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10:18 am. Domingo 17 de Mayo de 2020
Opinión
10:18 am. Domingo 17 de Mayo de 2020

El pensamiento económico liberal es diferente de lo que se suele llamar pensamiento político liberal. Este último tiene que ver, sobre todo, con el ejercicio del poder a través del Estado, con los poderes y los contrapesos dentro de este, con el desarrollo constitucional y el ejercicio del pluralismo y la democracia. Se puede ser liberal en economía, pero conservador en política, como indica la historia.

El liberalismo económico en occidente se desarrolló desde el siglo XVIII como una crítica fuerte contra el mercantilismo y el control monárquico, abogando por la libertad de organizar empresas y de hacer comercio interno y entre países. Con el surgimiento de la industria capitalista, ese liberalismo adquirió carta de ciudadanía, y alcanzó un importante avance teórico de la mano de los ingleses.

Más que nada porque, en el parecer de los fisiócratas, de Adam Smith y David Ricardo, el mejor contexto para hacer avanzar las actividades agrícolas, industriales y comerciales no era el que imponían los monarcas y el rígido estatismo mercantilista, sino el de la libertad para hacer economía.

El mercado debía regular, por sí solo, los procesos económicos, sin la intervención del Estado, el cual solía entorpecer, con sus regulaciones e intromisiones, el libre juego de la ley de la oferta y la demanda, y la competencia entre empresas y países, que era, según la visión de la economía clásica inglesa, el verdadero motor del desarrollo económico.

En el combate contra el feudalismo y el mercantilismo, después del siglo XVIII y apalancada por la Revolución Industrial inglesa, esta concepción económica se convirtió en una especie de credo religioso que nutrió las revoluciones burguesas y la transformación de la sociedad.

El liberalismo económico adquiere la condición de teoría dominante en las principales universidades, de la mano de la tradición fisiocrática francesa, de los economistas clásicos ingleses y de las demás corrientes que surgieron, bajo la inspiración de esa tradición, en la segunda mitad del siglo XIX y en el siglo XX. La llamada escuela austriaca y los neoclásicos, así como el monetarismo, en buena medida son herederos de la añeja tradición del liberalismo económico.

En ese credo cuasi religioso resaltó siempre la importancia desmedida que le otorgaban los liberales a las fuerzas libres del mercado, y el odio visceral que manifestaban contra el Estado interventor, al cual convirtieron en una especie de demonio que limitaba la libre concurrencia y el desarrollo económico.

Uno de los golpes más decisivos contra esa visión del papel del Estado con respecto a la economía, lo produjo la gran crisis económica de los años 30 del siglo XX. Ante la debacle generalizada de los mercados y de las empresas, la ortodoxia liberal solo atinaba a repetir las fórmulas desgastadas de sus maestros, en el sentido de oponerse a la intervención del Estado para enfrentar la crisis, y de sostener que las fuerzas del mercado, por sí solas, restablecerían los equilibrios perdidos.

En ese contexto aparecieron las teorías intervencionistas de John Maynard Keynes quien, rompiendo con la tradición económica liberal, propuso importantes estrategias para levantar la economía, mediante estímulos a la oferta y a la demanda, dirigidos y aplicados por el Estado.

Las teorías keynesiadas anticrisis no solo ayudaron a los Estados Unidos y a otros países a paliar o salir de la profunda crisis económica, sino que, ligando políticas de mejoramiento de la clase obrera y de los grupos medios, sembraron las bases del Estado de Bienestar, el cual se abrió como una alternativa ante el liberalismo económico y el marxismo estatista.

Las soluciones keynesianas y neokeynesianas se impusieron firmemente después de la Segunda Guerra Mundial, pero empezaron a colapsar a partir de los años 60 y 70 del siglo XX, en parte por el burocratismo, la ineficiencia y la corrupción que las penetraron; apareció, entonces, una situación de ruptura que preparó el resurgimiento del liberalismo económico.

Estos tiempos eran muy diferentes a aquellos del siglo XVIII en que se clamaba por la libertad para competir y para comerciar, pues el nivel de desarrollo estaba mucho más arriba, y la aplicación del credo liberal pasaba por reducir el tamaño de un Estado que no solo intervenía, sino que hacía las veces de empresario.

El ajuste para soltar la economía de la tutela del Estado pasaba por una serie de reformas sangrientas que privatizaban lo público, golpeando los intereses de una parte de la burguesía, y de los sectores medios y proletarios. Esa política se universalizó desde los años 80 y 90 del siglo XX, de la mano de Reagan y de la Thatcher, y es lo que hoy se suele llamar capitalismo neoliberal.

El capitalismo neoliberal no solo se quedó en la actividad económica propiamente dicha, sino que intentó penetrar otros planos de la sociedad, como la educación y la salud, poniendo (o intentando poner) en manos privadas y del mercado, funciones que antes eran públicas.

Esa visión económica, que cabalgó en el potro de los sectores más retardatarios y conservadores, se hizo dominante en casi todo el planeta, sobre todo porque su triunfo político coincidió con el derrumbe del socialismo soviético, y con el retroceso relativo de los paradigmas marxistas.

El primer toque de alerta que aplacó los entusiasmos desmedidos provino de la crisis financiera e inmobiliaria de 2008-2009, y de las protestas sociales en varios países, las cuales tenían, como uno de sus orígenes más decisivos, la desigualdad y la excesiva concentración de la riqueza, derivada del capitalismo salvaje.

El capitalismo neoliberal (o salvaje) tuvo su golpe en contra más fuerte debido a la emergencia de la covid-19. Esta pandemia sacó a flote el carácter mezquino, básicamente ideológico, de esta interpretación, según la cual la mayoría de los problemas de la sociedad podían ser resueltos dejando actuar libremente los mercados.

