Unimetro
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4:35 pm. Martes 02 de Marzo de 2021
Opinión
4:35 pm. Martes 02 de Marzo de 2021

Durante años, décadas quizá, la sociedad contemporánea llevaba coqueteando con la idea de la virtualidad como alternativa al vetusto modelo de educación presencial en el que estudiantes acudían a salones de clase a recibir información. Lo digital, cada vez más presente en nuestras vidas, daba señas de tener la capacidad de ser capaz de reemplazar por completo las herramientas que durante años hemos estado usando para formar a niños, jóvenes, maestros, doctores, etc. La pandemia, sin embargo, nos ha hecho estrellarnos con nuestros delirios en el momento en que nos vimos en la necesidad de hacerlos reales. La educación virtual no puede reemplazar a la presencial en estos momentos, y es dudoso que en algún momento pueda hacerlo.

El problema, desde luego, es que desde hace tiempo venimos confundiendo forma con fondo. Obviamos las cualidades subyacentes en rituales más antiguos que muchas de las naciones modernas, el influjo inherente a los espacios. No percibe lo mismo un creyente al asistir a la eucaristía frente a la pantalla de la televisión que en el recinto, para él, sagrado de la iglesia. De la misma forma, la educación como institución se resiente en los espacios informales que no están destinados para ella. Ambas personas, en sus roles religiosos o educativos, tendrán que hacer un esfuerzo extra para suplir lo que antes recibían naturalmente del entorno.

No trato de decir que el hecho de asistir a un salón, colegio, universidad, etc., fuera suficiente para imbuir en un estudiante el germen del interés, la curiosidad y la responsabilidad, por el contrario, como docente soy testigo fehaciente de que tal cosa jamás ha estado garantizada. Así como la educación existe desde tiempos inmemoriales, desde tiempos inmemoriales también existe el estudiante distraído que, sin saber por qué está sentado en el aula, protagoniza un verdadero dilema existencial involuntario, la paradoja de querer estar sin estarlo.

Pero, si se me permite hablar desde la pura evidencia anecdótica –que no es ciencia, sino material para tertulia-, en términos cuantitativos la distracción ha, sin lugar a dudas, aumentado. Y es que es muy difícil pedir atención al que se conecta desde su cama, la playa, la casa del novio/a, o incluso desde su trabajo. La educación no pertenece a esos espacios y lo que se está pidiendo es el favor de acomodarla.

El problema es mucho más que técnico, incluso superados los obstáculos de las conexiones lentas, los computadores-calculadora, la ausencia total de las herramientas necesarias para acceder, lo que sucede es que, cuando se accede, el espacio está decolorado. Por eso es importante resaltar que no digo que la educación virtual sea insuficiente por el rezago tecnológico evidente que tiene el país en materia de conectividad, digo que, incluso aunque no existiera rezago de ningún tipo, jamás será lo mismo dar clase en persona que frente a una pantalla.

La voluntad puede lograr maravillas, es cierto, y la voluntad de algunos estudiantes excepcionales los lleva a convertir el ritual de recibir clases al lado de su cama en algo tan serio como si lo estuvieran haciendo frente al tablero, pero el ser humano es todo menos homogéneo, no todos alcanzan tal grado de interiorización.

Dos cosas es importante rescatar del shock que la pandemia ha supuesto en la relación tecnología-educación: en primer lugar, reflexionar seriamente sobre las formas en las que la educación virtual sí puede funcionar; en segundo, dejar de confundir el debate sobre la modernización de la educación con el debate sobre puesta a punto con la tecnología, estas dos cosas no son sinónimos siempre, y pensar que sí es característico de nuestra cultura de ‘fetichización’ de lo tecnológico.

Quizá la virtualidad se desempeñe mejor en los espacios en los que el autocontrol, interés personal e iniciativa sean más altos. A este perfil se ajustan, probablemente, programas de educación de posgrado, maestrías y doctorados, sobre todo de investigación, en los que, al final del día, extraer algo siempre ha dependido de lo que el estudiante desea entregar. Programas en los que, incluso antes de la pandemia, la mayor parte del estudio se hacía de forma personal, devorando libros o planificando proyectos de investigación.

También se ajustan a esta idea los cursos prácticos cortos, que no requieren el grado de compromiso que un programa de cinco años. Una cosa es esperar de una persona que complete los pasos necesarios para aprender a utilizar un lenguaje de programación en cuatro semanas, y otra muy distinta que se convierta en ingeniero de sistema. Los que hemos intentado comenzar cursos en cualquiera de las famosas plataformas de educación masiva que proliferan en estos tiempos sabemos que el aparentemente sencillo proyecto de un mes, muchas veces, termina convertido en uno de seis.

Por último, lo más importante es comprender que, si bien la educación requiere una modernización urgente, en técnicas pedagógicas y paradigmas, esto no es lo mismo que decir que la educación necesita montarse al tren de lo digital. Lo primero es vital, lo segundo es una curiosidad. Lo que está anticuado en el modelo de educación presencial son las clases magistrales, los ‘monodiscursos’ del profesor que durante tres horas se sienta a repetir el libro de texto, y todos nuestros esfuerzos deben estar encaminados a descubrir la mejor forma de fomentar una mentalidad crítica en lo estudiantes, sin importar la carrera.

En un mundo en el que el conocimiento de vanguardia se queda anticuado en unos cuantos años, lo más útil que podemos enseñar a un estudiante es cómo resolver problemas, y hacerle entender que la curiosidad e iniciativa personal es su principal seguro de vida en un mercado laboral voraz e inmisericorde. Retrasar el regreso a la presencialidad, sin lugar a dudas, pone en riesgo esta meta y el futuro de muchas mentes jóvenes.

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