Unimetro
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8:31 am. Martes 13 de Octubre de 2020
Opinión
8:31 am. Martes 13 de Octubre de 2020

Estamos obsesionados con la inmediatez. Ya lo hemos hablado en otras columnas -Sí, porque yo me imagino que estos escritos semanales son una conversación permanente con mis lectores-. Es impactante cómo hemos perdido la paciencia y distorsionado los tiempos en las comunicaciones, tanto informales como formales. No contestar un correo electrónico en 24 horas es mal visto, sin importar si el recipiente ya lo leyó o se encuentra en condiciones de responder; y ni qué decir de whatsapp. Si nos centramos en los portales informativos digitales, de los cuales consumimos noticias, no toleramos la demora. La espera la igualamos a ineficiencia, sin tener en cuenta que esto sea tal vez señal de un tratamiento más maduro de la información.

En el evento de Casa Grande Caribe, tuve el privilegio de conocer virtualmente a Ignacio Escolar, editor y fundador de ELDIARIO.ES, en España. Realizó varias anotaciones que nos llevaron como público a reflexionar sobre el rol de los medios en esta nueva era pero también acerca de nuestra imperiosa necesidad de madurar como audiencia. Estamos hiperconectados y a la vez exigimos noticias de calidad, redacciones impecables. Combinación difícil, pues lo inmediato y los contenidos inmaculados en materia gramatical no siempre van de la mano.

Ignacio fue muy enfático en un argumento que aún retumba con eco en mi cabeza: lo anormal era la gratuidad de los portales informativos y periódicos en sus versiones virtuales. Sin embargo allí estamos nosotros como lectores, demandando una lecturabilidad sin costos que nos informe al instante de lo que ocurre a lo largo y ancho del globo terráqueo. Si la última foto del matrimonio de un viejo amigo del colegio nos llega en tiempo real a través de instagram, ¿por qué la noticia sobre la nueva imprudencia del presidente Donald Trump debe tomar tiempo en ser redactada?. Así es, los tiempos a los que nos han acostumbrado las redes sociales, distorsionaron las demás frecuencias temporales de nuestras vidas.

El editor Escolar, igualmente nos hizo recordar, que el negocio de los medios había pasado de ser las suscripciones a la publicidad, no necesariamente porque las casas editoriales lo prefirieran. De hecho, estas empresas -porque a pesar de ser un bien público es administrado mayoritariamente por privados- se vieron obligadas a financiarse a través de anunciantes, ya que la gratuidad en el internet de sus contenidos, hizo mella en sus ventas.

Allí volvemos a estar nosotros como lectores, queriendo información: inmediata, gratis, y no manipulada por anunciantes. Un ‘sancocho’ de peticiones poco probables de ser cumplidas. Sea esta columna, no una invitación para cobrar por cuanto contenido emita un medio, pero sí para quienes nos es posible pagar por lo que leemos, lo hagamos. Es un regalo para nosotros, pues nos convertimos en un elemento más importante para estas empresas que los mismos patrocinadores, sean estos comercios privados o instituciones públicas.

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