Unimetro
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5:00 am. Viernes 17 de Septiembre de 2021
Opinión
5:00 am. Viernes 17 de Septiembre de 2021

No es la primera vez que nos referimos a este tema: la inseguridad. Porque es un mal que nos aqueja desde hace bastante rato. Pero es tan alarmante y dramática la situación en estos momentos, que pareciera haber rebosado la resistencia de los ciudadanos de bien. 

No es un mal solo de los barranquilleros o atlanticenses; es un grito de auxilio que se escucha y se ve a nivel nacional. En las principales capitales se vive una línea igual. Pareciera un “estado de acuerdo” de la delincuencia para asaltar a mano armada, no únicamente para rapar el celular, la billetera o el bolso de una persona; es para arruinar la vida con balas o puñaladas que dejan heridas muchas veces insuperables y en otros casos causante de muertes. 

Un mal común, una pandemia no ya del Covid -19 que tantas vidas ha cobrado, sino la pandemia del delito, entiéndase, atraco, el simple raponeo, el fleteo, la extorsión y el sicariato. Y frente a esta generalizada e incontrolable enfermedad pareciera no existir vacuna alguna. No hay control policivo, no existe el dominio administrativo, ni la inteligencia militar para evacuar o por lo menos frenar en gran parte esta epidemia que nos consume cada vez más día a día. 

En lo que corresponde a Barranquilla, su área metropolitana y municipalidades, el “bendito mal” se ha tomado calles y veredas. La delincuencia en general está enquistada en todos los rincones. Ya no nos alarmamos por las noticias de masacres en regiones interioranas en donde campesinos, líderes sociales y civiles son baleados sin contemplación alguna ante la impávida actuación de nuestro gobierno. En eso nos parece haberse dado una tregua de los grupos armados llámese guerrilla, paramilitarismo o mafias del negocio ilícito del narcotráfico o de minería ilegal. 

En cambio, el sicariato está a orden del día. Bandas bien conformadas para el negocio de la droga, la extorsión y simplemente para el atraco callejero, se han asentado imperiosamente en nuestro territorio regional. Por ello no es extraño ver día a día el reporte policial sobre equis muertos en desarrollo de un pago extorsivo que no se cumplió o por dominio en la venta de los alucinógenos o por resistencia de un ciudadano al atracador. Y vamos más allá: el asesinato a sangre fría de inocentes conductores de buses urbanos a manos de ”Urabeños”, “Costeños”, “Papalópez”, Los “Caparros”, El Clan del Golfo, y todo grupo delincuencial que cubren con su manto tenebroso a los ciudadanos de bien.

Y hasta se dan el lujo de mostrar en videos los panfletos y arengas amenazantes a quienes no cumplan sus disposiciones; incluyendo miembros de la fuerza pública y funcionarios gubernamentales. La delincuencia nos ha ganado la partida. A la delincuencia no le importa y ninguna preocupación les causan los anuncios del alcalde o la gobernadora de crear nuevos comandos, especializados, ni aumentar el número de policías, ni entrega de motos o patrullas para vigilar más las calles de la ciudad y el departamento. 

El mal, enquistado en nuestra región por tenebrosas bandas del delito, algunas nacidas en el interior del país y trasladadas al Caribe lucen mejor organizadas, trabajan más inteligentemente que nuestras autoridades policiales. Y hacen sentir al CTI, la Fiscalía y otros organismos de seguridad en inferioridad del manejo inteligente en cuanto a estrategias y planificación para controlar el delito cualquiera que sea.

Los hay individuales, los hay en parejas y hasta en gavillas con tres o cuatro motocicletas cada una con su respectivo parrillero. No importa disparar a matar porque no tenemos Ley. Y el delincuente sabe que, si lo apresan, más demora el procedimiento que estar de nuevo en la calle repitiendo una, dos y veinte veces sus faenas. Ni en su propia casa está seguro. Hasta allí acude el sicario o el atracador para someterlo con pistola en mano o para acabar con la vida por recomendación de un jefe de extorsionistas.

Todos estamos bajo la mira del antisocial. En un almacén, una miscelánea, una panadería, un restaurante o en una simple tienda de barrio. Hasta allí tienen plena libertad de movilización y de armamento para sus fechorías. Lo curioso es que las autoridades saben muy bien de donde proceden las órdenes y dónde están ubicados los malhechores. Que desde las cárceles se imparten órdenes a los compinches de afuera. Sí en gran parte; Pero nada se hace para corregir estas anomalías. Por el contrario, los grandes capos del delito viven a sus anchas en las cárceles, gozan de privilegios, con sus celulares y demás instrumentos de comunicación que le proporcionan los propios guardas y miembros del Impec.  

Fiscales y jueces se quejan de la desproporcionada cantidad de procesos que a diario se les asignan y que deben resolver casi inmediatamente. Y agobiados en el  tiempo y acosados de estrés, muchas veces adoptan decisiones ligeras o contrarias a la verdadera sentencia de justicia. La falta de cárceles y lugares de reclusión y la falta de jueces y fiscales son algunas de las falencias en la administración de justicia para los delincuentes. Pero mientras tanto, es increíble creer que antisociales y peligrosos delincuentes con quince, veinte y más entradas a las cárceles sigan en las calles asesinando y atracando a las personas de bien.

Individuos que, por agotamiento de ingreso a las rejas y condiciones graves de delitos deberían estar confinados en sitios intramurales, como la extinta cárcel de Gorgona, rodeada de agua infestada de tiburones y pirañas, sin ningún tiempo ni posibilidades de relación ni comunicación con el mundo exterior. No existiendo en Colombia la pena de muerte, debería ser al menos, lo aconsejable.

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