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10:26 am. Domingo 18 de Julio de 2021
Opinión
10:26 am. Domingo 18 de Julio de 2021

En recientes declaraciones, publicadas en los medios internacionales, Leonardo Padura, el novelista cubano autor de El hombre que amaba a los perros, definió la protesta social en Cuba como una especie de grito desesperado (Lea aquí a Padura: https://noticias.perfil.com/noticias/opinion/leonardo-padura-sobre-cuba-un-grito-desesperado.phtml).

Resaltó que, más allá de que en ella se encuentre la mano de los manipuladores mediáticos de los Estados Unidos o la acción de los delincuentes comunes y de los enemigos del régimen, esa protesta representa un gran alarido de dolor de una población que sufre, principalmente por motivos económicos y políticos.

Desde otra perspectiva, el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, destacó que la protesta obedecía a la manipulación mediática del imperialismo, a la provocación de los contrarrevolucionarios y a las acciones vandálicas de los delincuentes, pero, así mismo, a unas condiciones reales que provocaban la desesperación de muchas personas.

Esas situaciones desesperantes fueron asociadas por Díaz-Canel con el bloqueo y la presión de los norteamericanos, y con los efectos catastróficos de la pandemia. Una tormenta de múltiples facetas aterrizó sobre Cuba para provocar un estallido social, en gran medida espontáneo, en varias de sus poblaciones.

La pandemia golpeó al turismo, el principal motor de la economía cubana. Este hecho limitó la consecución de divisas para comprar importaciones, sobre todo alimentos, medicinas y repuestos o materias primas para la industria.

Esa pandemia ejerció una presión especial sobre el desvencijado sistema eléctrico, el cual se vio empujado a ampliar los racionamientos de energía a la población general, por el impacto del crecimiento del consumo en los centros hospitalarios.

El efecto de esta situación anormal fue el aumento de la desesperación popular, que ha sido nutrida, históricamente, por otros problemas sociales relacionados con el mal transporte público, el racionamiento de los alimentos, la pésima distribución de estos y la falta de libertad política, entre otros tópicos.

No se puede desconocer la guerra interna y externa que sufre Cuba a manos de los enemigos del régimen, y tampoco es posible negar el papel del bloqueo criminal impuesto por los Estados Unidos; pero la comprensión del significado de la protesta social no se agota ahí.

Varias personas participan en la concentración "Por una Cuba libre"

Existe una desesperanza y una pérdida de expectativas en gran parte del país (como lo destaca Leonardo Padura en su declaración), y ese asunto tan lamentable para un pueblo está relacionado con la manera como se organizó la economía y el poder político desde los primeros tiempos de la revolución.

Mucha gente no les ve salida a las complicaciones en el marco de la sociedad creada por los revolucionarios. Por el contrario, esa organización social, hija de la revolución, es la base de las mayores dificultades.

Cuba pasó de ser (a los ojos de muchos de sus habitantes y de personas de afuera) el faro de la utopía revolucionaria en Latinoamérica, a convertirse en un país esclerotizado, estancado, casi inmune a los cambios.

Esto en gran medida se debe a un sistema socialista obsoleto y a una dirección política dogmática, que se apega a la tradición revolucionaria y a las teorías clásicas del marxismo casi como los creyentes religiosos se apegan a sus dogmas herméticos.

El estatismo a ultranza que aún practican los cubanos es la principal causa de los problemas económicos y sociales que ahora los laceran. Esto no se podía captar al principio de la revolución por la carga de heroísmo que ella contenía y por el remezón que provocó en la sociedad contra los intereses del imperialismo y de la burguesía interna.

Según lo que pensó Marx, si las fuerzas productivas quedaban en manos del pueblo se liberarían grandes energías para incrementar la riqueza; y sí, por este camino, tal riqueza estaba en manos del Estado revolucionario y de la población, habría más para repartir y para mejorar la calidad de vida.

Esta predicción teórica, que se volvió práctica económica y política en todas las revoluciones marxistas del planeta (incluida la cubana), no produjo los beneficios que pronosticó el maestro y que esperaban los discípulos, sino todo lo contrario.

