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4:49 pm. Lunes 16 de Noviembre de 2020
Opinión
4:49 pm. Lunes 16 de Noviembre de 2020

En lo que respecta a Donald Trump, Estados Unidos podría comenzar su segunda guerra civil mañana mismo. El actual presidente, perdedor de las elecciones del pasado 3 de noviembre, continúa negando la victoria de Biden por un supuesto fraude masivo para el que, curiosamente, las evidencias son masivamente escasas –si no es que inexistentes-. Trump tiene poco que perder, en el mejor de los casos los estadounidenses se matan por él y si juega bien sus cartas puede hasta ser emperador; en el peor de los casos, la rama judicial desestima todas sus demandas, el congreso lo desconoce y algún amable miembro del Servicio Secreto lo escolta hasta la salida de la Casa Blanca agarrado del brazo en enero. Pierde muy poco, y en cualquier caso siempre será un mártir, nunca un perdedor, aunque su país lo pierda todo.

El magnate nunca debió llegar a ser presidente de nada, mucho menos del país más poderoso del mundo. Se trata de un sociópata ignorante, incapaz de pensar en términos diferentes a los del beneficio personal. En todo caso, el problema es que antes de las votaciones en las que los norteamericanos lo eligieron no había indicios de su verdadera naturaleza, sino pruebas objetivas, claras, obscenamente evidentes y, sin embargo, fue elegido y este año, aunque haya perdido, contó con el apoyo de más de 70 millones de personas. La cuestión es ¿por qué pasó esto? y ¿debemos aceptar un mundo en el que es posible que estas cosas pasen?

Lo cierto es que las elecciones en Estados Unidos y la atípica -por decir lo menos- situación generada por el saliente presidente me han remitido a algunos de los temas tratados durante mis cursos de teoría a comienzos de mis estudios en Ciencia Política y, especialmente, al libro del profesor de filosofía política de la Universidad de Georgetown Jason Brennan: Contra la democracia. En el texto, el filósofo defiende la idea de que la democracia es una forma más bien perversa de gobierno, que impone grandes costos sobre personas inocentes a costa de un derecho fundamental ilegítimo.

El problema con la democracia es, básicamente, el problema de la ignorancia racional de los votantes. Aunque el voto agregado de todas las personas de un país tenga consecuencias muy importantes sobre el destino de una sociedad, el voto individual de cada persona que vive en ese país no tiene ninguna importancia, es virtualmente imposible que un voto haga  la diferencia. La persona promedio no tiene ningún incentivo para esforzarse en estar bien informado sobre política y economía al momento de hacer un voto y, por lo tanto, la mayoría de votantes votan desinformados. Pasa en Colombia, pasa en Estados Unidos y pasa en todas partes.

Como ya lo he dicho antes, el problema es que el voto que en un marco individual no significa mucho, en el plano general de las cosas implica demasiado. En este sentido, el voto en democracia no da el derecho a decidir para mí, sino el derecho a decidir sobre otros. Este derecho -según Brennan al menos- no existiría, lo que sí existe es un derecho fundamental a ser protegido de la ignorancia de otros y, con el tiempo, se me ha hecho cada vez más difícil no estar de acuerdo con él.

Así pues, la respuesta a por qué Trump pudo llegar a ser presidente de los Estados Unidos estando perfectamente descalificado para serlo es, simplemente, que la mayoría de los votantes estadounidenses no tienen ni idea de qué es lo que están votando. Se pueden buscar otras razones más elaboradas, que el cansancio del blanco obrero americano, que el miedo de una generación conservadora que se enfrenta a un cambio intempestivo, que el desgaste de los demócratas por tener que manejar la crisis de 2008, todo esto no son más que ecos, intuiciones, presentimientos en la mente del votante promedio, que vota con la tripa.

El sufragio universal es un logro conquistado tras siglos de luchas contra órdenes sociales injustos e ilegítimos. Sin lugar a dudas, no hay nada que justifique prohibir a una persona participar del sistema político de su país por ser mujer, negro o pobre, sin embargo, el hecho de que existan razones no justificadas para prohibir el voto no significa que no existan razones justificadas para prohibirlo. Probablemente la ignorancia extrema es una razón justa para prohibir a alguien participar en el sistema político de un país. En este sentido, Brennan propone en su libro considerar los beneficios de pasar de una democracia a una epistocracia, un gobierno en el que los que decidan sean solamente las personas que realmente tengan los conocimientos para hacerlo.

Aunque hablar en contra de la democracia sea un tema tabú cuando menos, lo cierto es que es necesario que nos empecemos a plantear seriamente las consecuencias de un sistema que ni incentiva a estar bien informado, ni castiga la ignorancia. Las democracias modernas se encuentran en crisis y Estados Unidos es solo el epítome más reciente de esta realidad. Quizá es momento de restringir ‘libertades’ políticas que no son debidamente utilizadas, para asegurar libertades y beneficios civiles que, al fin y al cabo, son lo que realmente percibimos en nuestra vida diaria.

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