Unimetro
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3:25 pm. Lunes 01 de Marzo de 2021
Opinión
3:25 pm. Lunes 01 de Marzo de 2021

La experiencia traumática del coronavirus no ha sido la única que ha vivido nuestra humanidad y tampoco será la última, lo que sí está muy claro es que las repercusiones para las sociedades que vivieron sus consecuencias son muy profundas y dejan huelles indelebles en cada una de ellas.

Jean Delumeau escribe en su extraordinario libro, “El Miedo en Occidente”:Sobre el telón de fondo constituido por los miedos cotidianos identificados anteriormente (sin que se trate aquí de haber hecho un inventario completo) se destacan, con intervalos más o menos próximos, episodios de pánico colectivo, especialmente cuando una epidemia se abatía sobre una ciudad o una región”.

A continuación realiza una detalla enumeración de pestes de las que tenemos registro histórico develando importantes consecuencias que van desde las demográficas, económicas, sociales, culturales y políticas. Son momentos de mucha incertidumbre no sólo para el súbdito o ciudadano (de acuerdo a la época histórica) común y corriente sino que también a nivel de gobernantes que se ven muy consternados de tomar decisiones que muchas veces tendrán consecuencias inesperadas y hasta devastadoras, por ejemplo no son pocos los historiadores que consideran que la decadencia del Imperio Romano de Oriente está directamente enlazada a las consecuencias de la peste de Justiniano que abatió con fuerza la cabeza del Imperio, Constantinopla,  alterando fuertemente las condiciones geopolíticas de la época.

Las aproximaciones que los historiadores tienen para acercarse al mundo de la peste y sus consecuencias son muy variadas, no sólo a través de los relatos directos que se conservan (Bocaccio, en el Decamerón, hace un aporte fundamental en torno a la peste negra), sino que también a través de otras fuentes que nos hablan de sus características y consecuencias como las  obras de arte,  las transacciones comerciales, los registros de los cementerios, las actitudes y conductas sociales, ya que la convivencia estrecha con la muerte genera claramente influencia en los estados de ánimo y hábitos de las personas y muy especialmente en los momentos de post pandemia, pensemos por ejemplo  en la  cierta liberación de las costumbres en la Europa posterior a la peste negra o los locos años veinte, después de la Primera Guerra Mundial y la Peste Española, en que se produce una reacción hacia disfrutar la vida y por ende se ponen en crisis ciertas instituciones políticas y religiosas muy conectadas con el poder y con la mantención de ciertas estructuras que lo sustentan.

Recordemos los cambios en el mapa feudal de la Europa pre moderna y de la crisis profunda de la Iglesia Católica, muy emparentada con las consecuencias de la peste.

Estamos insertos en uno de esos momentos, claro que con nuestras propias características y con consecuencias muy influidas por los progresos que la humanidad ha acumulado en términos de medicina y calidad de vida, con acceso a una mayor, mejor y más rápida información y con estructuras políticas, a lo mejor, un poco más preparadas y flexibles para enfrenarlo, pero no por ello sin profundas consecuencias e incertidumbres.

El último informe de la Organización Mundial de la Salud nos habla de una segunda ola de la pandemia a escala mundial que habría vivido su peak hacia finales de enero y que a partir de dicha fecha (datos utilizados hasta el 14 de febrero) se habría visto un progresivo descenso en el número de casos reportados de covid-19 y una baja sostenida de muertes asociadas a la enfermedad. 

Según el análisis estadístico, la última semana reportó una baja del 11% de los casos y un 20% menos de decesos con respecto a la semana inmediatamente anterior. Lo que importa ahora determinar es ¿a qué se deben estos descensos? Para algunos es una relación directa del aprendizaje de vivir con la presencia del virus  y que se traduce en medidas de salud pública que funcionan incluso ante la presencia de las variantes (inglesa, sudafricana, brasileña, en fin); mientras que para otros podría ser el resultado de la aplicación de las vacunas.

Con relación al último argumento, la información estadística no permite un sustento válido, no sólo por lo reciente de los datos y la posibilidad de confirmar ciertas constantes, sino que por la ausencia de un análisis territorial que permita validar dicha correlación.

Con escaso temor a equivocarme si creo, a priori,   que el mapa  del acceso a las vacunas replicaría con fuerza el mapa de la riqueza a escala global. Por los datos que hasta ahora se manejan nos dicen que menos del 1% de la población mundial ha tenido acceso a la vacunas, con grandes desigualdades entre unos y otros países. Por ejemplo Israel presenta un nivel de vacunación que supera el 70% de su población (proyectando en tiempo record  la inmunidad de rebaño), varios países de Europa Occidental superan el 30% de su población, al igual que Estados Unidos.

