Unimetro
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10:13 am. Miércoles 25 de Noviembre de 2020
Opinión
10:13 am. Miércoles 25 de Noviembre de 2020

Nos movemos en sociedades cada vez más complejas y que aspiran a ser abiertas y pluralistas. Hemos elevado, atributos básicos de la democracia, al nivel de valores de convivencia que componen, como dice Adela Cortina, una ética cívica compartida. Valores como la libertad, la igualdad, la solidaridad, el respeto y la actitud pacífica de diálogo, se nos han proyectado como elementos orientadores de un pacto social que promueva la relación armónica entre los individuos y entre cada una de las organizaciones que construyen el entramado social entre la familia y la sociedad.

Lo anterior parte de la premisa de que las democracias actuales precisan, para mantener un pluralismo cívico, no caer en consideraciones de un monismo totalitario y tampoco de un relativismo extremo. Es decir, una sociedad plural, abierta y democrática se encuentra equidistante de un sistema sociopolítico impuesto por un único grupo ideológico y que establece como obligatoria su propia ideología, como también de una permisividad total para todo tipo de grupos ideológicos, incluyendo los que propugnan la violencia. La postura totalitaria ha sido desacreditada por la experiencia histórica (aunque aún sobreviven algunos grupos que defienden posturas parecidas), pero la tendencia al relativismo moral, en una época que ha elevado a nivel de conciencia que la verdad se construye y, por ende, pueden existir tantas verdades como individuos que las defiendan. En la práctica, aterrizando los conceptos, podríamos afirmar que ambas posturas coinciden en que no es necesaria la búsqueda de la verdad. Para la concepción monista totalitaria se plantea que la verdad subyace a la ideología única y propia, mientras que la concepción relativista considera que la verdad no puede ser buscada y encontrada ya que debería permitirse la existencia de todos los grupos ideológicos, con todas las consecuencias que ello puede acarrear.

La idea del pluralismo democrático se proyecta como un ideal que requiere de un compromiso ético y que parte de elevar una verdad consensuada sobre la base de reconocer una sociedad abierta, en que los más variados grupos ideológicos y culturales mantienen lealtad a ciertos principios que permiten una convivencia justa y pacífica , tales como la igualdad en dignidad y libertades, el respeto activo, la solidaridad y la renuncia al uso de la violencia para enfrentar los conflictos privilegiando el diálogo. Sin duda que todo esto suena muy bonito, promoviendo un escenario que algunos pueden considerar más utópico que real. Recordemos que cuando Tomás Moro escribe su célebre “Utopía” venía a proyectarnos esta misma situación, la descomposición etimológica de la palabra significa literalmente,  “en ningún lugar”. Si miramos el escenario político mundial y muy especialmente nuestra convulsa Latinoamérica de los últimos años, nos hacemos la misma pregunta que el santo Católico, ¿en qué lugar encontramos hoy una sociedad abierta, pluralista y democrática que no esté propensa a caer  en tendencias totalistas o en el relativismo extremo que entrañan consecuencias igual de negativas y funestas? No tengo respuesta al respecto.

Pero nada nos impide soñar, nada  nos niega la posibilidad de aspirar a una convivencia social justa que garantice al máximo una sociedad abierta, pluralista, equitativa y sostenible  en el que sean respetados unos principios éticos básicos por parte de todos los grupos que conforman la sociedad plural. Lo anterior se logra cuando todos los grupos, ideológicos y culturales, coinciden en el compromiso de respetarse mutuamente  y de colaborar en conjunto para generar relaciones armoniosas que enfrenten sus conflictos de manera dialogada, desde la base de unos valores compartidos que todos y cada uno de los diferentes grupos pueda mantener desde su propio punto de vida, es decir un diálogo entre ideologías, entre manifestaciones culturales desde los valores compartidos. Suena bonito en el papel.

Más allá del sueño, podemos aventurar la posibilidad de ciertos acuerdos al respecto que nos permita aspirar a dicha situación tan ideal. La primera idea que, como profesor comprometido, se me viene a la cabeza, es que debemos educar ciudadanos que crean, reconozcan y valoren una sociedad pluralista sobre la base de determinados valores compartidos. Sin duda que no estoy descubriendo la pólvora con lo que digo, muy por el contrario, estoy cayendo en una práctica muy común por estos días, en que creemos que todo lo podemos resolver a través de la educación. Sin duda que lo comparto, creo en la educación como un factor potente y de cambio y, por lo mismo que creo que hay que educar en matemáticas, en lenguaje, en historia, en ciencias, en fin, también hay que educar en ciudadanía. La pregunta que me asalta al respecto es ¿quién debe educar en ciudadanía?

