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8:48 am. Domingo 19 de Junio de 2022
Opinión
8:48 am. Domingo 19 de Junio de 2022

La ética es, básicamente, una reflexión sobre el comportamiento humano que tiene en cuenta lo que se considera el bien, el mal, aquello que es justo o injusto, o lo que debe hacerse o no para caer en el terreno de las actitudes éticas, sin desviarse hacia lo antiético.

Más allá de las profundas elucubraciones éticas de los filósofos antiguos o recientes, siempre se deja ver, aparte de la visión profunda de las características especiales del ser humano, una inquietud por establecer unas formas de pensar o comportarse que apunten hacia el bien propio y el de los demás.

Esto se observa, sobre todo, en lo que suele llamarse ética normativa, la cual apunta al funcionamiento de los individuos o actividades, a la llamada ética profesional, al comportamiento de cada persona en su campo específico, en función de la verdad, del bien, del respeto y de todo aquello que se considera bueno desde el punto de vista ético.

De este modo, un político corrupto o mentiroso no es percibido como un buen modelo ético; lo mismo ocurre con un abogado mañoso o con un periodista que irrespeta la verdad por defender su ideología. Todos esos fenómenos y otros más, que pueden provenir de las tradiciones morales o de las simples costumbres, han sido analizados a fondo por los pensadores para establecer una especie de línea roja entre lo que cae en el campo de lo ético y aquello que se repudia como antiético.

Pero, a despecho de la reflexión profunda sobre esos problemas, hay situaciones límite en que la ética suele volverse añicos. Esto es particularmente notable en las guerras abiertas. En los grandes conflictos, lo primero que muere es la verdad, y la ética es lanzada al cajón más apartado.

La experiencia de las dos grandes guerras mundiales del siglo XX sirve para corroborar este aserto. El uso de la mentira por los políticos, como estrategia para ganar adeptos durante los dos últimos siglos, es un elemento destacado útil para demostrar la irrelevancia de la ética, para algunos, en ciertas coyunturas críticas.

Putin invadió a Ucrania haciendo primero lo que los expertos llaman una “guerra híbrida”, es decir, una preparación del ingreso violento a ese país mediante mentiras descaradas, medias verdades y abundante desinformación, las cuales servían para justificar el hecho y ocultar su interés expansionista y el miedo a la OTAN.

Adolfo Hitler había procedido de una manera similar cuando invadió a Polonia, en los inicios de la II Guerra Mundial. Donald Trump basó su ascenso al poder en las fake news e intentó dar un golpe de Estado apoyándose en la mentira y en un comportamiento inescrupuloso, que aún tiene en jaque a las instituciones de los Estados Unidos.

Las elecciones recientes en Colombia son otro ejemplo de cómo se echan al cesto de la basura los postulados de la ética normativa por defender unos intereses ideológicos y políticos determinados. Los grandes medios de comunicación y las redes sociales han sido el escenario predilectico para esparcir mentiras, para calumniar al otro y para desacreditarlo utilizando el matoneo.

El matoneo sistemático como estrategia política es un recurso usado hoy en todas partes. Sus bases no son la verdad, el rigor y el respeto, sino el ataque irracional (o racional) apoyado en chismes, mentiras o verdades a medias, cuyo propósito es desacreditar y destruir al opositor.

Obviamente que ese comportamiento es antiético, esté o no en manos de periodistas profesionales o de aficionados a las redes sociales. Y esta práctica, bastante extendida en las actuales elecciones, demuestra el nivel de degradación de la actividad política en este país.

Una degradación aún cortada por la guerra, por la polarización que se deriva de esta, y por el nivel cultural irrisorio de los agentes, donde los gamberros son dominantes. No todas las personas u organizaciones se dedican al matoneo, pero quienes han caído en ese estercolero representan lo peor de la política nacional, más allá de que se crean buenos y santos por perseguir fines aparentemente altruistas, o por defender sus intereses creados.

El matoneo en las actuales elecciones presidenciales colombianas es guerra sucia. Una guerra turbia que habla muy mal de la sociedad y de quienes la ejecutan. ¿Cuándo se podrá elevar el carácter de la lucha política en el país para que la gente no siga arrastrándose en la cloaca de la antiética?

Adolf Hitler y el expresidente de EE.UU., Donald Trump.

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