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5:00 am. Viernes 27 de Noviembre de 2020
Opinión
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Diego Armando Maradona, en la cúspide más alta del fútbol mundial. El ídolo de los argentinos y, para quienes, el más grande de la historia. El “Dios del fútbol”, de ese maravilloso espectáculo que solo los genios pueden dar en el rectangular campo de batalla donde se miden fuerzas y virtudes; donde la caprichosa titila vertiginosamente de un lado a otro en procura de una red que se estremece al contacto de un fuerte zapatazo.

La historia lo ubica entre los finales de los setenta, trascurriendo en años maravillosos hasta mediados de los noventa de un siglo pasado y los inicios del nuevo XXI. Fulgurante carrera deportiva, enmarcada en rutilantes y espectaculares acciones de habilidad, destreza, desequilibrio y goles de todas las marcas. No formó parte del Mundial de Argentina 78 por capricho del técnico Menotti que prefirió reservarlo para el mundial sub-20 del siguiente año. Conquistada de todas maneras  por los gauchos y con un Diego Armando que comenzaba a hacer historia.

Su paso por Argentinos Juniors le abrió el camino europeo con paso exitoso aunque no brillante en el Barcelona de España. Fue allí un primer capítulo transitado para llegar seguidamente al Napoli de Italia donde cosechó grandes triunfos convirtiéndose en ídolo de una azurri italiana que lo endioso como a nadie más.

Fue luz y sombra, alegría y tristeza, cielo e infierno. No tenía término medio como él mismo afirmaba, Tan genial en la cancha desplegando toda su sapiencia futbolística para regar ingleses por doquier y enmarcar al portero inglés el calificado desde entonces mejor gol de los mundiales. Gol con el que rubricaría aquel primero en el mismo juego ante el mismo rival y escrito  para la historia como “La mano de Dios”. Su autor, diría tiempo después “aquel gol de la mano fue como robarle la cartera a los ingleses”. Una clara alusión de revancha por la frustrada recuperación de las Islas Malvinas donde el imperio británico impuso su condición sumiendo a los argentinos en amarga derrota de independencia.

“Soy blanco o soy negro, pero no soy gris”, una de sus famosas frases ripostando en una rueda de prensa tras la clasificación al Mundial 2010  de Sudáfrica en respuesta a periodistas que cuestionaban severamente su actuación como técnico de la selección argentina. 

Tan indescifrable en la cancha driblando y eludiendo rival como aquel 21 de junio del 94 cuando le anotó a Grecia un bonito gol, como desencajado y amenazante se transformó su rostro frente a las cámaras pareciendo reclamara a sus detractores. Sería su última anotación. En el partido siguiente (24 de junio) ante Nigeria ganado por Argentina 2-1 Maradona al finalizar al juego salió de la cancha acompañado de una enfermera. Presagio de algo turbulento y nebuloso para su carrera deportiva. La prueba al doping saldría positivo. Maradona fue expulsado del campeonato y sancionado quince meses. “Me cortaron las piernas” diría en rechazo a la sanción impuesta que le alejaría de competencia.

Diego Armando Maradona

En fútbol, lo hizo todo de manera sensacional. Pero igual, fuera de la cancha todo lo volvió nada. Su pie izquierdo hacía retozar feliz el balón que imantado al botín se negaba bullicioso y alegre a desprenderse de su dueño. Ya afuera, su cerebro, ”reventado” por  sus desaciertos por la adicción a las drogas y alcohol le fue pasando cuentas de cobro.  Y minada su conciencia, enfrentaba la crítica periodística con acidez y desparpajo. “Pueden juzgarme y condenarme únicamente como futbolista”, decía. Pero en lo personal, pretendía ser ajeno a señalamientos, ignorando que por su condición de estrella mundial y figura pública estaba sometido a las críticas. 

El mundo se rindió a sus pies. De amor y odio estuvo revestido. Por igual, al más alto pedestal fue llevado, como así mismo le condenaron sus desaciertos y bochornosas actitudes de arrogancia, arrojándolo al abismo. Pero las multitudes de Italia, en Nápoles, y especialmente la de su natal Argentina, jamás desprenderían su amor por “el Pelusa del Fierito”, un sector humilde de Lanús, a tal grado de idolatría que lo consideraron el “Dios de todos”.

Tan imponente parecía mostrarse, como también el más humilde –afirman quienes le conocieron muy de cerca- que era capaz de quitarse el pan de la boca para dar de comer al callejero pordiosero.

Hay quienes le consideran el mejor futbolista de la historia. Especialmente los de nuevas generaciones, vale decir de los años ochenta en adelante, desconociendo el brillante recorrido del Rey Pelé. En lo personal seguiré convencido de las hazañas de Pelé para colocarlo número uno en toda la historia hasta el momento. Preferimos seguir afianzando la creencia de que como el de color ébano, ninguno. Pero no por eso podemos negar la grandiosidad del astro argentino y lo grandioso de su juego.

Fiel a sus convicciones políticas, nunca ocultó su sentido de libertad y simpatía por líderes y personajes socialistas como Fidel Castro y Hugo Chávez. Como tampoco ocultaba su rechazo y señalamiento a manifestaciones “hipócritas” de gobiernos imperialistas. Fue directo en sus manifestaciones públicas y por ello  mereció cuestionamientos sociales, deportivos y políticos.  Crítico como el que más, de la FIFA, a cuyos dirigentes descalificaba por el manejo impropio al fútbol.

Declarado  algún tiempo enemigo de Pelé a quien califico de servil de la FIFA, diría alguna vez que nunca podría haber jugado a su lado porque no le habría gustado tener un mal compañero. “Somos agua y aceite. Cuando se dice de un jugador que se entrega a los dirigentes no me agrada. Y su carrera (Pelé) fue así”. Después se convirtieron en grandes amigos. El 25 de octubre de 1997  Pelé asistió a la despedida de Maradona. Y, uno de los más emotivos mensajes por la muerte del astro fue el de Edson Arantes: “Qué noticia más triste. Perdí un gran amigo y el mundo perdió una leyenda. Algún día espero  poder jugar fútbol junto a mi amigo Diego Armando Maradona”.

En la tarde de su despedida del fútbol ante 50 mil espectadores en el estadio Monumental de Núñez en el partido River vs Boca Jr., el futbolista con lágrimas en el rostro y pleno de sentimiento exclamó una de las frases más celebres de su vida. “El fútbol es el deporte más lindo. Yo me equivoqué y pagué…pero la pelota no se mancha...”

Amor, dolor, luz y sombra, alegría y tristeza; así fue la apasionante vida de Diego Armando Maradona, el futbolista convertido en un “Dios de carne y hueso” y ahora, ya partido al otro mundo, pasó de ser un mito a una inolvidable leyenda.

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