padres abnegados que procrearon nueve hijos: seis mujeres y tres varones, heredó el amor y la destreza musical.

“Mi abuelo tocaba el tiple por hobbie —me informa Luis Fernando Martínez—. De él, papá escuchó los primeros boleros que hicieron eco en su alma. A mi abuela paterna también le gustaba el canto. De modo que por punta y punta mi viejo tuvo motivos de sobra para encaminarse por la música”.

El violín fue el primer artefacto músico que le llegó a las manos de Sofro. Tenía 12 años cuando su padre se lo regaló. Después vendrían el tiple, la guitarra y los instru­mentos de percusión.

Las correrías vespertinas por el Caño del Estero, allá en su entrañable Pasacaballos, siendo un niño, las rememoraba agradado con sus amigos. El cariño por su tierra natal lo mantuvo vivo en todo momento. “Salí de Pasacaballos hace rato, pero donde quiera que voy lo llevo presente. No soy cartagenero ni turbaquero, ni bolivarense. Soy de Pasacaballos”, pregonaba.

Sofronín Martínez

Cartagena lo acogió como propio. Ahí se pulió en el manejo de la guitarra. Betsabé Caraballo Olascoaga, un humilde y habilidoso fabricante de ese instrumento, lo recibió en el barrio Getsemaní y le clarificó muchas inquietudes. Las clases comen­zaron en 1940.

Seis años después se vinculó como percusionista a la orquesta de los Hermanos Arnedo, en Turbaco. Permaneció cuatro años en ese grupo antes de ingresar, como ejecuntante de los ‘cueros’, a la orquesta Emisora Fuentes.

Tras una serie de formidables actuaciones con la tumbadora, Rafael Fuentes le asignó la misión de tocar la guitarra eléctrica. Surgió, de esa manera, un guitarrista excepcional.

El ensayista e investigador musical cartagenero Enrique Muñoz Vélez, en un ex­tenso y exquisito perfil artístico titulado ‘El trovador de Pasacaballos’ —publicado en la revista ‘Viacuarenta’, en la edición de diciembre de 2001— describió a Sofro como “un músico ganoso en afectos y elogios; parco por momentos, pero excepcional conversador con sus manos nacidas para el arte”.

Con la orquesta Emisora Fuentes debutó en el acetato en dos temas de Carlos Arnedo: ‘El clarinete de Simón’ y ‘La mano descompuesta’. Sofro tocó la tumbadora.

“Mi viejo demostró que era un músico integral —afirma Luis Fernando—. Con la guitarra y las tumbadoras dejó huellas, bien fuera interpretando porros, gaitas, boleros, bambucos o lo que fuera”.

Gracias al poeta Gustavo Ibarra Merlano logró hilvanar una sentida amistad con el inolvidable guitarrista Adolfo Mejía, el gran orgullo de los costeños que interpretó música clásica.

En 1955, Sofro conoció al maestro Francisco Pacho Galán. “A partir de ese encuentro vino la época dorada de mi viejo —asevera Luis Fernando Martínez—. La influencia de Pacho fue beneficiosa”.

Dijo Sofro que entre los trabajos discográficos en los que participó guardaba especial cariño por los que produjo con Alci Acosta, cuando este daba sus pininos como bolerista en el sello Tropical, en 1965.

Fueron varias las naciones que Sofro visitó: Cuba, Panamá, Brasil, Antillas holan­desas y España. Pero de todas ellas, la que más lo maravilló fue ‘Cubita la bella’, a la que consideró madre del son, la guaracha y el bolero.

Precisamente en Cuba —isla que lo recibió en tres oportunidades (1994, 1997 y 1999)— recibió en su última visita, el 24 de junio de 1999 en La Habana, la Medalla Nicolás Guillén, en la Casa Museo Máximo Gómez, por su aporte a la música cubana y la difusión que de ella hizo. Con él estuvo la cantante Cenelia Alcázar. A comienzos de diciembre de ese año Sofro viajó a Bogotá a recibir un homenaje. La emoción fue demasiado fuerte. Se enfermó y duró varios días hospitalizado. Murió el día 22. Sus hijos Luis Fernando, Adolfredo, Jorge Enrique y Cecilia decidieron cumplir su último sueño: sepultarlo en Turbaco. ¡Su recuerdo permanece vivo!

Sofronín Martínez

 

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