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9:40 am. Domingo 03 de Julio de 2022
Opinión
9:40 am. Domingo 03 de Julio de 2022

Es necesario definir, de entrada, el término comunista para tener un punto de referencia preciso. Comunista es aquella persona que cree que los problemas actuales se superan aplicando las teorías del cambio social de Carlos Marx producidas en el siglo XIX.

De acuerdo con esa perspectiva revolucionaria, la construcción del socialismo se inicia con la destrucción de la economía privada, la desaparición del mercado que se conecta con esta y la nacionalización o estatización de las actividades productivas y distributivas.

Este modelo económico básico se articula con el desarrollo de una dictadura de los trabajadores y de un partido único que eliminan el pluralismo, la democracia y que imponen, por necesidad práctica, un gobierno totalitario que lo controla todo: la economía, la política, la educación, la cultura, todo.

Ese fue el esquema socioeconómico y político aplicado en las grandes revoluciones del siglo XX, es decir, en Rusia, China y Cuba, principalmente. Y es el fundamento a partir del cual los revolucionarios le han prometido a las mayorías una condición existencial más digna y una calidad de vida superior a la de los países capitalistas.

Esta es también la ruta que llevó a la implementación de dictaduras oprobiosas, como la de José Stalin y otros mandatarios crueles e inescrupulosos, o a gobiernos bárbaros y genocidas, como el de Camboya en el siglo XX. 

Las teorías del cambio social de Marx (que aún alimentan la mente de los comunistas que apoyaron a Gustavo Petro como una fuerza quizás minoritaria dentro del Pacto Histórico) han sido un completo fracaso durante los siglos XX y XXI. 

No han generado los ríos de riqueza y libertad que pregonó el maestro, sino que, a pesar de su justiciera visión social, han sumido a las masas en la desesperanza económica, en el reino de la escasez, en un marco de excesiva represión política. Para comprobar este aserto solo basta con hacer un rápido repaso de la crisis del socialismo en el siglo XX.

Lo más notable de esa experiencia fue el derrumbe de la Unión Soviética. Esa crisis irreversible estuvo acompañada de la caída estrepitosa de los gobiernos de los países de la órbita soviética, los cuales quedaron tan traumatizados con el burocratismo y la dictadura comunista que han corrido a refugiarse a la Unión Europea y a la OTAN.

Cuando uno le pregunta a un comunista criollo sobre las causas que produjeron el derrumbe de la mal llamada cortina de hierro su respuesta normalmente está por fuera de la tradición científica de Marx y de otras corrientes sociológicas. Algunos de ellos piensan que se derrumbó por culpa de un solo hombre, por Gorbachov.

Esta respuesta simplista y anticientífica esconde otro problema de fondo: el comunista tradicional es muy dogmático, defiende las teorías del cambio social del maestro como gato boca arriba, pero sin detenerse a pensar con calma en las consecuencias de su aplicación durante el siglo XX.

El hecho indiscutible es que el socialismo a lo Marx fracasó estruendosamente durante los últimos tiempos. Los efectos de controlar la economía y toda la sociedad, como lo planteó ese intelectual, no trajeron consigo una elevación de la calidad de vida de la gente y un aumento de la libertad, sino todo lo contrario.

Los chinos y los vietnamitas se dieron cuenta a tiempo de que mantener el modelo económico socialista los llevaría al desastre, como había ocurrido con la Unión Soviética. Por esta razón, llevaron a cabo una serie de reformas para reimplantar la economía privada y el mercado.

El gran avance económico de China después de los años setenta del siglo XX no se debe al paquidérmico e ineficiente modo de producción socialista sino al dinamismo inyectado por el capitalismo, por la economía de mercado. Esto no lo reconoce el comunista criollo porque lo de él no es la ciencia ni la historia, es el dogma cuasi religioso.

La verdad es que el socialismo colapsó no tanto por el papel de ningún individuo, sino por la contradicciones y defectos que se derivan del modo como se organizan la economía y la política. Matar los incentivos económicos y la economía privada, impulsados por las teorías del maestro, trajo consigo dificultades insalvables.

Esa estrategia volvió paquidérmica la producción y la distribución y sembró una tendencia hacia la inoperancia, especialmente en cuanto a la generación de bienes de consumo y servicios, los cuales son dos rubros decisivos para elevar la calidad de vida de la gente. Por este motivo, todos los sistemas socialistas conocidos se convirtieron en el reino de la escasez y la necesidad, no en el de la abundancia, como lo predijo Marx.