La eliminación de los estímulos económicos y su reemplazo por la ideología y la política mató la creatividad, la innovación y el deseo de mejorar, lo cual lentificó o paralizó el desarrollo de las fuerzas productivas, acelerando la ineficiencia e impactando negativamente en la cantidad y la calidad de la producción, sobre todo de bienes de consumo y de servicios.

El modelo estatista para producir y distribuir no solo socavó el desarrollo de las fuerzas productivas, sino que estuvo en la base de la escasez y el desabastecimiento, afectando el nivel y la calidad de vida de la gente.

Esta es la principal matriz que acabó con la estabilidad de la Unión Soviética y de los países de la llamada cortina de hierro, donde el socialismo se desplomó estruendosamente.

El sistema socialista ofrecía el cielo, pero, en la práctica, su mundo se restringía al desabastecimiento, a la escasez, a las colas y a una calidad de vida lamentable que se sostuvo mucho tiempo gracias a la represión.

Esta es, en gran medida, la situación a la que ha llegado Cuba. Ese incordio de la ineficiencia para producir y distribuir puede ser agrandado por el bloqueo, pero nunca es posible explicarlo por el simple asedio imperialista.

Esa dificultad de fondo que ahora tiene la isla para satisfacer las necesidades básicas de sus habitantes proviene de un sistema económico paquidérmico e ineficaz que es pertinente revisar.

Los chinos y los vietnamitas, con angustias quizás peores que la de los cubanos (por poseer más población), resolvieron las limitaciones de su modelo económico socialista mediante las reformas.

Esos dos países no esperaron a que la desesperación de la gente por el sufrimiento acabara con todo, como sí ocurrió en otras naciones europeas y asiáticas, donde la acción contrarrevolucionaria se llevó por delante hasta los logros sociales que favorecían a las mayorías.

Este es el gran riesgo a que está sometido el pueblo cubano si los dirigentes no pueden o no quieren entender, con mucho espíritu crítico, cuál es la verdadera raíz del malestar social. La verdadera raíz de la problemática social está en el inmovilismo y la ineficiencia de un sistema socialista que ya se reveló obsoleto.  

Si la dirigencia no quiere ver el fondo del problema, y se empecina en mantener un status quo que afecta a la mayor parte de los cubanos, tendrá que seguir acudiendo a la represión para defender, dogmática y conservadoramente, un estado de cosas insostenible.

Lo más adecuado es abrirse a las reformas y utilizar la economía de mercado y la economía privada como dos instrumentos para dinamizar las fuerzas productivas y para mejorar la calidad de vida de la población (tal y como ya lo hicieron los chinos y los vietnamitas), convirtiendo al Estado en garante de los logros sociales de la revolución y en el principal distribuidor de la riqueza nacional.

Solo los marxistas más dogmáticos y más conservadores se empecinan en repetir los errores del maestro como si fueran verdades reveladas, y sin detenerse a pensar en las señales que arroja la historia.

En muchos lugares del planeta el socialismo de Marx se desplomó por el peso de sus propias contradicciones, pero los marxistas conservadores no se han dado cuenta y actúan como si nada hubiera ocurrido.

(Aquí, entre paréntesis, cabe anotar que la gran mayoría de los marxistas radicales Latinoamericanos son muy dogmáticos y conservadores; quieren cambiar la vida acudiendo a los modelos del maestro que ya fracasaron en la historia, y defienden esas supuestas soluciones como si fueran cruzados medievales).

Dirigentes no dogmáticos, no conservadores, deberían tener en cuenta este hecho fundamental para proyectar sociedades más humanistas, más libres, donde se pueda vivir sin tanto sufrimiento, provocado por las necesidades materiales.

Cuba nunca saldrá del atolladero en que se encuentra ahora si sus dirigentes no saben aprender de la historia. El peor camino es mantener el actual estado de cosas por la vía de la represión, la cual parece ser la ruta elegida por el gobierno.

La modorra no se destruye con dogmatismo o con posiciones conservadoras. La modorra y las telarañas solo desaparecerán con reformas que revivan la aletargada economía cubana. Este es, quizás, el mejor sendero para el presente y el futuro de la isla. Indudablemente.

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