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10:23 am. Lunes 23 de Mayo de 2022
Opinión
10:23 am. Lunes 23 de Mayo de 2022

Hablar de la democracia resulta, para los tiempos que corremos, una complejidad. Su desarrollo histórico nos conmina a afirmar que es más que un sistema político, se ha elevado al nivel de una forma de vida y, por qué no decirlo, de un valor. Pero para el objetivo de esta columna, resulta fundamental entender que la democracia es un proyecto histórico construido a lo largo del tiempo por mujeres y hombres, que han aportado y que también han destruido al respecto.

Sabemos que la democracia es una originalidad de la Grecia clásica que estableció aspectos fundamentales de ella, tales como las definición de la ciudadanía en función del domicilio (el demos, originalmente el barrio), la mistoforia, relacionada con la profesionalización de los cargos públicos y la llamada isonomía, es decir, la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. Claro está que era una democracia altamente excluyente, las mujeres, los esclavos y los extranjeros estaban al margen de una participación que se reducía a una minoría dentro de la polis. Después de su período de esplendor el sistema cayó en desprestigio, terminó siendo desplazado por sistemas aristocráticos y monárquicos, a tal punto de que ninguno de los filósofos más universalistas del período se plantearon como admiradores del modelo.

La República romana, instaurada después de la expulsión del último de los Tarquinos, ha aportado conceptos relevantes que se han incorporado en la forma de ver la democracia. Si bien nace como un modelo diferente, originalmente de corte aristocrático, llega a evolucionar a un sistema oligárquico cuando los plebeyos más ricos se suman al patriciado. La preocupación por imponer un sistema que alejara el fantasma de la tiranía, los plebeyos crearon tres fundamentos del sistema republicano que son consubstanciales a la democracia moderna, a saber, la electividad, la temporalidad y la colegialidad de los cargos públicos. Es cierto que no todos esos fundamentos estaban presentes en cada una de las magistraturas de la Roma republicana, sí se preocuparon de exagerar uno de ellos como mecanismo de contrapeso, por ejemplo, los senadores eran vitalicios, con lo cual no se cumplía el principio de la temporalidad, pero eran más de 300 magistrados que disponían de los mismos poderes, es decir, ultra colegiado.

Al revés, la Dictadura, con la lógica también presente en las democracias actuales, a saber, una especie de Estado de Excepción, en que un dictador asumía todo el poder ante la amenaza urgente que la República debía enfrentar. La ausencia de colegialidad se contrarrestaba con la temporalidad, es decir, el dictador no podía extenderse por un período mayor a los seis meses, de persistir la amenaza era necesario, para la buena salud del sistema republicano, elegir un nuevo dictador. El modelo Republicano original fue evolucionando, las presiones de los plebeyos por acceder a las magistraturas, que al no perder nunca el carácter honorífico, impidieron a los plebeyos más pobres acceder a los cargos de poder y el sistema pasó a ser definitivamente oligárquico, tanto o más excluyente que el modelo original. Las guerras civiles de finales del siglo II a.C y el caudillismo militar expresado en los triunviratos, terminaron con la experiencia histórica republicana y permitió que, en el mundo Occidental, enseñorearon las formas imperialistas y monárquicas.

En los albores de la primera modernidad, las preocupaciones por darle una base filosófica, más que un fundamento religioso, al acceso y al ejercicio del poder, nos llevó por los caminos de la teoría contractualista. Es Maquiavelo quien sienta las bases al respecto al darle un objeto de estudio a la Ciencia Política: el poder y separarlo de cualquier connotación ética o moral. Más adelante, un ultraconservador y monárquico como Thomas Hobbes, quien, en la lógica de justificar el poder absoluto del monarca, idea su famoso Leviatán, un Estado representado en un príncipe todo poderoso, que se alimenta de los derechos que sus súbditos, que ansían una paz, y están dispuestos, en un contrato entre ellos, a delegar muchos de sus derechos como el fundamento que permite ahuyentar el temeroso, improductivo y nefasto estado de naturaleza del hombre. Hobbes es el primero en establecer las bases de la teoría contractualista, que es básica en la noción de la democracia moderna, como único fundamento que favorece la unión y aleja la anarquía. Durante mucho tiempo los modelos políticos han sido evaluados según la óptica del filósofo inglés, es decir, en que su éxito descansa en la mantención del orden, la paz y tranquilidad. Es John Löcke, quien agrega dos aspectos relevantes, desde los fundamentos del liberalismo clásico: la idea de que el poder del Estado está restringido por un contrato que incluye al monarca, es decir, que debe dar cuentas de su ejercicio y; que debe proteger los derechos fundamentales de la vida, la libertad y la propiedad, a través de la administración de una recta justicia, a la que han renunciado los súbditos como fundamento primordial del contrato social. Montesquieu y Rousseau aportaron desde la separación de los poderes del Estado y del concepto de soberanía popular, respectivamente.