Los comentarios generales a los problemas más variados que presentan nuestras sociedades decantan, comúnmente, en la falta de educación. Si las personas no tienen hábitos alimenticios saludables, tenemos que crear una nueva asignatura sobre alimentación y vida sana; si no manejan temas como el endeudamiento, debemos es necesario un nuevo ramo sobre educación financiera; si no votan, no participan de la cosa política, no se empoderan de sus derechos y responsabilidades, debemos instalar  un subsector  de educación ciudadana; si caen en la adicción, la violencia, los accidentes de tránsito, el reciclaje, en fin. Si a esto le agregamos que muchas responsabilidades de la familia se han traspasado a la escuela y que los niños y adolescentes pasan más tiempo en los establecimientos educacionales que con sus familias, que la vida “moderna” ausenta a los adultos responsables del hogar privilegiando la posibilidad de proveer de elementos materiales al grupo, que la sociedad ha politizado muchas de las prácticas formativas de la escuela sobre la manera de resolver sus conflictos internos,  en donde han proliferado una serie de protocolos referidos a la violencia intrafamiliar, al consumo de alcohol y drogas que terminan judicializando aspectos que la escuela, colegio o liceo resolvía de manera privada, nos resulta muy difícil reconocer las responsabilidades específicas de la familia, de la escuela y de la sociedad con respecto a la educación de las futuras y actuales generaciones.

Es aquí donde se me viene a la cabeza el proverbio africano que reza que “Para educar bien a un niño hace falta la tribu entera”. La escuela cumple un rol co educacional con la familia, por lo que la familia no puede desligarse del proceso formador de sus hijos e hijas. Por otra parte, la escuela no cumple sólo un rol instruccional,  por el contrario debe aspirar siempre a educar a través del currículo implícito y explícito, pero también las autoridades, los medios de comunicación, los personajes anónimos que forman nuestra sociedad o los otros colectivos sociales intermedios entre la  familia y el Estado deben asumir su responsabilidad al respecto. La enseñanza, como actividad social, no es, ni puede ser responsable de todo el proceso educativo, la familia y la sociedad en su conjunto tienen su propia parte de responsabilidad en la tarea educativa.

Debemos ser capaces de lograr al respecto dos elementos que me resultan fundamentales para educar para la vida buena y plena, para una convivencia dialogada, pacífica, respetuosa y solidaria: la primera es que debemos ser capaces de reconocer la importancia que cada una de las instituciones tiene en el proceso formador de los niños y niñas y, en segundo término, alinear desde la familia, pasando por la escuela y hasta las organizaciones más complejas de la sociedad, una serie de valores básicos que permitan, más allá de las diferencias ideológicas o culturales, una convivencia que favorezca una vida plena.

Para el primer elemento debemos reconocer que la escuela no es la familia y por ende no la puede reemplazar. No podemos sobrecargar a los maestros y profesores con responsabilidades que son propias de la familia, de los medios de comunicación, de las autoridades o de los demás colectivos sociales. Por otro lado, la escuela no puede pretender que su tarea exclusiva es la instrucción, el profesor, la profesora educa mientras enseña, educa con lo que dice, con lo que hace, con lo que deja de hacer y con lo que deja de decir, todo lo cual es extensible a los adultos significativos que componen el ámbito familiar más cercano y también para los modelos que la sociedad impone. Los poderes públicos deben dar señales oportunas para que las familias, los medios de comunicación, la publicidad, los medios de ocio y de entretención asuman su cuota de responsabilidad en este ámbito.

En cuanto al segundo elemento resulta ser fundamental, sin desconocer la existencia de diferentes ideologías y las más variadas expresiones culturales, establecer un consenso que sea capaz de alinear los roles de cada uno en el proceso educativo sobre la base de valores fundamentales y que no se generen contradicciones como con las convivimos a diario: si pretendemos que las familias y la escuela educan en el amor, la solidaridad y el respeto, resulta altamente confrontacional,  con una sociedad que divide a las personas entre exitosos y fracasados, que favorece una competencia aberrante y propende a un individualismo asocial que va en contra de los valores fundamentales que definen una convivencia pluralista, inclusiva, solidaria, respetuosa. Como lo plantea la profesora y pedagoga Nélida Zaitegi, “Para educar bien a un niño hace falta una buena tribu

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