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9:51 am. Domingo 31 de Julio de 2022
Opinión
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A menudo se analiza a la historia como una forma de conocimiento, o una ciencia social que se ocupa de estudiar lo que ya ocurrió, lo que el tiempo dejó atrás. Pero muy pocas veces se resalta la función social de esta disciplina en tanto condensadora de la memoria, del recuerdo de la sociedad.

Jacques Le Goff sostiene, en su libro El orden de la memoria, que la historia es una forma de memoria, una memoria razonada, pero diferente del resto de las memorias. Si se observa bien el proceso de la cultura este implica una repetición que se apoya en el recuerdo.

La cultura humana es, básicamente, recuerdo, ya sea en el campo de los imaginarios o de los objetos tangibles. Para hablar un idioma se requiere primero guardarlo en el dispositivo psicológico con que la naturaleza y la sociedad dotaron a los humanos.

Los diversos sentidos de los conceptos que se aprenden en un ambiente determinado también se integran al ser y hacen parte de su capacidad de recordar mediante el cerebro, que es el principal órgano para construir y conservar la memoria. Esta es una manera sencilla de entender el proceso de elaboración de la memoria humana.

Así mismo, los objetos de cultura ligados a la economía, a las actividades cotidianas o a cualquier otro renglón de la sociedad pueden percibirse como elementos de la memoria individual y colectiva, puesto que expresan el peso del recuerdo en la forma de tradición, idiosincrasia o prácticas sociales.

Las tradiciones culinarias, festivas, rituales o políticas están ligadas al pasado a través del recuerdo, de la memoria que construye la gente, la cual anida en muchos y se transmite a las generaciones del presente y del futuro por diversos medios. 

Todos estos tipos de memoria pueden discurrir por los caminos de la costumbre o de la práctica vital, sin implicar un raciocinio sobre ellas mismas. Es decir, hacen parte de la vida independientemente de que se haya reflexionado sobre sus características o su papel social.

Orlando Fals Borda, sociólogo colombiano, fallecido en 2008

La historia es una clase de memoria razonada diferente a los objetos de cultura, a las prácticas culturales o a la cultura simbólica per se. La historia como ciencia se ocupa de pensar las diversas facetas de la memoria humana, desde las más sencillas hasta las más complejas.

Es decir, la memoria suele asumir múltiples colores, cristalizada en objetos materiales, en estructuras simbólicas o en simples ideas o, en lo que podría llamarse memoria existencial, la que viaja en la gente como recuerdo útil para la coexistencia.

Todas estas aristas de la memoria pueden ser materia prima de la historia, puesto que podrían convertirse en fuentes, en testimonios, de los cuales se obtiene indicios para construir los discursos históricos. La memoria existencial tiene el poder de transformarse en fuente oral o vivencial y muchos objetos de cultura, en fuente o documento.

Si se observan bien, los diversos tipos de fuentes tienen una carga de memoria, de recuerdo de la vida humana, que es la materia prima de la cual se nutre la historia para realizar sus interpretaciones de lo que ocurrió, para construir asertos acerca de la existencia humana en el tiempo.

De este modo, la memoria de la humanidad cristalizada en objetos u organizada en cultura simbólica, se integra a los objetos de estudio de los historiadores como la simiente de la cual emerge el saber histórico, el conocimiento producido por los estudiosos mediante el diálogo entre el investigador y las fuentes.

En este sentido se podría entender a la historia como una forma de memoria razonada, pues se trata de una reflexión sobre lo que queda del recuerdo humano que viaja en las fuentes de todo tipo, no solo en las escritas. 

Pero la historia, como forma de la memoria, es distinta al recuerdo a secas, ya que sus resultados se obtienen mediante un proceso que involucra la subjetividad del historiador y las teorías, métodos y técnicas propios de la ciencia histórica.

La historia es memoria razonada porque procesa los recuerdos de la humanidad para generar saberes, como consecuencia de un tratamiento científico especial. La historia se apoya en la memoria para producir otro tipo de memoria, basada en una reflexión profunda sobre los indicios que lega el tiempo acerca de cómo existieron los antepasados.

La historia es una clase de recuerdo que se concreta en libros o en cualquier otro formato, convirtiéndose en objetos de cultura. Pero, así mismo, es una reflexión sobre lo ocurrido que sirve para modelar la manera como definimos el pasado. 

Al transformarse en objetos materiales y al erigirse en una reflexión sistemática sobre lo ocurrido, la historia regresa al torrente de la memoria colectiva de la que había surgido y de la que se nutre, para alimentar ese recuerdo con nuevas visiones, con reflexiones más profundas.

O sea, la historia como memoria razonada se convierte en alimento de otros tipos de memoria. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando los jóvenes se acercan a los nuevos conocimientos históricos y cambian su concepción sobre el país o la región a tono con esos saberes.

Al ser instrumento del cambio de los conceptos o relatos a nivel individual y colectivo, la historia como memoria razonada puede inducir transformaciones profundas en la mentalidad de la gente, contribuyendo a la construcción de una memoria vivencial de otra índole.

La historia es una memoria razonada sobre un país, una región o una localidad, y suele viajar en el auto de lo escrito o en cualquier otro vehículo. Pero, así mismo, posee el potencial de reingresar al recuerdo viviente a través de los procesos educativos. 

Como conocimiento crítico adquiere el papel de arma revolucionaria para remover las visiones inadecuadas u obsoletas sobre el pasado de los individuos y de los pueblos. La historia no es solo la principal depositaria de la memoria humana, sino una herramienta esencial para su cambio. Indudablemente.

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