El comunista criollo no se ha dado cuenta (o no se quiere dar cuenta) de estos hechos históricos y por eso sigue repitiendo, como una especie de mantra, las mismas alternativas fracasadas del ideólogo alemán. La vida ya no se puede cambiar con estas aparentes soluciones, porque el efecto siempre será el mismo que se produjo en todas partes en el siglo XX: estancamiento crónico, pobreza disfrazada de socialismo y ausencia de libertad.

El expresidente Álvaro Uribe y el mandatario electo Gustavo Petro.
 

¿Gustavo Petro es comunista en los términos planteados hasta aquí? Al revisar su programa, la imagen que transmite es la de un reformista con mucha sensibilidad social que va por la profundización de la democracia. En sus puntos programáticos se reconoce un interés por trabajar a favor de los desvalidos, pero no se encuentra nada que lo acerque a la concepción ortodoxa del comunismo.

Las reformas económicas y sociales que plantea, más allá de su viabilidad, están sintonizadas con una manera de pensar moderna, ligada a la confrontación del cambio climático y a la necesidad de enfrentar la desigualdad económica extrema, la corrupción y los privilegios tradicionales de los poderosos.

Él piensa que todos esos cambios se pueden realizar respetando la democracia, la economía privada y el mercado. Hasta su interés por estatizar ciertos procesos relacionados con la salud y las pensiones podrían implicar unas reformas que no destrocen el entramado democrático y la economía de mercado, al estar inscritas dentro de las tradiciones de la izquierda no comunista.

Algunos elementos de la perspectiva de país de Gustavo Petro se encuentran en una entrevista publicada por la revista Cambio el 25 de junio del 2022. El presidente electo es consciente de la grave conflictividad que aún atraviesa a la nación y aspira a enfrentar el problema por la vía democrática. Esto destacó sobre ese asunto:

“El objetivo es construir un nuevo clima político. Hay que luchar tanto con el sectarismo de las derechas como con el sectarismo de las izquierdas, porque la polarización es eso… (…) el sectarismo en Colombia lleva a la violencia”. 

Este enfoque es el que motiva su flexibilidad en la composición del nuevo gabinete, al cual empiezan a entrar funcionarios diferentes a la izquierda tradicional, seleccionados por sus méritos y por lo que puedan aportar a la pacificación y a la reforma, como ocurrió con José Antonio Ocampo, un economista heterodoxo y con una vasta experiencia, quien acompañaba antes a Sergio Fajardo.

La sorprendente apertura política de Gustavo Petro ha molestado a tirios y troyanos, a la derecha y a la izquierda ortodoxa. Desde ambos extremos le han llovido truenos y centellas. La derecha extrema sugiere que está fingiendo y compara su proceder con el de Hugo Chávez.

La izquierda que aún añora el comunismo critica sus decisiones porque ella vive de una pureza doctrinal que la impulsa a no hacer acuerdos con sus supuestos o reales enemigos y, como apoyó a Petro en las elecciones, se cree con derecho a exigirle que no se acerque a quienes no piensan como ella.

Desde ya en las redes sociales se está cosechando una oposición de la izquierda ortodoxa y dogmática a Petro, asentada en el sectarismo y en la supuesta pureza doctrinal, que son dos de los baluartes de la polarización que él pretende combatir. No es raro que, dentro de poco, a raíz de la apertura política implícita en el acuerdo nacional, empiecen a calificarlo de traidor y de entregado al clientelismo.

Gustavo Petro remarcó una diferencia de fondo con el maximalismo de la izquierda comunista ortodoxa que maneja una visión antidemocrática y dictatorial. La soberbia de ese sector parte del supuesto de que sus ideas son correctas y de que los demás están equivocados, aun yendo contra la ciencia y la historia. La diferencia con ese núcleo se concretó así en la entrevista:

“(…) hay unas derivas que ya no son propiamente hacia la democracia y eso hay que evitarlo. (…) El cambio está en las reformas (…) desde el poder tiene que haber generosidad. Si la izquierda se ensoberbece, se vuelve soberbia porque ha logrado unos triunfos que nunca había logrado, empezando por mí mismo, nos aislamos. Y si nos aislamos, nos tumban.”

