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10:20 am. Miércoles 14 de Octubre de 2020
Opinión
10:20 am. Miércoles 14 de Octubre de 2020

Ha comenzado una tendencia en el mundo que hace que reafirmemos y valoremos nuestras raíces, que tengamos mayor sentido de pertenencia con el territorio. Estatuas de conquistadores en diferentes lugares del continente, caen y se convierten en escombros. Es como si hasta ahora, estuviéramos despertando del letargo e hipnotismo que hace siglos nos produjo el hielo, las lentejuelas, los espejos y miles de baratijas más. Los entendimos como una raza superior, con poder y dominio. Las costumbres, idioma, creencias, que en principio fueron una imposición, al final, terminaron quedándose y construyendo una metamorfosis de lo que éramos, para bien o para mal. Nos convertimos en una mixtura subyugada, que concluyó honrando al más fuerte, el del predominio de las armas, el que nos arropaba con un mundo nuevo y que al tiempo se apropiaba de lo mejor de nuestro patrimonio, incluido sudor y lagrimas.

Desde entonces, nos envenenaron con la idea de que todo lo bueno tenía que venir de afuera, debía tener el aspecto de los conquistadores; y lo malo, todo lo que representaba el pasado, eso que aparecía con el rostro de nuestra estirpe. Tradiciones y valores ancestrales que acabaron quemándonos por muchísimo tiempo, porque nos vendieron el sofisma de incapaces.

Pues bien, en el barrio Getsemaní de Cartagena en 1909, nació un morocho al que le pusieron por nombre Agapito de Arcos, y que luego reconoceríamos con el seudónimo de Jorge Artel, que con su poesía osó desafiar ese estatus quo que prefería lo extranjero. Con sus letras se introdujo en el corazón de la nación, y desde allí fortaleció las fibras que nos afincaban con la tierra, pues coadyuvó a la creación de la memoria existencial de toda una colectividad. 

Con la poesía de Jorge Artel se generó un proceso que se registra entre la sociedad y la cultura como una transición entre el mundo colonial y la modernidad literaria. Siempre estando al margen de los estándares de la gramática española. Lo de él era el coloquialismo y el diálogo con sus ancestros. Una visión estética alejada de los movimientos literarios que como era tradicional, se apegaban con determinación a los derroteros que llegaban de otras latitudes.

Pero como lo foráneo seguía siendo lo más valorado por la comarca, su obra se empezó a conocer y a divulgar de mejor forma a partir de 1948, precisamente porque terminó siendo también uno de afuera. Construyó gran parte de su trabajo en el exterior, desde un exilio voluntario, después de que lo amenazara de muerte el gobernador de Bolívar, por pertenecer al movimiento liberal de Jorge Eliécer Gaitán.

La labor literaria de Jorge Artel fue contemporánea con la de los poetas de la generación “Piedra y Cielo”, que, como él, también fueron transgresores del lenguaje, en el sentido de incorporarle palabras de uso popular. Estos poetas igualmente influyeron en la construcción de un sentimiento colectivo patrio con mayor arraigo en lo propio. El hecho de que Artel se declarara a sí mismo “el poeta negro de Colombia” y se ubicara en Cartagena, fueron motivos para su exclusión del selecto grupo de poetas nacionales que brillaban en el centro del país.

El grupo “Piedra y Cielo”, que lo conformaban: Jorge Rojas Eduardo Carranza, Arturo Camacho, Carlos Martín, Darío Samper, Gerardo Valencia, y Tomás Vargas, decidió  romper con la idea de que la poesía debía ser inteligente en vez de sentimental, ligada al cerebro en vez del corazón. Fue tan notable el predominio de este grupo, que en una entrevista publicada el 28 de abril de 1981 por la revista Cromos, Gabriel García Márquez señaló: “… La verdad es que si no hubiera sido por “Piedra y Cielo”, no estoy muy seguro de haberme convertido en escritor. Gracias a esta herejía pude dejar atrás una retórica acartonada, tan típicamente colombiana...”.

En realidad, se trataba de la poesía moldeando el pensamiento de la ciudadanía en general. Para estos poetas, la palabra libre y la imaginación eran el presupuesto básico que requerían para mover al mundo. A todos ellos, nuestro reconocimiento. Más que estatuas derribadas, lo que necesitamos es más poesía de nuestras entrañas que venga a recordarnos nuestra historia y lo importante que somos. La poesía debe volver.

Fotografía del monumento de Sebastián de Belalcázar que fue derribado por comunidades indígenas, este miércoles, en Popayán (Colombia)

 

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