En el caso de nuestra Latinoamérica la delantera la lleva Chile que tiene más de 3 millones de inoculados (privilegiando a la población de riesgo) para una población total que se acerca a los 19 millones, mientras que a Colombia, con un población de cincuenta millones, han llegado apenas cien mil dosis. El panorama mundial no resulta nada halagüeño si esperamos con ansias la inmunidad de rebaño, ya que para que eso ocurra, según los especialistas, deberíamos llegar a un nivel de vacunación del 60% de la población planetaria, muy lejos del 0,6% del que disponemos actualmente.

El mapa de la pobreza y la riqueza, el del Norte y del Sur, el de las llamadas regiones avanzadas y las retrasadas, el de los países de Centro y de Periferia (pueden utilizar los eufemismos que quieran,  pero siempre están hablando de diferencias entre riqueza y pobreza bajo parámetros muy Occidentales por lo demás), se sigue replicando con contadas excepciones o particularidades.

Por lo mismo resulta urgente reactivar el debate de la solidaridad internacional de tantos foros y reuniones cumbres, de buenas intenciones pero de muy poca verdad a la luz de sus resultados. Las preguntas que abruman en este momento resultan ser las mismas que nos abrumaron en términos de pobreza y condiciones de vida y la pandemia vino a agregar un elemento más: ¿Cómo actuarán las grandes y ricas potencias mundiales, no sólo Occidentales, para con sus países periféricos y con la parte del mundo que arrastra desde hace decenios la parte negativa de la desigualdad? ¿Podrá la geografía de la riqueza volver a la normalidad si la geografía de la dependencia no avanza con la misma celeridad en la masificación de la vacuna? ¿Los criterios económicos asociados a la lógica dependiente del funcionamiento de las  economías de Centro y Periferia presionaran en términos de una “solidaridad” que demanda el modelo para su “eficiencia”? ¿La actitud más o menos solidarias de algunas potencias podrá ayudar a redefinir las áreas de influencia de las economías avanzadas que compiten, con las estrategias de la globalización, para firmar o “mejorar” los  acuerdos de libre comercio, de integración y “ayuda” económica o de “protección” y fomento a las inversiones? ¿La necesidad urgente, para muchas economías periféricas, de acceder de manera masiva a las vacunas presionará la firma de acuerdos internacionales que reduzcan sus niveles de independencia y autonomía, generando un ejemplo más de neocolonialismo? ¿Las especiales condiciones de la pandemia cambiará la matonesca actitud de Israel para con las zonas ilegalmente ocupadas del territorio Palestino desde hace tiempo, sometidas a un nivel de intervención políticamente y moralmente inaceptable bajo criterios del derecho internacional,  pero con el cual conviven diariamente? ¿La lucha contra la pandemia impactará en el rol que las potencias han jugado en los conflictos en Siria, Libia, Yemen, en Sudán del sur, por ejemplo?

No sabremos hasta dentro de algunos años el impacto de la pandemia en las relaciones internacionales, fundamentalmente por la existencia de informaciones contradictorias hasta al momento que nos llevan a pensar que muchas cosas se mantendrán,  como la ocupación y el bloqueo humillante de Israel en territorios palestinos que a la falta de luz, agua, condiciones de salud y alimentos seguirán agregando la falta de vacunas a pesar de que su vecino lleva una casi  vergonzosa delantera mundial al respecto; la reactivación de los bombardeos de Estados Unidos la semana pasada en Siria demuestran que la situación allí no cambiará y que la pandemia no es tema, tal vez una situación similar en las demás zonas en conflicto.

A lo mejor algunas cambian, lo que la historia de las pandemias nos ha demostrado, desde la lógica del poder, es que muchos pierden, pero también algunos ganan, pensemos los datos entregados por la Organización Mundial de Comercio demostró que China fue la única economía con crecimiento positivo durante el año 2020 y la situación sería mucho más favorable para el gigante asiático si el análisis se enfocara en el impacto de las inversiones chinas fuera de su territorio y en términos de la proyección de las más variadas formas de influencia. No faltarán los que realicen más de una teoría de la confabulación al respecto, … ¿quién sabe por lo demás?

Estaría muy feliz si la respuesta de la comunidad internacional fuera de una verdadera cooperación y permitiera, aunque presionada por las pandémicas circunstancias, generara un acuerdo humanitario global que nos facilitara superar la crisis sanitaria en tiempo record y nos enrielara en una lógica solidaria que me parece  más anhelada que realista, producto de la forma en que se manejan las relaciones internacionales desde hace muchos años…  pero soñar es gratis.

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