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Opinión
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El proyecto de Acto Legislativo que propone otorgar la categoría de Distrito Especial Turístico, Cultural, Histórico y Tecnológico al municipio de Puerto Colombia, en el Atlántico, fue aprobado el pasado martes con amplia mayoría al surtirse el segundo debate en la plenaria en la Cámara de Representantes.

Con este proyecto tenemos la oportunidad de saldar una deuda histórica que tiene el Estado colombiano con Puerto Colombia, epicentro del desarrollo del Caribe y de todo el país durante buena parte de la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX.

Con la inauguración del muelle de Puerto Colombia, el 15 de agosto de 1893, se consolidó un sistema portuario multimodal de progreso y desarrollo, el cual constaba de un puerto marítimo (con su muelle), un ferrocarril que lo conectaba con la aduana en Barranquilla, y un puerto fluvial por el que las mercancías encontraban su salida hacia otras partes del país a través del Río Magdalena.

Ese sistema se ideó por la necesidad de adecuar y desarrollar el comercio de Barranquilla para situarlo a tono con la expansión acelerada del comercio exterior del país, y su papel giró en torno a esa función económica. Por ese sistema portuario multimodal circularon dos tercios del comercio exterior colombiano, tanto de bienes de consumo como de medios de producción, incluida la maquinaria empleada para comenzar la industrialización en Barranquilla y en otras ciudades colombianas. Además, por el muelle entró al país cerca del 90 por ciento de las migraciones provenientes de Europa, Asia y de otras partes de América, transformando a Barranquilla en la ciudad más cosmopolita del país, y sumando riqueza cultural gracias a la acogida de nuevas costumbres, gastronomía, música, arquitectura y proyectos empresariales que aportaron los foráneos.

Por ello, no es exagerado decir que el sistema portuario multimodal de Puerto Colombia fue la verdadera ‘Puerta de Oro de Colombia’.

Todo esto cambió cuando la dirigencia barranquillera de la época decidió empezar la construcción del puerto de Bocas de Ceniza, el cual se ubica mucho más cerca del centro histórico de Barranquilla.

A sus ojos, el sistema portuario multimodal daba muestras de ser obsoleto. Por un lado, porque experimentaba problemas de sedimentación que requerían un dragado periódico, y, por otro, su infraestructura física empezaba a quedarse corta ante la demanda comercial, lo cual obligaba a muchas naves a desviarse hacia los puertos de la competencia en Cartagena y Santa Marta. Por eso, en diciembre de 1936 y tras múltiples demoras, sobrecostos y problemas en su ejecución, finalmente inauguraron el Terminal Marítimo y Fluvial de Barranquilla.

En retrospectiva, la decisión de mover el puerto del mar al río no ha dado los mejores resultados. Desde hace décadas el puerto de Barranquilla enfrenta problemas de sedimentación más graves que los presentados por su predecesor, y tiene que ser sometido a constantes y onerosos dragados, obligando a muchas más naves a desviarse hacia Cartagena y Santa Marta. Es una paradoja que sean estas mismas razones las que tienen desde hace años a la dirigencia empresarial y política de Barranquilla buscando cómo sacar adelante el proyecto del superpuerto de aguas profundas, el cual devolvería la actividad portuaria de la ciudad al mar Caribe.

Lo innegable es que desde la apertura del puerto de Barranquilla empezó la debacle de Puerto Colombia. Si hasta ese momento ahí se encontraba el corazón del desarrollo del país, cuando el puerto se mudó al río, ese corazón se quedó sin sangre que bombear.

El abandono al viejo puerto y al muelle por parte del Estado fue total. Incluso, en 1942, una decisión del Gobierno prohibió las actividades marítimas y el atraque de naves en el muelle de Puerto Colombia. La estocada final vino en los años 50, cuando los efectos de los nuevos tajamares -construidos en Bocas de Ceniza para encauzar las aguas del Río Magdalena- dañaron irremediablemente la dinámica de las corrientes litorales. Ello provocó la desaparición de la llamada Isla Verde, una protección natural de las playas municipales contra el embate del mar Caribe, deteriorando al balneario de Puerto Colombia al tiempo que hizo decaer el turismo.

Lo increíble es que cualquier otro municipio al que se le cercene sus vocaciones más importantes, como puerto y balneario, prácticamente estaría firmando su acta de defunción, pero Puerto Colombia ha demostrado ser resiliente, ha sabido reinventarse y hoy está en la mejor forma de los últimos 50 años.

Actualmente, en Puerto Colombia se encuentran los nodos de las universidades y colegios, públicos y privados más importantes del Caribe. Allí está afincada una zona franca en salud con modernas clínicas que exportan servicios médicos, hay desarrollos urbanísticos de gran impacto y, además, se ha convertido en epicentro de importancia tecnológica para el país, pues de allí entran y salen las fibras ópticas que conectan a Colombia con el mundo.

Esta nueva era de Puerto Colombia empezó desde 2007 cuando el Departamento Nacional de Planeación elevó su categoría de ‘vulnerable’ a ‘sostenible’, gracias a su buen desempeño fiscal, y en 2010 lo pasó a ‘solvente’, en el que se ha mantenido hasta el presente, alcanzando la condición de municipio de segunda categoría.

Durante la última década, Puerto Colombia ha demostrado ser financieramente responsable, autosostenible con sus gastos de funcionamiento, tener capacidad de ahorro, de respaldo del servicio de la deuda y de generar sus propios recursos.

El futuro prometedor que proyecta Puerto Colombia necesita, ahora más que nunca, un espaldarazo desde el nivel central. Un empujón que vendrá en forma de su reconocimiento como Distrito Turístico, Cultural, Histórico y Tecnológico con el que podremos poner punto final a las páginas de olvido estatal que por años escribió el municipio y encaminarlo con decisión, ahora como Distrito, hacia el progreso.

Puerto Colombia está lista para recibir el pago de esta deuda histórica. No podemos volver a desperdiciar la oportunidad de hacerle justicia.

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