Es en el desarrollo de la segunda modernidad, cuando nace el mundo contemporáneo gracias a la doble revolución francesa e industrial, que conceptos como los de República, Nación y Democracia se empiezan a definir de la manera en que la entendemos hoy día y que tienen en común que surgen como fundamentos ideológicos y lingüísticos que buscan oponerse a la monarquía absoluta. Aquellos Estados nación más consolidados en la decimonovena centuria dieron pasos significativos y debían ser capaces de mostrar sus virtudes en contra de modelos más reaccionarios o conservadores, habituados a formas que se justificaban en la existencia de sociedades rígidas y de privilegio. Los casos de Inglaterra, a través de la monarquía constitucional y el  de Francia, con sus proyectos revolucionarios liberales, son los más significativos y  repercutieron de diferentes maneras en el resto de Europa y también en nuestra América. El intento de revivir la democracia en la Grecia de 1820, fue más un ejercicio discursivo, un sueño y una ilusión para muchos, que un proyecto real, se buscaba justificar, desde la construcción histórica, su anhelada independencia, en dichos momentos del Imperio Turco. Los griegos la logran pero bajo un modelo de corte monárquico.

Los inicios del siglo XX nos hablan de experiencias democráticas más que reducidas, gran parte del territorio europeo estaba administrado por imperios que se veían torpedeados internamente por movimientos inspirados en las ideologías revolucionarias que habían surgido en el siglo XIX: el nacionalismo, liberalismo, el anarquismo y el marxismo querían expresar y evidenciar el anacronismo del modelo imperialista y, a pesar de posturas disímiles ante el estallido del primer conflicto bélico mundial, utilizaron las condiciones generadas por éste para vivenciar, en algunos casos, nuevas experiencias históricas: los nacionalismos desmembraron el Imperio Turco, los movimientos liberales, con ansias de imponer modelos democráticos, terminaron con el Segundo Imperio Alemán y en los nuevos Estados que surgieron de la desmembración del Imperio Austrohúngaro, mientras que en la Rusia Zarista se impondría la primera experiencia histórica marxista de Occidente.

La Primera Guerra Mundial, definida por muchos autores como la guerra entre las ideas nacionalistas, liberales y hasta en cierta medida las marxistas inspiradas de alguna manera en el racionalismo ilustrado, permitieron para el modelo democrático, un período de expansión en Europa y que se esperaba se extendiera también al área de influencia de la Civilización Occidental. Pero fue una efímera ilusión, las democracias liberales, que ya no aspiraban a ser revolucionarias, sino más bien conservadoras, no fueron exitosas para enfrentar las consecuencias nefastas de la crisis económica que estaba en las entrañas del modelo y que favorecieron el desarrollo de amenazas autoritarias de corte fascista y  estalinista que se presentaban como experiencias que serían capaces de renovar la sociedad y construir un hombre nuevo. La democracia involucionó, no había cultura al respecto en países como Alemania, España, Portugal, Austria y Rusia, lo que se expresa con mucha nitidez en momentos de crisis en que las personas expresan o sienten que modelos alternativos resultan más eficientes para resolver sus problemas diarios. No hay cultura democrática allí, donde la solución a los problemas del diario vivir, hay que buscarlos fuera de la democracia.

La Segunda Guerra Mundial que trajo la derrota material de los fascismos y el vasto proceso de descolonización permitieron una nueva ola democrática en el mundo evidenciando así un proceso de expansión. Los ideales de la Declaración Universal de los Derechos Humanos daban un sustento ideológico, ya que sus planteamientos, relacionados con el constitucionalismo, la soberanía en la nación, es decir, la autodeterminación de los pueblos y, la novedad, al incorporar los derechos de segunda generación, referidos a las responsabilidades en derechos sociales, económicos y culturales de los pueblos, tomada de las demandas de la Revolución Rusa, permitía una renovación de la democracia liberal y, al mismo tiempo, una actualización en función de movimientos sociales reivindicacioncitas que se incorporaban al juego político y que  entendían la democracia como algo más complejo que  una forma de gobierno.

Se impuso la lógica de una democracia que no sólo se hace cargo de responsabilidades civiles y políticas, sino que también de preocupaciones sociales, económicas, culturales, interculturales, cosmopolitas, alimentadas de la lógica emergente de los derechos humanos. Una ciudadanía activa que se construye sin duda a través de la participación política, pero también desde los más variados espacios de participación social: la familia, la empresa, los sindicatos, los medios de comunicación que, en la era de la sociedad de masas, se consideran no sólo como espacios en los que se crea riqueza material, sino que también riqueza social y moral, no sólo capital físico, también capital social y capital ético, sin el cual, como dice Adela Cortina, las naciones no prosperan y menos la república de la humanidad.

La historia nos demuestra que la democracia no es sólo una conjunto de instituciones y leyes que se justifican en la soberanía popular, es un experimento siempre abierto y en construcción, un fenómeno político y social de transformación colectiva que se define a través del conflicto y la deliberación, por lo que debemos estar en alerta aquellos que la valoramos de las amenazas históricas como de las emergentes, ya que su colapso es una posibilidad siempre presente en su propio funcionamiento.

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