Unimetro
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5:14 pm. Lunes 29 de Marzo de 2021
Opinión
5:14 pm. Lunes 29 de Marzo de 2021

Mi padre enfermó de Covid-19 el 22 de marzo de 2021, exactamente un año y dos días después de que yo decidiera volver de Ciudad de México, donde estudiaba una maestría en ciencia política desde 2018. En aquel momento volaba huyéndole a los cierres de aeropuertos que empezaban a generalizarse en todo el mundo, asustado de una enfermedad de la que no sabía nada, pero que me resultaba bastante ominosa. Básicamente no quería enfermar solo en una ciudad extraña y quería poder ayudar a mi familia por si llegasen a necesitarme.

La verdad volé sin el ‘permiso’ de la dirección del programa de posgrado, una decisión que, probablemente, no iba muy de la mano con los rigurosos estándares del sitio en el que estudiaba –estándares que no se habían medido nunca frente a una pandemia-. Aún recuerdo la respuesta al correo en que notificaba mi salida del país, un cuidadoso uso de palabras en el que, diciendo que no sabían si era lo más ‘prudente’, decidían respetar mi libre albedrío sin jamás decirme que había hecho lo correcto. Hoy estoy seguro de haberlo hecho.

No se trata solo de que me habría quedado en México varios meses después del final de mi posgrado, sino que, conociendo ahora la enfermedad de primera mano, entiendo que, sin duda, mi familia habría necesitado mi ayuda en ese entonces como igual la han necesitado ahora. Esta es la primera verdad que he aprendido de la experiencia de ver a mi padre enfermo durante la última semana, el coronavirus es una nueva forma de ‘estar’ en el mundo, una en la que la precaución debe ser constante, no un interruptor para encender mes de por medio.

Apenas dos días antes de que el test de hisopado de mi padre diera positivo, en una reunión con amigos, había dicho que estaba cansado de este mentado virus. Me expresé mal, no estaba cansado del virus per se, estaba cansado de sus medidas especiales, de las noticias hablando siempre de las mismas cosas, de la burocracia lenta, del fin del mundo que nunca había llegado, de las muertes a cuentagotas, de la exageración… Y va la vida y me da una bofetada de esas que te dan vuelta a la cara.

Dos amigos cercanos ya habían tenido el virus y, a mi entender, lo pasaron como una mala resaca. Una gripe fuerte bastante cansada que tenía la particularidad de dejarte encerrado. Como en tantas otras cosas, con el coronavirus la juventud es engañosa. Definitivamente esta enfermedad no es solo una ‘gripe fuerte’, es una amenaza seria al cuerpo. Lo que sucede es que amenazar seriamente a una máquina que durante miles de años ha evolucionado para, ante todo, sobrevivir, no es tan sencillo.

Agrega algunas enfermedades previas a la mezcla, no obstante, y la cosa ya no es tan simple. Precisamente, mi papá que sufre de hipertensión y tiene problemas renales, es una máquina que, por el desgaste de los años, ya no puede pasar el coronavirus sin darse cuenta, por supuesto que nos hemos dado cuenta. El primer día del diagnóstico todos estábamos optimistas, sin embargo, con el pasar de los días el cansancio aumenta, la persona ya no quiere hablar y, en silencio, la preocupación se asienta.

Como cualquiera puede leer en internet si lo busca, y como nos han dicho los doctores que han estado atentos a la situación, la Covid-19 es una enfermedad imprevisible que se caracteriza por empeorar cuando el cuerpo empieza a combatirla, ese es el problema, que el mismo proceso de eliminación nos pone en riesgo. Algunas personas pasan la enfermedad casi sin notarlo, mientras que otras se complican, lo único cierto es que nadie debería sentirse seguro hasta haber pasado el mal trago con total certeza.

¿Alguna vez hemos visto los ojos de una persona que teme por su vida?, ¿qué tal si esos ojos son los de un familiar? Al cuarto día podía notar, tras la testarudez casi infantil de mi padre por expresar sus síntomas, el miedo de una persona que empieza a preguntarse si va a poder salir de esta situación. Entonces empiezas a leer, ves que en el examen de sangre los niveles de ferritina –algo así como el hierro que almacenan las células- están demasiado altos y que un nivel alto es un factor de riesgo estadísticamente significativo para resultados desfavorables. Aunque sabes de estadística, lees ‘significativo’ como si fuera indicativo de la magnitud del efecto, y el miedo termina de asentarse. Dejas ir a la rutina.

El viernes mi papá ingresó en el hospital por la puerta de urgencias y no lo he vuelto a ver, el vacío que ha dejado en el hogar es grande y, aun así, no puede ni compararse con la soledad con la que él debe vivir el transcurso de su recuperación. Nadie puede explicar eso, y yo lo único que hago es imaginarlo en un ejercicio de empatía vacío, este virus de mierda tiene como síntoma incuantificable una tremenda soledad. 