Pues, en verdad, el asunto no resultó así. El estímulo excesivo a lo privado, en contra de lo público, no ha contribuido a redistribuir mejor la riqueza, sino a incrementar la desigualdad extrema. Las “leyes del mercado” no reparten justicieramente los bienes y el ingreso, sino que tienden a concentrar esas variables en las minorías más astutas e inescrupulosas.

La pretensión de reducir el papel del Estado a las tareas que le asignó Smith, no ha provocado solo la liberación de las fuerzas productivas y la eliminación de los impuestos para generar riqueza de parte de los capitalistas, sino el desbocamiento del ímpetu de ganar y de consumir, con sus impactos lesivos sobre la textura cultural de los países, y con las consecuencias devastadoras sobre los equilibrios ecológicos.

El capitalismo salvaje no ha contribuido solo a incrementar la desigualdad extrema (por la vía de la concentración excesiva de los recursos en pocas manos), sino que ha trabajado a favor de la devastación de la naturaleza, utilizando la ambición capitalista desbocada (que no respeta nada) y un consumismo enfermizo.

Ese irrespeto por todo tras la búsqueda de la ganancia (y del consumismo como objetivo supremo del neoliberalismo) tenía que pasar factura de alguna manera. Y la pasó con la crisis del 2008-2009, con las protestas sociales masivas y con el azote de la actual pandemia.

La covid-19 demostró el carácter irrisorio del “modelo neoliberal”, que destrozó lo público tras la búsqueda de la eficiencia, y que intentó reducir las funciones del Estado al mínimo, tras la crisis del “bienestarismo” y del socialismo. Se podría decir que el remedio, la mal llamada “revolución neoliberal” (que, en gran medida, es un regreso a las tesis clásicas del siglo XVIII), resultó peor que la enfermedad que intentó combatir.

La economía de mercado, por sí misma, no puede eliminar los problemas sociales que ella origina. Estos deben ser resueltos por el Estado, que no es solo un instrumento de opresión (como creían Marx y los anarquistas decimonónicos), sino un mecanismo de organización social, y el principal vehículo para orientar el uso del presupuesto hacia la resolución de los asuntos de las mayorías.

En esta época de crisis de salud y económica sale a flote la gran limitación del mercado para resolverlo todo, y el potencial organizativo y político del Estado para enfrentar las consecuencias económicas de la pandemia, y para utilizar el presupuesto nacional con miras a evitar la pérdida de vidas humanas y el colapso total de la economía.

Ni las grandes corporaciones, ni las empresas privadas nacionales (por más buenas intenciones que tengan) pueden coordinar eficientemente la respuesta económica y de salud que requiere el ataque del virus. Si esa responsabilidad hubiera recaído solo en manos de los privados, lo más seguro es que el asedio del coronavirus nos habría conducido hacia una situación de caos, mayor que la que ahora existe.

La crisis económica que provocó la pandemia es parecida a la debacle de los años 30 del siglo XX y a los efectos de la Segunda Guerra Mundial, más que nada en Europa. Esos fueron los tiempos de mayor auge de los modelos “anticrisis” de John Maynard Keynes y sus sucesores, y de expansión y concresión de las ideas socialistas.

La visión neoliberal sirvió de muy poco en aquellos tiempos para enfrentar las dificultades económicas y sociales que padeció la humanidad, así como ahora se muestra ineficaz ante la caída de la economía y los problemas relacionados con la defensa de la vida humana.

A pesar de la existencia de monstruos como Bolsonaro o Trump, lo que exige la coyuntura actual es el uso de los Estados-nación para organizar la respuesta a los retos que plantea la crisis económica y los problemas de sanidad pública. Esa coordinación y dirección debe abarcar también a la empresa privada.

La catástrofe generada por la pandemia y las experiencias de la historia enseñan que ni el mercado por sí solo es la panacea, ni el Estado puede resolverlo todo tampoco. Tales experiencias enseñan, además, que el neoliberalismo es una dogmática tendenciosa y anticientífica que favorece los intereses de las minorías capitalistas inescrupulosas, al precio que sea.

Sin embargo, el estatismo a ultranza, el Leviatán de los ideólogos contrarios, tampoco es el camino, como ya se comprobó por la experiencia del siglo XX. El día que logremos hacer prevalecer una perspectiva humanística (empleando lo mejor del desarrollo histórico), quizás se empiece a construir, de manera global, una sociedad sin tantos enredos, apoyada más en la solidaridad que en la competencia.

Una sociedad que sepa respetar la ecología y que sepa poner, por encima de los intereses creados particulares, los intereses de las mayorías, de la vida humana, que es, al final, lo más importante del paso de los seres vivos racionales por este planeta azul.

Una sociedad que respete la libertad, pero que reoriente la ambición y el deseo hacia caminos menos autodestructivos que los provocados por la ideología neoliberal y por los ímpetus dictatoriales del estatismo a ultranza.

Una sociedad que canalice mejor la ambición por el poder político y la ambición por la riqueza, quizás sea el único camino para salir de la barbarie en que nos han sumido los ideólogos del mercado y los profetas del estatismo a ultranza.

La esperanza que nos queda, a los intelectuales y a todas las personas que no morimos por el poder político ni por la acumulación de riqueza, consiste en que, como humanidad, saquemos las principales lecciones de lo que ha ocurrido, para no repetir los errores del pasado. En el aprendizaje de la historia quizás esté la principal clave para abandonar la condición semibárbara en que aún nos consumimos.

En el aprendizaje de la historia y, quizás, en una buena lectura de las causas y consecuencias del covid-19. 

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