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9:05 am. Domingo 16 de Enero de 2022
Opinión
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Los tirios y los troyanos entienden la historia como la mejor herramienta para conocer lo que ocurrió; de acuerdo con Marc Bloch, la sociedad en el tiempo, las actividades humanas que ya sucedieron y que pueden o no tener repercusiones en el presente.

Esto es así tanto por el objeto de estudio de la disciplina histórica como por el resultado de la actividad de los historiadores. Pero lo que se analizará aquí no es ese asunto, sino el problema del papel de la historia en la lucha contra el dogmatismo. 

Hay diversos tipos de dogmatismo en la religión, en la política, en la ideología o en otros ámbitos. Aquí se estudiará la conexión entre la historia como saber constituido, actividad práctica y forma de pensar determinada por la ciencia, con las posiciones ideológico-políticas y económicas.

Las actitudes dogmáticas en la ideología y en la política a menudo se desentienden del espíritu de la ciencia y, más concretamente, de la historia como ciencia social. Podría asegurarse que el dogmatismo existe porque se le da la espalda al conocimiento histórico. 

En el terreno de la historia económica, los místicos del mercado, los neoliberales a ultranza, defienden sus teorías del capitalismo salvaje contrariando el sentido de la experiencia histórica. Los mercados, completamente sueltos de madre, no tienden hacia el equilibrio y hacia la armonía, sino, como lo demostró Keynes, hacia la anarquía y hacia la crisis. 

De nada han servido las grandes depresiones de la economía capitalista (empezando por la de los años 30 y rematando con la del 2008) para convencer a los neoliberales de su grave error. Un punto de vista hermético que se agrava porque han transformado sus teorías en una suerte de dogmática divorciada de la realidad, de la historia de la economía.

Los neoliberales viven su experiencia intelectual como una especie de vivencia anticientífica, mistificando la libertad de los grandes poderes económicos y poniéndose al servicio de estos, sin ninguna clase de escrúpulos. 

Aquí el dogmatismo con respecto a unas ideas preestablecidas (que no se quiere cambiar bajo ninguna circunstancia) se articula con los intereses económicos y políticos especiales que estimulan el mantenimiento de unas posiciones, más allá de la simple variable ideológico-política.

El historiador Marc Bloch

Por otro lado, una variante del dogmatismo aún más clara se relaciona con aquellos que quieren cambiar la sociedad repitiendo modelos que han fracasado estruendosamente en la historia. Si el saber histórico sirve para algo, como enseñaron los antiguos, es para no repetir errores. 

Pero estas personas, por aferrarse a ciertas teorías como si fueran creencias religiosas, se obstinan en aplicar ahora lo que no funcionó bien en el pasado. Esta miopía tiene su base en el desconocimiento del saber histórico o en desdeñar, por motivos fanáticos, las señales que arroja la realidad.

Ese dogmatismo (que niega o desconoce la historia) insiste en organizar una dictadura cerrera de partido o clase que mata la libertad, la praxis humanística y el pluralismo, como ya ocurrió en todos los lugares en que ese modelo totalitario fue aplicado, siguiendo las enseñanzas de Marx.

Esta clase de fanatismo ideológico-político también pregona la muerte de la economía privada, de los mercados y de la ley del valor, sin detenerse a pensar que esa estrategia niveló por lo bajo a todo el mundo y sembró un igualitarismo basado en la pobreza y la necesidad de las mayorías, fenómeno que explica el fracaso económico de ese ordenamiento y el por qué nunca pudo cumplir con los ríos de leche y miel que les prometía a todos.

Tanto el neoliberalismo como el fanatismo marxista le dan la espalda a la experiencia histórica que se condensa en los estudios de los historiadores, y se obstinan en ocultar los avisos de la realidad que controvierten sus posiciones anticientíficas. 

Si tuvieran en cuenta lo que indica la historia quizás entenderían que no es justo ni sano organizar sociedades para favorecer a unos pocos, ni pretender curar los males sociales matando al enfermo (la sociedad), como es la aspiración de unos y otros. 

Lo urgente del momento consiste en desarrollar un pragmatismo inteligente que sepa integrar los mejores logros de la humanidad en lo legal, lo económico y lo político para luchar por sociedades menos desiguales y más justas, desarrollando en todos lados un sólido Estado de Bienestar, como ya se aplica en algunos países del norte de Europa.

Esto sería aún más factible si las fuerzas fanáticas dejaran de adorarse tanto el ombligo, alimentando un dogmatismo que no conduce a nada y solo trae problemas. La historia, en este caso, es el arma principal para derrotar el infantilismo fanático de los neoliberales y de los marxistas. No hay más alternativa.

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