Al mismo tiempo las noticias de los picos de contagios en el país suenan como ruido de fondo, entre el desfile de ambulancias y carros de seguridad médica que, a día de hoy, siguen marchando por las calles. No sé si mi situación personal me hace ver ahora más claro lo que antes mi cerebro descartaba, o si realmente estamos ante el peor embate de la pandemia, probablemente una mezcla de ambas.

Hemos evolucionado para actuar ante situaciones bien definidas, nuestra mente se vuelve torpe, estúpida, frente a los matices. Por eso veíamos al comienzo –o vemos- a los que hacían fiestas un día, de rodillas al siguiente; haciendo estatuas a los médicos una semana, para a la siguiente arrojarles piedras. No estamos listos para una tragedia que se camufla entre los resquicios de la normalidad.

20 pistolas y una bala

En Colombia la tasa de mortalidad por Covid-19 está en alrededor del 2.6% si tomamos los casos reportados contra las muertes. Si pertenecemos a cierto grupo de edad, sin comorbilidades previas, ese número puede bajar del 1%; si pasamos de 70 años y añadimos comorbilidades, el número puede subir, quizá llegar al 10% o más... Por simplificar las cosas, imaginemos que una persona mayor que no está en forma y tiene hipertensión puede llegar al 5%.

¿Le pondría usted a su familiar al frente 20 pistolas, con una cargada, y le diría que escoja una y se la dispare contra la frente?, ¿lo haría usted mismo?, ¿con cuántas pistolas sí lo haría?, ¿40, 60, 100?... Aunque no lo entendamos así, correr riesgos innecesarios con el coronavirus es hacer exactamente eso, jugar a la ruleta rusa.

Si escuchamos historias de 20 personas que escogieron un arma y se la dispararon contra la cabeza, y no les tocó la bala que les destrozara el cráneo, no disminuiría el riesgo que asociamos a la acción. Pero con el virus sí, escuchamos 10, 20 historias de conocidos que les tocó y no les pasó nada y nos imaginamos que el riesgo es menor al que suponíamos inicialmente. Como decía antes, nuestra mente es, en ocasiones, estúpida por naturaleza.

Con la pistola, además, si no nos toca la bala, un disparo vacío acaba con el juego y seguimos adelante con nuestras vidas, con el coronavirus no es así. Esquivar la bala no significa esquivar los días de angustia, la sensación de ahogarse, no poder levantarse, pasar varios días completamente aislado, con tanto cansancio que hasta escribir un mensaje por Whatsapp se nos haga pesado. Estas son las cosas para las que ninguna campaña de prevención pública puede prepararnos.

¿Cómo te contagias?

Mi papá se contagió, probablemente, por salir a trabajar y por una serie de problemas imprevistos que le llevaron a tener que recurrir al transporte público casi a diario y renunciar al viejo carro que lo llevaba a todas partes desde hace 15 años. Eso supongo, pero la verdad no lo sabremos nunca con certeza. Sin ser una persona de salir activamente a muchos sitios y, ni por asomo alguien ‘parrandero’, le tocó vivir lo mismo que han vivido personas menos interesadas en su salud personal.

No fuimos sus hijos los que le llevamos el coronavirus a la casa, que, por lo demás, también hemos tenido un comportamiento de prudencia relativa ante la pandemia, simplemente no es claro cuál es el momento en que esta enfermedad te puede saltar encima y ocupar con angustia los lugares donde habitaba anteriormente la cotidianeidad.

No es viable pretender pedir a toda la población que deje de vivir por completo para evitar que el virus se propague, ya sea por razones económicas o por simple diversión, la vida hay que intentar vivirla, aunque estemos en pandemia, sino, ¿para qué vivimos? Pero hay que ‘vivir’ menos, esa es la realidad que cuesta comprender.

No puedo terminar este texto en una nota completamente feliz, mi papá sigue transitando el curso de su enfermedad, tiene una neumonía moderada, sigue cansado y con algunos problemas para respirar, pero al menos ya no tiene fiebre, y eso es una buena señal. Creo que las cosas saldrán bien, que lo que está viviendo es lo normal para quienes experimentan una versión moderada de la enfermedad, pero, precisamente, eso es lo más aterrador del virus. Si la versión moderada es tan dura, no puedo siquiera imaginar el infierno que han de vivir quienes pasan por una versión severa.

Por lo demás, esta enfermedad te hace reordenar las prioridades en un mundo en el que, a veces, asignamos a las cosas absolutamente más estúpidas un peso que no merecen. El valor de un abrazo, de poder conversar con una persona frente a frente, la seguridad que damos por sentado de poder verle mañana, ¿cuántos de esos días no desperdiciamos a veces en otras partes? Siempre he pensado que escribo las cosas porque cumplen un propósito, por cumplir un ‘fin objetivo’, si, quizá, esta experiencia ayuda a comprender esas verdades a algunos, mientras estamos a punto de entrar a una alerta roja hospitalaria, asumo que habrá servido para algo.

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