Unimetro
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2:37 pm. Jueves 07 de Enero de 2021
Opinión
2:37 pm. Jueves 07 de Enero de 2021

La industria farmacéutica ha generado una expectativa mundial sin precedentes producto de la pandemia de covid que estamos viviendo. Desde las primeras medidas tomadas por los gobiernos para enfrentarla, que implicaban cambios profundos en nuestro estilo de vidas, la esperanza de disponer de una vacuna que nos devuelva a una cierta normalidad, ha sido un anhelo recurrente y generalizado.

La aprobación de las vacunas Moderna, Pfizer, Oxford-AstraZeneca, han generado una euforia que no ha estado exenta de problemas en su aplicación. Informaciones desde Estados Unidos y del Reino Unido  expresan las dificultades que han tenido para inocular a su población, acompañado de las preocupaciones de los fabricantes para satisfacer una insaciable demanda a nivel mundial. Esta situación ha llevado a que varios países busquen en otras farmacéuticas alternativas de suministro, que tampoco son muchas, ya que apenas, a más de una año de declarada la pandemia (claro está que es un tiempo relativamente breve desde el punto de vista del trabajo farmacéutico),  contamos con unas trece vacunas para enfrentar el covid  y que son candidatas a fase 3 de los ensayos clínicos.

Lo anterior nos devela de inmediato una preocupación en términos de funcionamiento del mercado, en donde la innovación y, en este caso, acompañado de la urgencia, tienen un valor que va, lamentablemente asociado a la lógica del sistema imperante, más allá de la preocupación por salvar vidas humanas. En la era de las tecnologías de la información la relación innovación/urgencia tienen un impacto económico que es muy potente y que los especialistas del mercado han potenciado con fines claramente lucrativos. La compra de equipos electrónicos de primera generación y la rápida obsolescencia de los mismos son variables tremendamente poderosas para comprender los intercambios en la economía global contemporánea.

Todo esto nos lleva a uno de los conceptos más controversiales en la economía actual y se relaciona con las llamadas teorías del valor. Aunque no lo crean, y con el objetivo de defender sus particulares puntos de vista, esta no fue una diferencia sustancial entre los planteamientos da Adam Smith y de Karl Marx  en los inicios de los modelos confrontados durante gran parte de la historia de la humanidad contemporánea.

Para ambos, el valor de un bien o servicio estaba directamente relacionado con el tiempo económicamente invertido en producirlo. Uno quería valorar la relevancia de la producción en serie con el fin de generar cada vez más productos de consumo masivo, mientras que el otro buscaba defender el trabajo del obrero ante  el moderno proceso industrial. Para ellos, en definitiva, no debería existir una diferencia exagerada entre el precio de mercado con respecto a su costo de producción.

Para otros, el valor de los bienes y servicios en el mercado están determinados por la ley de oferta y demanda y definido por la mayor o menor elasticidad del bien o servicio a comercializar. En tiempos de pandemia hemos visto que el desequilibrio producido entre la oferta y la demanda de artículos como las mascarillas, el alcohol gel, el jabón líquido y los desinfectantes provocó una variación sustancia en sus precios. Sin duda que el mercado no estaba preparado para dicha demanda, pero se supone que, si este se autorregula como defienden muchos economistas, se debería orientar factores productivos de artículos de menos demanda con el fin de ampliar la oferta y controlar el desequilibrio en el mercado y por ende, una cuestión puramente coyuntural. Al respecto siempre he tenido dos preocupaciones, siento que a pesar de que pasa el tiempo y se supone se corrigen los desequilibrios, los precios de los artículos no se corrigen hacia la baja hasta el nivel del costo anterior a la explosión de su demanda, se tienden a estabilizar en una cota significativamente más alta (quiero expresar que es una simple cuestión de percepción, pero me parece que el mercado tiende a estabilizarse hacia el alza, por el contrario los períodos de deflación son siempre relacionados con instancias de profundas crisis del modelo).

