Unimetro
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5:00 am. Domingo 12 de Septiembre de 2021
Opinión
5:00 am. Domingo 12 de Septiembre de 2021

Un mes antes de que cayeran las torres gemelas, pisaba por segunda vez Nueva York. En ese verano del 2001, como cualquier turista, quedé absorto ante lo impresionante de su arquitectura; la subida en el ascensor a una velocidad inimaginable es una novedad para muchos visitantes, sin hablar de la vista a lo alto de las torres, inigualable.

Un mes después, en la cafetería de mi Universidad, en Bogotá, pude ver como casi 20 terroristas, con cuatro aviones atacaron las torres gemelas, el pentágono e intentaban estrellarse contra la Casa Blanca, pero la valentía de los pasajeros hizo que el avión cayera en el trayecto. Anonadado, me agarré la cabeza y en un costeñol espontáneo lancé la expresión que sin pensar vomité de repente: “Nojoda, no puede ser”.

Miles de víctimas directas y muchas otras indirectas en todas partes del mundo. Las torres gemelas, como buen World Trade Center, era asiento de muchas empresas de todo el mundo, que apostaron en los emblemáticos edificios su lugar de trabajo.

Se contabilizan sólo las muertes de quienes iban en los aviones y estaban en las torres, pero este ataque dejó cientos de miles de víctimas en los policías, bomberos, rescatistas, enfermos pulmonares, cánceres, problemas psiquiátricos y afectaciones sociales irrecuperables; así como se vieron afectadas también todas las democracias del globo, porque comenzaba entonces y con nombre propio, la guerra contra el terrorismo.

Los gobiernos, desesperados, como mecanismo inadecuado para dar tranquilidad a sus habitantes, incrementaron las medidas de seguridad, legales algunas e ilegales la gran mayoría, pero que con la excusa más que justificada de un posible ataque en territorio propio, llevaron a la implementación de cientos de medidas inhumanas y degradantes, no contra los miserables que ejecutaron, planearon o permitieron el ataque de las torres gemelas, sino contra todo aquél que pareciera haberlo hecho.

Las torres gemelas

Las secuelas de esa guerra, poco a poco se disipan. No hubo vencedores, sólo víctimas. No hubo ganancias, sólo pérdidas. Hoy, cuando el mundo lucha también contra un enemigo común, virus, bacterias y la extinción misma de la especie por el cambio climático, nos damos cuenta de que, muchos de esos recursos destinados a esta nueva guerra común, hubiera al menos atrasados el futuro poco alentador que nos espera a la puerta.

El mundo de hoy debe curar esas heridas. Debe unirse en un propósito común: Eliminar las intolerancias y seguir en pro de nuestra supervivencia. Si continuamos con este tipo de guerras, seguiremos perdiendo la batalla que hoy enfrentamos y eso, será tiempo, recursos y opciones que no recuperaremos. Curémonos aquí, allá, en todas partes, y perfilemos nuestros esfuerzos en una batalla contra un enemigo común que no es humano, no tiene raza, ni política, ni religión, ni sexo, ni condición alguna.

El pueblo estadounidense, resiliente, sobrevivió, dando ejemplo al mundo de que las peores crisis, sacan a los mejores seres humanos. Sin embargo, seguimos empecinados, debido a intereses políticos y económicos, a continuar una guerra terrorista que, por ideologías arcaicas y retrógradas, permanece a pesar de que ya no hay lugar para ésta. Los gobiernos poderosos del mundo deben invitar a todos los demás a ser parte de esta evolución obligada a la que nos lleva la tecnología, el medio ambiente y los descubrimientos científicos; pero no están obligados a compartir los nuevos avances con quienes quieren relegarse en el atraso y el oscurantismo.

Merecemos continuar, como especie, sin guerra al terrorismo, sin guerra contra el otro, y sanar de una vez para siempre las heridas que nos dejó a todos, la caída de las torres gemelas. La principal herida: el miedo al diferente. 

Homenaje a las víctimas del S11

 

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