Como se nota, la apertura política del presidente Petro es pragmática, busca gobernabilidad, pero también obedece a su concepción democrática, al deseo de evitar un hegemonismo que está más a tono con el autoritarismo o con el totalitarismo de talante marxista. Hasta ahora, este líder se define por la solución democrática y en contra del autoritarismo de izquierda.

La ruptura con el enfoque ortodoxo, conservador, del comunismo se ve también muy clara en la entrevista cuando analiza el carácter de la organización económica. Petro no está en contra del desarrollo de la economía de mercado, sino a favor de un capitalismo menos oprobioso, violento e injusto. Esto planteó: 

“(…) desde una visión de izquierda una sociedad avanza desarrollando sus fuerzas productivas. Es la ley y avanza hacia otras formas de producir. Pero solo si sus fuerzas productivas se expanden. El capitalismo es un gran disparador de las fuerzas productivas de una sociedad. Ahora, ese capitalismo será democrático, regulado. ¿Frente a qué? Frente al medio ambiente, la dignidad humana laboral.”

Esta apreciación pro economía de mercado está bien reflejada en su programa. Es de anotar que el enfoque recoge la experiencia histórica mundial, según la cual los modelos anticapitalistas de Marx han colapsado, a tal punto que, en la extinta Unión Soviética, en China y Vietnam, no se está viviendo una transición hacia el socialismo, sino hacia el capitalismo, con todas las dificultades que esto trae consigo (Existe abundante producción teórica internacional sobre esta problemática).

Además, la experiencia del norte de Europa y de otros lugares enseña que se puede construir sociedades que respeten el medio ambiente y “la dignidad humana laboral” en el contexto de la economía de mercado y del desarrollo de un sólido Estado de Bienestar.

Petro entiende muy bien el papel del mercado y de la economía privada en la sociedad contemporánea y es consciente de que hoy no es posible prescindir de esos dos procesos, si se quiere estimular el avance de las fuerzas productivas y generar riqueza para distribuir. El error que mata esos instrumentos, fruto del dogmatismo comunista, debe evitarse. Esto destacó a propósito del cambio de su forma de pensar con respecto a ese comunismo:

“Qué ha cambiado del Gustavo Petro guerrillero al de hoy? Hay un fluir de ideas mayor. Por obvias razones. (…) Cuando nosotros nos vimos existía la Unión Soviética. Y el mundo era diferente, nuestras ideas eran un poco más dogmáticas. En ese momento yo sí soñaba en llegar a donde voy a llegar. Pero con un ejército popular y quizás vistiendo de oliva. Y quizás lo que hubiéramos hecho fuera un desastre. Eso habría pasado porque de ahí no salen transformaciones.”

En esta parrafada el presidente electo se muestra perfectamente consciente de su historia personal en el marco de las tradiciones de la izquierda. Entiende ese contexto y lo ha dejado atrás porque “de ahí no salen transformaciones” válidas y, también, porque “quizás lo que hubiéramos hecho fuera un desastre.”

El modelo a seguir no puede ser el socialismo totalitario al estilo de Cuba, sino las sociedades dinámicas basadas en la economía de mercado, en la libertad y la democracia. Construir un entorno económico más solidario e incluyente es posible desarrollando un capitalismo más igualitario, lejano del enfoque neoliberal, como lo demuestra la experiencia del norte de Europa.

Trabajar por la dignidad de todos, de los trabajadores, de la mujer, del estudiante es posible sin rendirle culto al autoritarismo o al totalitarismo de ningún tipo. Una sociedad más próspera e igualitaria solo se obtiene haciendo avanzar las fuerzas productivas, generando riqueza y distribuyendo mejor esa riqueza.

La concepción de Gustavo Petro nada tiene que ver con la de un comunista ortodoxo que desea implantar en Colombia una ruta parecida a la del chavismo venezolano, como lo plantea la ultraderecha. Por el contrario, su enfoque es el de un humanista empeñado en enfrentar la corrupción, la violencia y las desigualdades extremas y lesivas.

Un humanista que ojalá sepa rodearse y encontrar el camino para sacar a Colombia, con inteligencia y pragmatismo, del atolladero en que se encuentra. Porque si Petro fracasa, como lo destacó en la entrevista, la noche nefanda se cernirá sobre todos. Así de claro y dramático está el futuro inmediato de este país.

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