Unimetro
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5:00 am. Lunes 16 de Noviembre de 2020
Opinión
5:00 am. Lunes 16 de Noviembre de 2020

Desde el lunes de la semana pasada, los peruanos salen a las calles para protestar por la destitución de Martín Vizcarra a través de la moción de vacancia por incapacidad moral y tras la renuncia de Manuel Merino a la presidencia interina este domingo, quien era el reemplazo del mencionado Vizcarra recién destituido, no se sabe realmente qué va a pasar en el Perú.

Ya van 2 jóvenes muertos, de 21 y 24 años respectivamente, cientos de heridos y más de 40 desaparecidos. La Policía ha empezado investigaciones.

La ciudadanía inconforme con el reemplazo de Vizcarra, quien además era el reemplazo de otro presidente, Pedro Pablo Kuczinsky (PPK), demuestra lo débil que puede llegar a ser la gobernabilidad en los gobiernos latinoamericanos.

El Congreso ha aceptado la renuncia de Manuel Merino, sesionará extras y nombrará una nueva mesa directiva, ya que el Presidente de la República quien era el mismo Presidente del Congreso y sus ministros han dimitido a su labor.

Las protestas, cuyos asistentes son mayoritariamente jóvenes, fueron convocadas a través de las redes sociales, con más de 40 puntos de concentración en todo el país: Arequipa, Trujillo, Cuzco y Lima, entre otros. Es el mismo modus operandi en todas partes. Esto ya se ha vuelto frecuente en el mundo y el Perú no es la excepción; esto debe llamar nuestra atención. En 4 años, Perú ha tenido 3 presidentes, repito. Estos sistemas democráticos donde se hace necesario negociar con el parlamento unicameral para mantenerse en el poder, no han demostrado ser el mejor remedio para la estabilidad. La oposición, fujimorista, se encuentra en el Congreso y sus contrarios, en la presidencia. Toda esta desestabilización ha sido provocada ante el destape del escándalo de corrupción más grande de la región de los últimos tiempos, Odebrecht, que en Colombia no ha logrado sino condenas de cargos medios o nada relevantes.

Sin embargo, Vizcarra no es un santo; cuando asume el poder, en vez de dialogar, intenta acaparar y de manera arriesgada, pero torpe, realiza una jugada maestra: disolver el parlamento para que sea el pueblo quien escoja nuevamente al Congreso, que esperaba fuera mayoritario a sus intereses. Creyendo tener el apoyo popular, similar al famoso referendo que Santos hizo para el proceso de paz, se cristalizó el peor error de su corta carrera presidencial que lo tiene hoy destituido.

El constituyente primario habló, pero sin avalar la intención presidencial y renovó el Congreso de la Nación pero hacia una tendencia de derecha; si bien los fujimoristas perdieron escaños, el Congreso siguió conservador, dando el constituyente primario un golpe sobre la mesa. No se presume que la gente quiere lo que necesariamente quiere el país y su presidente.

Así, la disolución del Congreso, no logró nada favorable a su mandato y lo que hizo fue fortalecer la oposición en su contra, quienes llegaron buscando los trapos sucios de Vizcarra en las licitaciones públicas. Si bien Vizcarra niega todo, donde el río suena piedras trae y es bastante complejo, sino suicida, meter las manos al fuego por los políticos de turno. Así, se mascó su salida forzosa, dándole un poco de su propia medicina.

De esta manera, la inestabilidad política es la regla en Latinoamérica y la corrupción la que mancha presidente tras presidente en nuestra región, estando aparentemente todos cortados con la misma tijera. Perú debe escuchar al constituyente primario, donde existen protestantes que defienden al destituido Vizcarra pero que también habló a través de una mayoría legislativa que votan por sus contrarios.

¿Cómo lograrlo? Eliminando la trumpilización o chavezisación de nuestras democracias, eliminado la textura abierta de las normas sancionatorias, definiendo de manera estricta y precisa las causales de inhabilidad moral en Perú y aplicando de una vez por todas la Carta Democrática Interamericana, que sigue siendo invocada demasiado tarde.  

¿Qué viene? Elecciones en abril del 2021 las cuales deben aprovecharse para eliminar la reiterada inestabilidad, dándole primacía a la democracia representativa, promoviendo la separación e independencia de los poderes públicos, separar el legislativo del presidencial y sobre todo del judicial y el respeto institucional y ciudadano al Estado de Derecho sobre todas las cosas; en pocas palabras, aplicando la mencionada Carta Democrática Interamericana.

Este grupo de ciudadanos que hoy ejercen la protesta como fenómeno social y derecho común a los pueblos, debe iniciar acciones institucionales que permitan a la comunidad internacional solicitar la aplicación de dicha Carta antes que sea demasiado tarde, dejando a un lado las vías de hecho; porque así no lo quiera, en el Perú se corre el riesgo de que su proceso político institucional y legítimo sea manipulado, justificándose en la voz de la ciudadanía en las calles; una visita, inspección y garantía de gobiernos independientes e imparciales al proceso, que permitan cuidar la democracia sobre cualquier otro principio fundamental, evitaría la propagación de intereses caudillistas y populistas en una población que sabe quejarse pero no necesariamente entender las fuentes, orígenes y fundamentos de sus quejas. Antes que suceda esa alteración que afecte gravemente su orden democrático, el Perú debe pedir ayuda internacional a los organismos multilaterales para evitar que propósitos internos partidistas primen unos sobre otros, generando venganzas y no triunfos, ante la imposibilidad de diálogo entre extremos, donde se deslegitiman todos y no acuerda ninguno.

Si así se hubiese hecho en Venezuela, otra sería la historia; si así se hubiese hecho en otros países hoy no estaríamos rodeados de caudillistas eternos que re-bautizan países, re-escriben la historia y suprimen garantías constitucionales. Hermanos peruanos, abril 2021 es el plazo fatal para ordenarse, so pena de que entre el diablo y escoja; si dejamos que los que más ruido hacen escojan el sistema, no habrá luego quien baje el clamor populista del ejecutivo, del legislativo, del judicial, de las relaciones internacionales y de toda institución democrática que perdería su pluralismo y así su esencia, haciendo la democracia para unos pocos y las expropiaciones de derechos para todos los contrarios.

Ojalá que algún buen político en Perú lo vea, se anticipe y evite, así sea con miedos infundados y adelantamientos a situaciones que no sucederán, pero que siempre será mejor evitar. Tal vez llamar a observadores internacionales parezca exagerado, pero de nuevo, así lo pensaron en Venezuela y creyeron que no pasaría nada y miren. Superficialmente, Perú no corre ese riesgo ahora, pero Venezuela tampoco lo corría cuando llegó Chávez al poder; entonces, es poco probable que Perú sufra un rompimiento democrático, pero ¿y si sí? A todas estas voces hay que oírlas, legitimarlas, darles participación, pero siempre bajo la base de la tolerancia mutua, la negociación y no la imposición política, respetando la democracia, los derechos humanos y las libertades individuales.

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