Me parece que el mercado tiende a comportarse más amigablemente con las alzas en los precios y termina por normalizarlas, situación que indirectamente afecta también a los consumidores que, después de un tiempo, nos acostumbramos a pagar esos nuevos precios; en segundo término comparto apreciaciones de algunos economistas que plantean que la ley de la oferta y la demanda en el mercado permite explicar por qué el precio de un bien sube o baja en el mercado, pero no permite definir el precio en sí. Me explico, el aumento de la demanda de mascarillas ha presionado su precio al alza, pero no me permite explicar por qué el precio subió de 150 pesos a 500 pesos. Si se pide la explicación, la resultante tiende a ser la misma, es decir, a justificar el precio del bien en función de los factores productivos que quedaron consumidos a la hora de producir la mascarilla, en pocas palabras, no existe una teoría del valor que determine el precio de un bien o servicio en el mercado con prescindencia de los costos de producción. En el caso anterior, de las mascarillas, la ley de la oferta y la demanda me puede explicar (según mi parecer) por qué subió su precio, pero no resulta eficiente para tratar de develar por qué subió 350 pesos, ni más ni menos.

Mariana Manzzucato, una destacada economista inglesa, ha publicado en abril de 2019 un interesante y valioso libro al respecto, “El valor de las cosas”, en dónde se cuestiona aspectos tan relevantes como ¿quién produce y quién gana en la economía global? A lo largo del texto inspecciona, a la luz del comportamiento actual de los indicadores económicos, ¿Quién crea en realidad riqueza? ¿Qué actividades la aumentan? ¿Cuáles se limitan a extraerla?  ¿Cuáles la destruyen? Y llega a la conclusión que nuestras economías tienden a premiar la extracción de valor antes que su creación. Reconoce que el crear valor es un elemento fundamental en el proceso productivo que impulsa una economía y una sociedad saludable, pero que, lamentablemente, la diferencia entre crear y extraer valor se ha desdibujado de manera notable con muy dañinas consecuencias al respecto.

Si lo anterior lo aplicamos a la situación de pandemia que vivimos hoy, desconociendo en estos momentos por completo el valor de las vacunas para el covid y replicando el análisis de Manzzucato, podríamos preguntarnos ¿qué relación existe entre el valor de producción de cada una de las vacunas con respecto al valor de comercialización de las mismas? Es muy posible que la respuestas de las farmacéuticas podrían apuntar a que el alto precio de las vacunas se podría justificar sin duda por lo beneficiosas que son para los pacientes y para la sociedad en general, lo que en la práctica implicaría vincular el valor de la vacuna  a los costos el covid está causando a la sociedad en estos momentos. La industria llama a esto “precio basado en el valor”. La realidad nos indica que en los momentos actuales que vivimos existe sin duda una correlación directa (que depende de la efectividad de la vacuna) entre el precio de la vacuna y el beneficio que aporta (en términos de recuperar nuestra vida normal, de que se reactive la economía, en fin, todas las externalidades negativas que ha generado la pandemia, incluso en términos de calidad de vida y factores emocionales).

Es decir el valor de la vacuna en el mercado, desde esta perspectiva, no estaría determinada por su costo de producción, que pasaría a ser una variable más bien anecdótica, sino que producto de la urgencia por normalizar las condiciones de vida.

La pregunta que me asalta a continuación se refiere a ¿qué elemento aportan los gobiernos en esta ecuación? Los defensores del mercado detallarán nuevamente una de las más popularizadas narraciones al respecto, identificando a los gobiernos como, en palabras de Manzzucato, “una lenta y pesada tortuga que impide el progreso o, por invocar una metáfora distinta, con un burócrata kafkiano, enterrado bajo papeles, torpe e ineficiente.

El gobierno es representado como una sangría para la sociedad, que se financia mediante impuestos obligatorios que son pagados por los ciudadanos tiempos ha. En esta historia siempre hay una conclusión: "necesitamos más mercado y menos Estado. Cuanto más pequeña, reducida y eficiente sea  la maquinaria estatal, mejor”. Es a esto a lo que se rebela la economista inglesa, ya que se ha construido una narración que privilegia no la creación de valor, sino la extracción del mismo, que no repara en los aportes realizados por los gobiernos de todos los países en pos de la investigación farmacéutica que permite arribar, como ahora, a las vacunas con el covid 19; que invisibiliza y desprecia el aporte que el sector público hace en las etapas embrionarias  de la investigación, específicamente en los momentos de mayor incertidumbre y riesgo para cualquier inversionista y donde muchas veces el aporte del mundo privado brilla por su ausencia.

Espero que no sea esta una de tantas situaciones en donde el aporte de los Estados del mundo, por defecto de cada uno de sus habitantes, no se enrede en las manos poderosas del mercado y permita obtener las más pingues ganancias a los mismos de siempre en momentos de tanta complejidad.

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