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5:00 am. Domingo 31 de Julio de 2022
Opinión
5:00 am. Domingo 31 de Julio de 2022

Desde el viernes 29 de julio que salió la noticia de que Colombia reanudará relaciones con Venezuela, inmediatamente ocurra la posesión del Presidente Petro, los noticieros se inundaron de titulares relacionados con este pequeño pero gran asunto.

La felicidad en las fronteras es evidente y la tristeza de los políticos y ciudadanos contrarios al régimen, palpable. Sin apasionamientos, hay que intentar mirar esta relación como lo que es: política, negocios y pasos en falso, ya que un mal relacionamiento podría generar retrocesos importantes al gobierno entrante.

El ministro venezolano de Relaciones Exteriores, Carlos Faría, recibió al canciller designado de Colombia, Álvaro Leyva, en San Cristóbal, capital del Estado Táchira, ubicado en la que fue una de las fronteras más activas de la región. Maduro tuvo cuatro años muy complejos, provocados por la decisión del gobierno de Iván Duque de realizar un cerco diplomático en contra de la nación vecina.

Sin embargo, con una conducta de ejemplo mundial, Duque acogió a todos los migrantes del vecino país que intentaban hacer aquí una mejor vida.

Maduro se perpetúa en el poder, ante los ojos del mundo, pero no es el único caso en la geopolítica actual; nos rasgamos las vestiduras con Venezuela, pero tenemos relaciones con países árabes que no tienen democracia alguna. Esto no justifica en nada que Maduro tenga serios y fundados cuestionamientos sobre su democracia ya que las instituciones estatales venezolanas se les acusa de estar cooptadas por el Ejecutivo, pero sí permite concluir que los países pragmáticos no personalizan las relaciones consulares y diplomáticas.

Duque no se equivocó al apoyar a los ciudadanos migrantes que huían de Venezuela a este país vecino, que es pobre también. Duque no erró en llamar la atención al mundo sobre lo que sucedía y sucede en Venezuela, era un deber ético en su momento, que el mismo Gustavo Petro hoy Presidente electo realizó también a su manera; empero, como Jefe de Gobierno, personalizó las relaciones diplomáticas para tomarse como propio el caso de “Venezuela” y apoyar, en contra de la economía, el cercamiento del vecino, tal cual como si estuviéramos en plena guerra con el enemigo, el vecino país.

La Unión Europea ha hecho cosas similares con Rusia como lo que Duque y su gobierno hicieron con Maduro, pero allá hay una guerra declarada por lo que sucede en Ucrania y aún así, la diplomacia prima. Por eso, es necesario que el gobierno actual promueva las relaciones bilaterales, pragmatizándolas, sin asimilarse al país vecino.

Es claro que una relación comercial que hace 8 años generaba 6.000 millones de dólares debe retomarse; y es evidente que las dudas sobre las diferentes ramas del poder público continúen en el país vecino y que los delincuentes se puedan refugiar en territorio venezolano es algo preocupante. Una cosa no tiene que ver con la otra. Podemos como gobierno, permitir con figuras jurídicas comunes y prácticas, la relación bilateral comercial para el bien de nuestra economía, luchar conjuntamente para desmantelar todo grupo armado a lado y lado de la frontera e igual, seguir llamando la atención sobre la independencia de los poderes públicos en el vecino país, respetando, por supuesto, la autodeterminación de los pueblos.

¿No es esto pura y física hipocresía? Lo entiendo, pero en las relaciones diplomáticas no lo es. Se considera esto una manera de manejar las relaciones internacionales, lo cual es la base misma de la diplomacia.

La RAE define la diplomacia como sagacidad, disimulo, cortesía aparente e interesada y tal vez, es eso lo que la gran mayoría de la población no ha entendido: Un diplomático no es un activista, es un facilitador que comprende y supera adversidades para mejorar el posicionamiento de un país en su región, en su continente y en el mundo. Colombia puede en el nuevo gobierno saber que lo que sucede en el país vecino es de completa y exclusiva competencia de Venezuela, sin estar de acuerdo en las políticas internas implementadas, pero promoviendo la economía y la colaboración jurídica y militar, de lado y lado.

Tal vez el gobierno Petro logre que Venezuela vuelva a una balanza comercial de 6.000 millones de dólares, ojalá la supere. Tal vez el gobierno de Petro respete la autonomía de las políticas vecinas y exija el respeto por las políticas internas, separándose de chavismos o madurismos de turno. Colombia es una cosa, su gobierno es otra. Venezuela es una cosa, su gobierno es otra. Seguro que en ese punto medio, la retoma de relaciones tendrá un buen devenir.

Esperemos que todo sea para bien, en la retoma de las relaciones con Venezuela, tanto política como económicamente.

Iván Duque, Nicolás Maduro y Gustavo Petro.

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